Wirda

Monday, July 31, 2006

Resumen del Capítulo 3, y Capítulo 4

La semana pasada: Vidrena anunció sus intenciones a Zetra, Jelwyn y Briana salieron de exploración por Branglyn y Garalay tuvo otra discusión familiar.

CAPÍTULO 4

El mal gusto en Ternoy era como una epidemia, pensó Vidrena. ¿Aquella gente nunca se cansaba del rojo y negro? Además, ¿para qué quería un vampiro una cama con dosel y cortinajes? ¿Acaso no dormían en sus féretros?
Había una jarra sobre una cómoda. Vidrena la olió con mucho cuidado. Era vino, y no parecía contener ninguna otra sustancia. Se preguntó para qué lo utilizaría el Amo de Redlam. Para emborrachar a su comida, supuso. No había ni rastro de vaso, de modo que Vidrena bebió de la jarra. Un poco de vino se le derramó por las comisuras de la boca y tuvo que limpiárselo con la manga, a falta de otra cosa.
-Tredac -murmuró.
Y bebió otro sorbo. Después del día que había pasado, tenía ganas de emborracharse.
Casi no oyó la llamada a la puerta, a pesar de que había estado esperándola.
-Está abierto.
El vino le había calentado el estómago y las mejillas. Sentía la piel de la cara entumecida.
Farfel entró como esperando una emboscada.
-Adelante, querido, siéntate y desahoga tu conciencia.
-¿Cómo dices?
-A eso has venido, ¿no?
-Hay otros motivos para ir a la habitación de una dama en plena noche.
-¿A la de tu tatarabuela? Muy halagador, pero no me lo creo.
-Podría haber venido a matarte.
Vidrena se rió.
-Hazle caso a una experta, muchacho: los asesinos no llaman a la puerta -le tendió la jarra-. ¿Quieres vino?
Él tomó la jarra y la sospesó.
-¿Has dejado bastante para mojarme la lengua? -Vidrena respondió con una peligrosa elevación de ceja.- Señora, comprendo que pienses mal de mí...
-La verdad es que no sé qué pensar. No te encontré en términos muy amistosos con la guarnición de aquí. Pero si he interpretado bien las poco sutiles alusiones de Alwaid, sí que eras muy buen amigo suyo.
-Señora, no soy un traidor, si es eso lo que estás tratando de preguntarme.
-Muy bien, Capitán Farfel, Estrella Negra o quien demonios seas. Si no eres un traidor, ¿qué eres?
Farfel se terminó la jarra de un solo trago antes de contestar.
-¿Me creerás si te digo que soy un espía?
-¿Al servicio de quién?
-¿No es evidente?
-¿Siempre contestas a una pregunta con otra?
-¿Y tú?
-¿Vas a hablar antes de que amanezca? Comienza a dolerme la cabeza.
Farfel iba a decirle que allí no amanecía nunca, pero por una vez prefirió olvidar la verdad literal. Rebañó una última gota de vino antes de contestar.
-Jelwyn lo planeó todo. Un día le dio un ataque de patriotismo barato y decidió reconquistar Dagmar costase lo que costase. Creo que yo dije algo como: "Sería una buena idea meter un espía ahí dentro". Y él contestó: "Nos hace falta algo más que una buena idea". Y unos días después, apareció con el Plan.
-A ver si lo adivino: uno de vosotros fingía cambiar de bando y luego se dedicaba a informar al otro de todos los movimientos del enemigo.
-Nunca subestimes la locura de un ardiés. El plan de Jelwyn consistía nada menos que en que mis informes convencieran a Alwaid de invadir el Valle de Katerlain para capturar a todos sus habitantes, y luego tomar Dagmar desde dentro.
-Magnífico plan. ¿Y cómo ibais a defenderla?
-Los problemas uno a uno.
-Bonita manera de morir.
-Estaba funcionando hasta el incidente con Artdia Comelt. Si lo hubiera sabido antes, se lo habría contado a Jelwyn, pero había sido idea de Alwaid y a ella no le gusta compartir la gloria. Zetra se enfadó mucho cuando todo se fue al traste, y como Alwaid no había querido compartir la gloria, no pudo compartir el fracaso. Ya sabes cómo es Zetra cuando se enfada.
-Tengo una ligera idea.
-Creo que fue entonces cuando me descubrieron de verdad, lo de enviarme aquí solo fue para divertirse un rato conmigo.
-¿Y qué piensas hacer, ahora que ya no tienes empleo como espía?
- No tengo más remedio que acompañarte. No puedo quedarme aquí ni volver a Ardieor, y no se me ocurre ningún otro sitio adonde ir.
-¿Puedo confiar en ti?
-Te he jurado lealtad y te seré fiel mientras pueda, pero aún tengo una misión que cumplir, y si es preciso traicionarte para cumplirla, lo haré.
-Conque puedo confiar en ti hasta que encuentres la forma de volver a Ardieor para seguir espiando, o conquistar Dagmar tú solo. Y puedo confiar en Alwaid hasta que llegue al Castillo Negro y me las vea con Zetra. Menos mal que aún tengo mi espada, mi perra y mi Lym.
-Solo te pido que no le cuentes nada a Garalay.
-¿Quieres que tu hermana siga pensando que eres un traidor?
-¡Es preciso! Si ella se lo cree, Alwaid también se lo creerá. Y necesito que Alwaid se lo crea.
-Podrías pedirle que fingiera.
-No sabe.
-Está bien, te doy mi palabra de que no le contaré nada a Lym Dagmar.
Farfel se inclinó en una reverencia.
-Gracias.
-Solo por curiosidad. ¿Lo tuyo con Alwaid forma parte de tu trabajo de espía o es un asunto personal?
-Soy un chico facilón, mi Señora. Unas piernas largas, una cintura fina y un buen par de... -Vidrena carraspeó con elocuente energía. Farfel se corrigió a media palabra- ojos azules, y estoy perdido.
-¡Pero ella está muerta! ¡Y tiene mi edad, por las faldas de Rhaynon!
Farfel movió la cabeza como desaprobando lo que acababa de oír.
-No creía que fueras tan intolerante, abuelita.
La puerta se cerró tras él muy despacio. Vidrena se dejó caer en la cama y miró el dosel. Rojo sangre. Se preguntó por qué no le extrañaba.
-¿Quién me mandaba a mí despertarme?
*****

Era el hombre más guapo que Briana había visto en su vida. Su sonrisa era muy simpática, y sus modales impecables. La trataba con la misma cortés naturalidad que lo había hecho Níkelon. Era casi el hombre perfecto.
Y hacía cien años que había muerto.
-Te ofrecería avellanas, pero cada vez que lo hago ocurre algo.
Briana no pudo contener una risita nerviosa. Para disimular, alargó la mano y tomó una manzana de la bandeja.
-Tienes mi permiso para respirar, Capitán –le dijo el joven a Jelwyn.
-Aún no estoy seguro de poder hacerlo.
Tairwyn Lym-Dayra Tadenor, Capitán de la Guarnición de Dagmar, y por un breve par de años Señor de Ardieor, rió entre dientes.
-Lo entiendo. No todos los días conoce uno a su tatarabuelo.
-¿Y qué estás haciendo aquí? Se supone que estabas en el Mudo Borroso, velando el sueño eterno de Vidrena.
-Oh, sí, lo estaba. Pero ya que ella me ha abandonado, creo que tengo derecho a tomarme un descanso.
-¿Abandonado?
-Alguien vino y se la llevó. Una damita encantadora. Le ordenó despertarse, le puso un anillo en el dedo, le soltó un discurso diciendo no se qué historias de la patria en peligro y salvar el mundo, y… -Tairwyn chasqueó los dedos- Cuando me quise dar cuenta, me habían dejado solo en medio de la niebla y se habían largado a buscar a Wirda. Ya debería estar acostumbrado –añadió, con un ligero suspiro-. Si algo sabía hacer Dren era abandonarme. Y si algo sé hacer yo bien, es esperar a que vuelva.
Jelwyn había palidecido.
-Una damita…
-Una lym, para ser exactos. Ahora que lo pienso, se parecía mucho a ti. Me dijo que se llamaba…
-Dag.
-Garalay, en realidad.
-Así que para eso quería el Sello.
Jelwyn sonreía como si le hubieran quitado de encima el peso de un castillo. Con una carcajada, se apoderó de un puñado de avellanas.
Sí, pensó Briana, iban a ser unos días muy divertidos.
*****
-Y dime, amor mío, ¿me has sido fiel?
Farfel volvió la cabeza en la almohada y sonrió a Alwaid. Ella le había atrapado la noche anterior, cuando regresaba de hablar con Vidrena, le había dado un buen mordisco y, después de murmurar: “mejor que el vino”, le había arrastrado al dormitorio más cercano para celebrar el reencuentro.
-¿En un castillo lleno de hombres muertos y feos? ¿Cómo podría no haberlo sido?
Alwaid trató de levantar la ceja. Tantos años y aún no lo conseguía, pensó él, divertido.
-¿Quieres decir que si hubieran sido mujeres guapas y vivas…?
-Mi fidelidad habría tenido mucho más mérito. No te creía tan insegura, mi señora.- En Ardieor había quinceañeras desgarbadas con más seguridad en si mismas en la uña del meñique que Alwaid en todo su centenario (aunque había que reconocer que muy hermoso) cuerpo- ¿Y tú? ¿Me has sido infiel con alguno de esos guapos jovencitos de los Pantanos?
-¿Con la dulce Dren todo el tiempo vigilándome? ¡Imposible!
-¿Intentas darme celos, preciosidad?
-¿Lo estoy consiguiendo?
“Ni de lejos”, pensó él, pero decidió responder con una mirada que esperaba que ella intepretase a su gusto. Con un poco de suerte, dejaría de hablar de tonterías. Pero ella no iba a rendirse.
-¿Ni siquiera con esa jovencita de Dagmar?
Él tardó unos instantes en recordar a qué venía aquella pregunta.
-¿Y qué sabes tú de eso?
-He oído lo que se cuenta en el castillo.
-No tengo por qué darte explicaciones, mi señora, pero la jovencita tenía dos graves inconvenientes.
-¿En serio? ¿Cuáles?
-Primero, que no eres tú.
-Mentiroso. Tienes suerte de que sea una sentimental. ¿Y el otro?
-Que la muy idiota está enamorada de mi hermano.
Como todas las que hubo antes que ella, malditas sean.
-La familia puede llegar a ser un inconveniente.
-Y hablando de familia, ¿qué estás haciendo con Dren?
Alwaid resopló.
-¿Y tú?
-No esperarás que me quede a arder con este maldito castillo. Además, tú te vas con ella, ¿no?
-¿Y qué otra cosa puedo hacer? Está empeñada en matar a Zetra.
-¿Y pretendes impedírselo?
-Sí.
-¿Por qué?
-¿Cómo que por qué?
-Desde el principio, tu queridísima mamá te ha estado tratando como… como a un arma, o a un caballo. Peor aún, porque a mí no se me ocurriría arrojar a mi caballo a un calabozo y azotarle sin motivo.
-No fue…
-Fue por el mismo motivo que los cien años anteriores. ¿Por qué ahora y no antes?
Alwaid miró al dosel. Tenía el ceño fruncido, en el inconfundible gesto de alguien que piensa con todas sus fuerzas.
-Dren. –Se volvió hacia él con una sonrisa triunfal- ¡Ella sabía que Dren iba a volver!
Farfel resopló.
Dagmar estaba cada vez más lejos, y, estuviera donde estuviera Jelwyn, si quería seguir adelante con el Plan, tendría que buscarse a otra persona para abrir las puertas del castillo.
A no ser que él tuviera otra de sus brillantes ideas.
*****
Redlam ardía.
Unas cuantas antorchas aplicadas en los lugares oportunos habían convertido el segundo castillo más tenebroso de Ternoy en aquella pira desafiante al borde del abismo.
Garalay miró de reojo a Vidrena. La Señora de Ardieor parecía estar deseando que Zetra pudiera verlo desde donde estuviera en aquel momento. Sus ojos, más que brillar, chisporroteaban. Y luego se volvió hacia sus acompañantes y dio la orden de marcha.
Garalay dirigió una última mirada al castillo en llamas y a las bestias voladoras que se alejaban de él. Le había costado un buen rato convencer a Vidrena de que aquellos seres no eran más que animales y no merecían morir. Aún no estaba segura de que Vidrena considerara una buena idea liberarles, pero al menos los pobres bichos tendrían una oportunidad. Ellos no tenían la culpa de ser feos.
-Cuéntamelo.
Casi no se había dado cuenta de que Níkelon cabalgaba a su lado. Se volvió a mirarle, y sujetó con más fuerza las riendas para no ceder a la tentación de alargar la mano y tratar de arreglarle el pelo.
-¿Qué quieres que te cuente?
-No sé, lo que estés pensando. Tú siempre insistes en que yo te cuente cosas.
-¿Y esto es una especie de venganza por ello?
-Creía que lo necesitabas.
Por un momento, Garalay pensó en contestarle con alguna insolencia para irritarle y que se alejase de ella. Pero se lo pensó mejor.
-He soñado con Jelwyn –dijo entre dientes. Níkelon no contestó.- Estaba en medio de una tormenta y cuándo le pregunté qué hacía allí me dijo que él era la tormenta.
-Sí, era él. Solo conozco a otra persona capaz de decir algo como eso.
Ella le miró con el ceño fruncido.
-No tiene gracia – Pero él la estaba mirando de una forma que la hizo sonreír a pesar de si misma. Garalay trató de no carraspear antes de decirle: -Siento lo de anoche. No tendría que haberte llamado rata.
-Me han llamado cosas peores.
-Es que… no descubres todos los días que uno de tus hermanos es un traidor y el otro un mentiroso.
-Al menos yo tengo la ventaja de que no me caen bien.
Garalay sospechaba que aquello no era más que una pose.
-Yo no quería a Jaysa. - ¿Y ahora, por qué le decía aquello?- Sabía que no era más que una manipuladora ambiciosa que había decidido que era muy bonito ser la esposa del Joven Señor de Ardieor, fuera el que fuera de los dos. Se lo dije pero no me creyeron.
-¿Te atreviste a decírselo?
-Pensaba que me creerían.
Níkelon parecía a punto de soltar una carcajada.
-Jovencita, si alguien viniera a decirme eso de ti, le cortaría la lengua y se la haría tragar.
-¿Nos disculpas un momento, Nikwyn? -Garalay ocultó una carcajada ante la cara de sorpresa de Níkelon. Ninguno de los dos había oído llegar a Vidrena-. Tengo que hablar con mi lym.
Níkelon inclinó la cabeza y trotó hasta la cabeza de la marcha.
-Bueno, Lym, creo que tenemos que hablar de lo que pasó anoche.
-Anoche pasaron unas cuantas cosas, mi señora.
-Está visto que voy a tener que hablarte claro. Muy bien. No quiero más tonterías. No espero que caigas en los brazos de Farfel lloriqueando de emoción, pero sí un poco de buenos modales. Tú no vas a volver a llamarle traidor y a cambio él no te llamará bruja. Vuestra relación será al menos educada, si no vais a ser amigos.
-¿Y si no?
-Esto es una orden, Lym. No existe la posibilidad del “no”. ¿Ha quedado claro?- Garalay asintió.- Muy bien.
Garalay la vio alejarse a su posición inicial, con los puños apretados hasta que las uñas le hicieron daño.

Hasta la semana que viene, aunque no esperéis gran cosa, porque los capítulos que tenía escritos ya se han acabado...

Monday, July 24, 2006

Resumen del Capítulo 2 y Capítulo 3

En el capítulo anterior:
El bueno de Farfel fue salvado en el último momento (¿alguien dudaba de que ocurriría?), pero la subsiguiente reunión familiar no fue muy agradable. Mientras, en Comelt, han decidido pedir ayuda para ver si el asedio se acaba de una vez.

CAPÍTULO 3

Vidrena se volvió al oír cómo se abría la puerta.
-Ah, la has traído.
Garalay aún tenía la cara roja y los ojos centelleantes. Vidrena sonrió exagerando la ironía.
-Lamento haber interrumpido tu ataque de nervios, pero te necesito. Mira lo que he encontrado. -Retiró un lienzo negro y descubrió un espejo. Estaba un poco picado-. Tengo entendido que tú sabes qué hacer con ellos. La única vez que vi uno Alwaid estaba dentro. ¿Qué debo hacer?
-¿Quieres comunicarte con... Zetra?
-Por supuesto. Sería descortés presentarme sin avisar. ¿Cómo se hace?
Garalay se acercó al espejo y lo examinó unos instantes. Luego se volvió y miró a Vidrena.
-Mira a tus ojos hasta que todo lo demás desaparezca y piensa en Ella.
Luego se situó en un rincón, desde donde no se la pudiera ver desde el espejo, y llamó a Níkelon a su lado.
Vidrena miró a sus ojos del espejo hasta que comenzaron a dolerle los de la cara. Tenía la vaga conciencia de que en su rincón, Níkelon y Garalay estaban conteniendo el aliento, y en aquel momento se dio cuenta de que no sabía qué decirle a Zetra cuando la viera.
La superficie del espejo comenzó a ondular. Vidrena sintió que se le secaba la lengua. Tragó saliva.
Ella estaba sentada en su trono. Vestida de negro, con el brillante cabello oscuro peinado hacia atrás y recogido con una diadema de plata, y con una niña rubia vestida y peinada de la misma forma sentada en sus rodillas. Garalay respingó como si la hubieran pinchado. Y entonces, Vidrena supo qué decir.
-Hola, mami. ¿Te acuerdas de mí? Soy Vidrena. No Vidriera, ni Vitrina, ni Cristalina, ni Cristalera, ni nada parecido. Vi-dre-na. La hija de Gartwyn, ya sabes.
-Sí, te recuerdo.
No había podido olvidar aquella voz en cien años, y sabía que no la habría olvidado en mil.
-Entonces seguro que sabes por qué estoy aquí.
-Puedo imaginármelo.
Vidrena desenvainó a Wirda y la blandió de forma que Zetra no pudiera evitar verla.
-Disfruta los días que te quedan, mami, porque serán los últimos.
Zetra sonrió.
-Espera, querida, ¿no podríamos negociarlo?
-¿Si podríamos qué?
Zetra tendió las manos como si pensara que Vidrena podía cogérselas.
-Quieres matarme, lo sé. Y también sé que me lo merezco. Pero podría compensarte por todo lo que te he hecho. Podría darte tantas cosas... Mi reino, mi poder, la vida eterna...
Vidrena sonrió.
-¿La vida eterna? ¿Que podrías ofrecerme la vida eterna?
-Y un poder como nunca has podido imaginar.
La voz de Zetra era tan dulce, tan convincente, que Vidrena sintió cómo Garalay se estremecía, tal vez pensando que iba a aceptar la oferta.
-Vida eterna. Hum... Interesante. Pero no, gracias. La única que quiero es la mía, ¿podrías devolvérmela?
Garalay disimuló una carcajada.
-¿Cómo has dicho?
Vidrena se acercó al espejo.
-¿Puedes devolverme mi vida, mami? ¿Puedes hacer retroceder el tiempo? Me gustaría envejecer con Tai, morir en una cama rodeada de mis hijos y mis nietos, sabiendo que he cumplido con mi deber, que Ardieor sigue a salvo. Esa era la vida que yo quería, la que debería haber tenido. La que me robaste. Si no puedes darme esa, la eternidad y tú podéis iros a donde voy a enviaros. -Empuñó a Wirda con ambas manos y la levantó por encima de su cabeza- Hasta pronto, mami.
El primer golpe rompió el espejo de parte a parte. El segundo hizo añicos el resto, pero Vidrena siguió golpeando hasta que Garalay la agarró del brazo. La Señora de Ardieor la miró como si no la conociera, jadeante de rabia. Garalay apartó el cabello de sus ojos y le acarició la mejilla.
-Ya está, Dren, ya ha terminado. ¿Lo ves? Ya se ha ido.
Vidrena asintió.
-¿Lo he hecho bien?
Garalay estaba pálida, pero logró sonreír.
-Ahora mismo debe estar furiosa.
-Mejor. Ahora, diles a Morj y los otros que registren el castillo y se lleven todo lo que les parezca útil. Ya sabes, comida, armas, caballos, agua... Incendiaremos el castillo al marcharnos. No creo que vaya a notarse un poco más de vandalismo.
*****
Briana se sentía avergonzada. Después de la partida de Jelwyn, había vuelto a dormirse y acababa de despertar. No sabía si era el mismo día o había dormido toda una noche, pero había un vestido blanco en una silla, con todos los complementos, incluído un par de zapatos planos que parecían muy cómodos. Estaba poniéndose el segundo cuando Jelwyn volvió a entrar.
Llevaba puestos unos pantalones grises, una camisa blanca sin abrochar y un brillante par de botas.
-Buenos días.
Briana se levantó. Pensaba que no iba a poder mantenerse en pie, pero lo hizo.Avanzó hacia él, y se detuvo a poca distancia.
-Tenéis la camisa desabrochada.
Jelwyn miró hacia abajo.
-No me aclaro con estas… cosas. ¿Cómo demonios se llaman?
-Botones –se rió Briana.- ¿No los utilizáis en Ardieor? –Enseguida se dio cuenta de que había hecho una pregunta tonta, y sin esperar a que él le dijera nada, se los abrochó.
-Te has dejado uno.
-No. El último no se abrocha.
-Entonces, ¿por qué está ahí?
-Tal vez pensando en las personas como vos.
-Ya. ¿Y qué clase de persona se supone que soy?
-Uno de esos cabezotas que insisten en abrocharse todos los botones.
Jelwyn levantó la ceja.
-¿Vamos a ver qué hay ahí fuera?
A ella ni se le había ocurrido preguntárselo. Pero él era de esa clase de personas, pensó mientras se dejaba tomar de la mano y sacar de la habitación.
-Un pasillo.
-¿Qué esperabais?
-¿En el País de las Hadas? ¡Cualquier cosa! -Briana se rió- Muy bien, acabemos con esto.
-¡Y deshonor eterno para quien retroceda!
Comenzaron a caminar. A su izquierda, la luz entraba a través de los vidrios coloreados de unas ventanas apuntadas. El techo era alto, y cuando Briana miró hacia el suelo se vio reflejada.
A su derecha, se veía una sucesión de puertas cerradas, pero ninguno de los dos se sintió interesado por lo que escondían. Al final del pasillo, encontraron la escalera, y allí abajo, les esperaba lo que parecía ser la salida.
Había un rastrillo en la puerta. Levantado. Y un puente levadizo que no debía haberse levantado en siglos. Y en el foso lleno de plantas acuáticas, algunas incluso con flores, nadaban cisnes y de vez en cuando saltaba un pez rojo. Jelwyn nunca había visto un castillo tan… tan poco castillo. Cuando él y Briana cruzaron el puente, se alejaron un poco y miraron hacia arriba, vieron que las paredes de piedra blanca apenas eran visibles por la cantidad de hiedra y rosales trepadores que se enroscaban en ellas.
-Es bonito –dijo Briana.
-Parece que esté diciendo: “Invádeme”.
-Jelvin, por una vez ¿no podríais dejar de pensar como un guerrero?
Jelwyn estaba a punto de responder cuando oyó el galope de los caballos. Los dos se volvieron al mismo tiempo, para ver un ciervo que huía a toda la velocidad que le permitían sus patas de una jauría de perros y de unos diez jinetes. Presa y cazadores pasaron por delante de ellos demasiado ocupados para verlos, excepto el último, que tiró de las riendas, se detuvo a mirarles y dijo en un perfecto ardiés:
-¡Por las faldas de Rhaynon, mira lo que ha traído el gato! Nunca me habría imaginado que te vería aquí, chico.
Jelwyn sonrió, pero a Briana le pareció algo incómodo.
-¿No te acuerdas de mí? Erryn Grandor, estaba en la Tercera cuando tú aún eras un novato.
-Sí –dijo Jelwyn-, y también me acuerdo de que te mataron cerca de la Tercera Torre.
El hombre desmontó.
-No me lo recuerdes, no fue nada divertido. Pero ¿qué esperabas? ¡Esto es el Otro Mundo! Venid conmigo, seguro que al Capitán le encantará conocerte. –Miró a Briana de arriba a abajo.- ¿Quién es esta maravilla pelirroja?
-Mi dama. Así que piensa en otra cosa, ¿quieres?
-Siempre has sido un granuja con suerte. La primera vez que te vi ya sabía que llegarías a llevar la estrella roja.
Jelwyn se rió.
-Soy un Aletnor de Katerlain, Err, nací con la estrella roja.
Briana nunca se había sentido tan extraña. Allí estaba, en el País de las Hadas, caminando al lado de Jelwyn, que hablaba con un hombre muerto que no hacía más que preguntarle por los conocidos comunes y lo que había ocurrido en Ardieor desde que él lo había dejado, mientras la devoraba con los ojos como preguntándose si tenía alguna probabilidad con ella aunque fuera la dama de un amigo.
Su destino era un claro en medio de un bosquecillo. No habían tardado mucho en llegar, pero la charla del hombre había hecho el camino más largo.
Un joven estaba de espaldas a ellos, y agachado, examinaba la pata de uno de los perros. No se veía ni rastro del ciervo, tal vez, pensó Briana, se había escapado. Entonces Erryn le llamó y el joven se enderezó y se volvió hacia ellos.
Erryn le dio un codazo a Jelwyn.
-Sí, chico, yo también me quedé igual cuando apareció.
Briana sintió que se le secaba la boca.
-¡Vaya! –Dijo el joven sonriendo- ¡Esto sí que no me lo esperaba!
*****
Los habitantes de los Pantanos se habían tomado en serio lo de saquear el castillo. En poco tiempo, la antigua Sala de Banquetes se llenó de objetos, la mayor parte de ellos inservibles, que habían encontrado y arrastrado hasta allí a falta de un lugar mejor.
Morj había sido el más interesado en buscar toda clase de trastos, Níkelon sospechaba que con el único objeto de impresionar a Garalay. Al menos, ella no parecía dispuesta a dejarse impresionar. Impasible, con aire casi profesional, ordenaba que las cosas destinadas a arder con el castillo se dispusieran en el montón de su derecha, y las útiles de verdad, a su izquierda.
Y en aquellos momentos, por primera vez desde que había comenzado aquella locura, Níkelon la vio dudar. Pues lo que Morj acababa de traerle era un arpa, tan hermosa y bien construida que parecía imposible que estuviera allí.
-Tenemos que dejarla -Pero el tono de su voz indicaba que estaba dispuesta a dejarse convencer de lo contrario.
-Demasiado grande, demasiado pesada -Y Níkelon estaba dispuesto a dar la mitad de su alma por oírla tocar.
-No podemos llevárnosla.
-No es un arma.
-Y no sirve para comer.
-Seguro que ni siquiera está afinada.
Garalay alargó la mano y rozó las cuerdas. Fue apenas un tañido, una nota breve y lastimera, pero todas las conversaciones se apagaron y todos los ojos se volvieron hacia ella.
Morj, con expresión solemne, dejó el arpa en brazos de Garalay y se sentó en cuclillas ante ella.
-No pasará nada por una canción -Levantó la mirada hacia la puerta. Níkelon distinguió una alta figura vestida de negro-. Sí -continuó Garalay como si hablara sola-. Una vieja canción ardiesa en honor de nuestro anfitrión.
Ay, pensó Níkelon, adivinando lo que iba a continuación.
-Vivía una dama al lado del mar...
Él debería haber salido corriendo, pensó Níkelon, pero no lo hizo. Entró en la Sala, poco a poco, con la mirada fija en ella, como un vidente en trance, y se sentó al lado de Morj.
-Una de ellas era como el sol
Fría y morena la otra creció...
Vidrena decía que era una canción galenda. Níkelon podía imaginársela cantada en galendo, pero en ardiés tenía aquel ambiente siniestro que solo los ardieses podían darle a todo lo que tocaban.
Y Farfel movía los labios en silencio, siguiendo la letra, mientras la hermana menor suplicaba por su vida, los dos juglares la convertían en un arpa y la llevaban a la boda de la hermana mayor.
-La primera cuerda que hicieron sonar
A la novia oscura hizo temblar
La segunda cuerda se lamentó:
"A su hermanita ella ahogó".
Garalay se detuvo un momento, una pausa dramática que casi hizo gritar a Níkelon que acabara de una vez con aquello.
-La tercera cuerda sonó bajo el arco:
«Y ahora sí vas a llorar».
Las cuerdas del arpa nunca habían parecido más doradas. De reojo, Níkelon vio unas cuantas lágrimas furtivas.
-Deberían haberle ahogado a él -dijo Farfel.
Garalay no replicó. Se limitó a devolverle una mirada fría, dolida. Níkelon apoyó la mano en su hombro y notó cómo temblaba. Farfel le dirigió una mirada congelada.
-Quítale las manos de encima a mi hermana, galendo.
Níkelon estaba a punto de obedecer cuando la mano de Garalay cayó sobre la suya como una garra.
-La lym de la Dama Gris de Dagmar no tiene hermanos.
-Entonces, no tienes ningún motivo para estar enfadada conmigo.
-Una lym tiene motivos más que suficientes para odiar a un traidor.
Ella tenía razón, pensó Níkelon. Pero él recordaba un claro en un bosque, hacía al menos un siglo. Y una frase murmurada como despedida.
-Bien, entonces supongo que no hay más de qué hablar -Farfel se levantó, buscó algo en su bolsillo y lo dejó caer en la falda de Garalay.- Por cierto, recuerdos de Jedllyn.
Inclinó la cabeza en un gesto algo rígido, dio media vuelta y se marchó. Níkelon esperaba que Garalay saliera corriendo detrás de él, pero la joven se quedó mirando el collar de Layda, cuyas cuentas se había molestado Jelwyn en volver a enhebrar en un hilo antes de llevárselo consigo, como si fuera la primera vez que veía algo como aquello.
-¡Oh, maldita sea! -murmuró Níkelon.
Y salió corriendo detrás de Farfel.
Era apenas una sombra en el pasillo. Debía haber caminado muy deprisa para alejarse de allí.
-¡Espera!
Se volvió a mirarle con una sonrisa que era casi un insulto. La luz de las antorchas le daba a su rostro un color rojizo no demasiado sano.
-¿Vas a preguntarme qué atrocidad he cometido con él?
Níkelon se sintió ridículo. Se acercó para no tener que gritarle de punta a punta del pasillo.
-Bueno, si pudieras decirme dónde está...
-Soy su hermano, no su niñera.
Y dio media vuelta con la intención de dejarle plantado. Pero Níkelon no se lo permitió. Corrió detrás de él y le obligó a darse la vuelta.
-No te entiendo. No os entiendo a ninguno. Primero intentas matarme, luego salvas a... Garalay... -por algún extraño motivo, le pareció impropio llamarla "Dagmar" delante de él - en aquel claro en Ardieor, y ahora…
Solo cuando vio la fría mirada del otro se dio cuenta de que estaba clavando las uñas en el brazo de Estrella Negra. Se soltó y dio un paso atrás
-No necesito que me adoptes, galendo. Ya tengo demasiado con un hermano. -Dos cuerpos, un alma y ni medio corazón entre los dos, recordó Níkelon. -Y yo no intento matar a la gente. Si hubiera querido matarte, estarías muerto.
-¿Y lo que ocurrió en aquel bosque camino de Katerlain?
-Todos cometemos errores.
Y se alejó por el pasillo tras un dramático revoloteo de capa. Un ardiés de pies a cabeza, pensó Níkelon, con demasiados secretos y ambigüedades para ser gente que presumía de hablar tan claro. Estaba a punto de volver a correr tras él y obligarle a explicarse mejor, pero entonces oyó la voz a su espalda.
-Todo esto es culpa tuya.
-¿Qué es "todo esto"?
-Teníamos una vida tranquila. Vale, de acuerdo, hay una guerra y todo eso, pero aparte de eso era una vida tranquila. Y llegaste tú, con tus preguntas, con esa mirada, con... con... con tu curiosidad. Revolviendo el pasado hasta que los muertos se han levantado de sus tumbas.
-¿Que yo llegué? ¡Tienes mala memoria, princesa! Si quieres culpar a alguien de "todo esto", busca un espejo.
-¡Rata orgullosa! ¡Si no fuera por mí estarías muerto!
-Si no fuera por ti, bonita, nadie habría intentado nunca matarme. Y ahórrate los gritos, porque por más que me chilles, Jelwyn no está aquí para oírte.
Garalay apretó los puños, abrió y cerró la boca tres veces, como pensando una réplica lo bastante hiriente, y al no encontrarla, volvió a entrar en la Sala.

La semana que viene más.

Monday, July 17, 2006

Resumen del Capítulo 1 y Capítulo 2

En el capítulo anterior:
Estrella Negra estaba en graves apuros al haber sido descubierta su verdadera identidad. Mientras, Briana descubría lo que les había ocurrido a ella y Jelwyn después de desmayarse, y en Comelt, los sitiados recibían una muy mala noticia.

CAPÍTULO 2
La fuerza no resuelve nada... la mayoría de las veces (Arnthorn el intrépido)

Después de tres días, vieron el castillo, al borde del precipicio en lo alto de la montaña.
-Es lo más feo que he visto en mi vida.
-Bonita, aún no has visto nada.
Garalay devolvió a Alwaid su mirada más fría. Alwaid sonrió.
-Dejadlo ya -suspiró Vidrena.
No había podido evitar estremecerse al ver el edificio. Era igual que la primera vez que lo había visto. Le daban ganas de gritar: "¿Es que nada cambia en este maldito país?" Hasta su caballito de los Pantanos, hasta aquel momento tan valiente, que ni siquiera había reculado al subir por aquel estrecho y empinado sendero, trataba de retroceder como si alguien le estuviera tirando de la cola.
-El maravilloso Redlam, lleno de maravillosos habitantes. ¿Cuántos de ellos están vivos?
-Uno. Sin contar a los caballos -Alwaid suspiró-. Al menos, espero que esté vivo. Los hombres pierden mucho después de muertos.
-Me encantará conocer a tu amiguito. Hace siete años que sueño con arrancarle los ojos. Para empezar.
-Ay, sueños, sueños...
-¿Por qué no repasamos el plan? -dijo Níkelon-. Hay algunos detalles que aún no entiendo.
-Alwaid intenta convencer a los guardias de que nos dejen entrar diciéndoles que soy su prisionera. Si no se lo creen, Lym utilizará sus poderes. Y si aún así no funciona, siempre podemos utilizar la violencia.
-Pues qué bien.
-Preparados. Ahí está la puerta.
-Sigo pensando que habría sido más convincente si me hubieras dejado darte un puñetazo en el ojo.
-Tampoco hay que excederse con el realismo.
Vidrena se rodeó las muñecas con la cuerda, Alwaid se inclinó, tomó el caballo por las riendas y se adelantó hasta la puerta de Redlam y gritó en su idioma:
-¡Ah del Castillo!
Vidrena, con la cabeza inclinada de forma que el cabello le cubriese la cara, sonrió. Hasta la voz de Alwaid cambiaba cuando volvía a ser la Señora de los Pantanos.
Nadie contestó desde las murallas.
-No son horas de estar durmiendo -murmuró Alwaid en ardiés.
Insistió dos veces más. Desde el castillo, siguieron sin contestar.
-Lym -dijo Vidrena-. Creo que te necesitamos.
Garalay se adelantó.
-¿Tengo que abrir la puerta?
-Eso parece.
-Apartaos.
Vidrena esperaba algo más espectacular que lo que ocurrió. Garalay miró la puerta, sin molestarse ni en entornar los ojos o acelerar la respiración. Solo se oía el sonido del leve viento que agitaba las capas. Cuando Vidrena comenzaba a sospechar que su lym se había dormido, la puerta se abrió como si alguien se hubiera limitado a darle la vuelta a un picaporte y empujar un poco. Hasta Garalay pareció sorprendida.
Entraron en el patio. Vidrena decidió olvidar su papel de prisionera y desenvainó a Wirda. Todos los que tenían espadas, la imitaron. Miraron a su alrededor. El castillo parecía desierto.
-Esto apesta a trampa -dijo Níkelon.
-O a catástrofe -murmuró Garalay.
Vidrena asintió y se volvió hacia sus seguidores.
-Muy bien. Tened todos los ojos bien abiertos y no os separéis. Alwaid, a mi lado. Lym y Nikwyn, dos pasos detrás de mí. Los demás, seguidnos.
Desmontó y miró hacia el establo. Un muchacho trataba de esconderse tras la puerta.
-Alwaid, dile que venga.
El chico ni debió plantearse desobedecer la orden. Vidrena pensó que si hubiera sido un perro habría acudido con el rabo entre las patas traseras y arrastrándose sobre el vientre.
Tras un breve diálogo con Alwaid, el chico se llevó los caballos al establo.
Alwaid parecía confundida.
-Deben haberse vuelto locos. Dice que todos los guardias están patrullando las montañas en busca de un ardiés y un dragón rojo.
Garalay había palidecido.
-Al parecer le debemos este favor a tu hermano, Lym. Casi lamento no poder conocerle.
-Si hemos de entrar, entremos.
El interior del castillo era más frío aún que el exterior. Tenía un olor polvoriento, estancado, con toques de sangre seca.
-Por aquí -dijo Alwaid.
La siguieron por los oscuros corredores, apenas iluminados por las teas humeantes. Garalay respingó al oír un chisporroteo demasiado cerca de su pelo. Alwaid soltó una risita.
-¿De qué te ríes?
-Si hace un año alguien me hubiera dicho que hoy estaría dando un golpe de estado, me habría reído aún más fuerte.
-¿Tomar un castillo es un golpe de estado?
-Es un principio. Mira, ahí está la puerta de la Sala -Aceleraron el paso para llegar ante la puerta. Alwaid trató de abrirla, pero estaba cerrada por dentro-. ¡Qué raro! -Apoyó la oreja en la puerta- Parece como si estuvieran luchando ahí dentro.
-¿Adiestramiento?
-Eso lo hacen en el patio. O en la Sala de Armas.
-Lym, abre -Vidrena sonrió.- Y esta vez, si es posible, que sea impresionante.
-Haré lo que pueda. Retroceded un poco.
Garalay se colocó ante la puerta. Cerró los ojos y extendió los brazos. A Vidrena le pareció ver cómo una ligera brisa agitaba sus cabellos. Dos manchas rojas aparecieron en sus mejillas. Cuatro gotitas de sudor brotaron del nacimiento de su pelo.
Soltó aire con un ruidoso suspiro y la puerta se rompió en pedazos.
Alwaid y Vidrena entraron en la Sala como dueñas de la casa ofendidas por una discusión entre invitados borrachos. Vidrena se echó la capa hacia atrás de forma que todos pudieran ver a Wirda.
-¿Interrumpo algo?
El Amo de Redlam, que había estado sentado en la mesa, se volvió hacia ellas. Vidrena le miró a los ojos por un instante, y luego miró a su alrededor. Había un hombre apoyado contra la pared opuesta, con una espada chorreante de sangre en cada mano. Dos hombres más, con el uniforme de la Guardia Siniestra del Amo de Redlam, estaban muertos (aunque, pensó Vidrena divertida, aquella palabra en Redlam era muy relativa) a sus pies.
Al entrar ellas, el hombre había inclinado la cabeza de forma que sus cabellos le cubrieran la cara. Los Guardias supervivientes habían dejado de luchar al notar que la atención de su Amo se había desviado, y también miraban a Vidrena como si aquella fuera la primera vez que veían una mujer.
-¿Qué significa esto? -preguntó el Amo de Redlam.
Vidrena le saludó con una burlona inclinación de cabeza.
-El Señor del Castillo, supongo. ¿Te acuerdas de mí?
-Vidrena lym-Gartwyn Aletnor. Creía que habías muerto.
-Exageraciones.
-Y la pequeña Alwaid. La última vez que te ví ibas de camino a un calabozo.
-La vida da muchas volteretas.
-Y que lo digas. Por ejemplo, vampirito, la primera vez que estuve aquí era una prisionera, y ahora soy tu nueva Emperatriz. Y esto es un... ¿Cómo has dicho que se llamaba, hermanita?
-Golpe de estado.
-Si es una broma no tiene gracia.
-¿Tengo cara de estar bromeando? Bueno, ¿vas a jurarme fidelidad o prefieres morir de verdad?
-¿A ti?
Vidrena lanzó un hondo suspiro de hastío.
-Como quieras.
En un único movimiento, tan rápido que el no-muerto no tuvo tiempo ni de darse cuenta de lo que ocurría, Vidrena desenvainó a Wirda y se la lanzó con un ágil giro de muñeca. Wirda describió un arco que Vidrena sabía que en Crinale habrían calificado de elegante, rebanó con exquisita limpieza la cabeza del Amo de Redlam y regresó a las manos de su dueña.
-¡Vaya, no esperaba que me saliera tan bien!
Por un breve instante, antes de convertirse en polvo, la cara del vampiro había expresado un infinito asombro. Alwaid corrió hacia sus restos y los pateó con todas sus fuerzas.
-¡Y esto es por lo de los Pantanos!
Vidrena paseó su mirada por la Sala. Garalay ni siquiera había parpadeado, aunque Níkelon hizo una mueca de asco. Los Guardias Siniestros que rodeaban al hombre vivo habían muerto al mismo tiempo que su Amo y yacían en el suelo en diversos estados de descomposición.
-¿Alguien más tiene algo que decir?
El joven dejó caer una de sus espadas, pero conservó la otra en la mano. Levantó la cabeza, con un movimiento brusco que echó atrás su pelo y descubrió su cara, y sostuvo la mirada de Vidrena. La Señora de Ardieor oyó una exclamación ahogada a sus espaldas, pero estaba demasiado asombrada por lo que veía para molestarse en volver la cabeza. Muy despacio, como para que ella no pudiera malinterpretarlo, se acercó a siete pasos exactos de Vidrena, clavó la espada en el suelo y se dejó caer sobre una sola rodilla.
-Juro fidelidad a la única, auténtica y legítima Señora de Ardieor, en cuerpo, alma y mente, para bien y para mal, hasta la muerte y más allá.
Vidrena entornó los ojos.
-¿Quién eres?
El hombre miró por encima del hombro de Vidrena, a Garalay.
-Un desterrado, mi Señora.
-¿Por qué no le preguntas a tu lym?
Alwaid tenía los ojos tan brillantes que a Vidrena le pareció que volvía a estar viva. Hasta parecía un poco ruborizada.
-Se lo he preguntado a él. ¿Quién eres?
-¿Alguien llega a saberlo alguna vez?
Vidrena comenzaba a hartarse de aquel juego. Apoyó la hoja de Wirda, plana, bajo la barbilla del hombre, y la levantó poco a poco. Le dio la vuelta de modo que él pudiera sentir el filo y apretó un poco la punta sobre la piel del cuello, no tanto como para cortarle, pero lo suficiente como para que él entendiera que iba en serio.
-Dime quién eres -El efecto de rabia contenida, acentuado por la lenta pronunciación, le quedó muy bien conseguido.
-¿Puedo levantarme?
-Mantén las manos donde pueda verlas.
Apartó la espada y él se levantó.
-Farwyn lym-Kara Aletnor de Dagmar, Capitán de la Segunda Compañía del Valle de Katerlain. Mis amigos me llamaban Farfel.
¿Es que voy a tener que conocer a todos mis malditos descendientes antes de morir?, pensó Vidrena.
-¡Y ahora te llaman traidor! -gritó Garalay. Vidrena se volvió a mirarla. Estaba pálida, y temblaba como si le hubiera vuelto la fiebre- ¡Estás muerto! ¡Tienes que estar muerto, él dijo que estabas muerto!
-Exageró.
-¡No! -gritó Garalay, reaccionando por fin. Se acercó a él y comenzó a golpearle el pecho como tratando de que le abrieran una puerta- ¡Maldito traidor, embustero, asesino, hijo de..!
La mano de Farwyn salió disparada y le tapó la boca.
-Cuidado, petirrojo, también era tu madre.
Garalay le dio un bofetón.
-¡Me alegro de que esté muerta!
-¿No te encantan las reuniones familiares?
-¡Cállate, Alwaid! -Garalay retrocedió, negó con la cabeza y corrió hacia la puerta- Síguela, Nikwyn. No quiero que vaya sola por ahí.
Farfel saludó con la mano.
-Hasta luego, Nadie.
-Que te zurzan, Estrella Negra.
*****
Cuando Norwyn tenía quince años se escapó de su casa para ser jeddart. No era fácil. Había que burlar las patrullas de trhogol que recorrían los caminos, cruzar la frontera con el Ardieor Libre y entregarse en una Torre o al primer jeddart que se encontrasen. Cada año, centenares de jóvenes hambrientos y sin el más mínimo sentido de la orientación, hartos de trabajar en los campos de las Tierras Peligrosas sin otro futuro que acabar convertidos en trhogol, no-muertos o golosinas para Alwaid, morían mucho antes de llegar a la frontera.
Pero Norwyn había sobrevivido. Antes incluso de llegar a la frontera se había encontrado con el primer jeddart que veía de cerca en su vida. Un joven que iba tarareando una cancioncilla sobre el encuentro en el bosque de Hildwyn y Jassira.
Si la vida hubiera sido justa, el jeddart se habría encontrado con una hermosa Antigua con debilidad por los mortales. Pero la vida nunca es justa, y se encontró con un asustado muchacho de las Tierras Peligrosas que cayó de rodillas y comenzó a recitar una versión muy peculiar del juramento, salpicada de balbuceos. Norwyn no sabía si estaba aguantándose la risa o se había quedado sin palabras al verle. Pero mientras se lo pensaba, llegó el resto de la patrulla. El que parecía estar al mando era casi idéntico al que le había encontrado, solo que tenía el cabello mucho más claro y los ojos mucho más oscuros. Y no solo por el color.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué te has quedado ahí plantado?
El jeddart que le había encontrado le señaló con un leve gesto de la cabeza. Norwyn bajó la mirada, tratando de disimular un escalofrío ante el lento y deliberado examen del otro.
-¿Nada más? Córtale el cuello y sigamos adelante, Rhaynon sabe que no nos hacen falta más idiotas.
Estaba hablando en broma, pero Norwyn aún no tenía forma de saberlo.
-No creo que sea una buena idea.
Por un momento, las miradas de los dos jeddart se trabaron en una especie de duelo, hasta que el segundo cedió con una media sonrisa.
-Está bien, si quieres un perrito puedes quedártelo. Pero tú te encargarás de darle el biberón -Dio un taconazo al caballo e hizo una señal a los demás para que le siguieran-. Ya nos alcanzarás.
Norwyn se quedó con el otro en medio del camino.
-¿Cómo te llamas, chico?
-Norwyn, mi Capitán.
-Segundo -La corrección fue tan automática que Norwyn supuso que tenía que hacerla todos los días-. ¿Nada más? ¿Solo Norwyn?
-Sí, mi Ca... Segundo. Solo Norwyn.
-Mejor -Le miró de arriba a abajo, pero aquella vez Norwyn no se sintió molesto-. ¿Cuánto hace que no comes?
-No me acuerdo.
El jeddart desmontó.
-De acuerdo, pues primero vas a comer.
-¿Y ellos?
-Ya les alcanzaremos.
-¿Por qué... por qué haces esto?
Norwyn había oído hablar de las sonrisas de los Aletnor, aquel leve gesto con la boca cerrada y un poco torcida. Pero no era lo mismo oír hablar de ellas que ver una. Estuvo a punto de dejarse caer de rodillas otra vez, pero le pareció que ya había hecho bastante el ridículo por una mañana
-¿Y por qué no?
Se habían sentado al borde del camino, resguardados por unos matorrales, y habían compartido la comida, aunque en realidad Norwyn había comido mucho más que el Segundo de la Segunda de Comelt. Al terminar de comer, ya le había contado toda su historia, sus ambiciones y confusos planes para el futuro. Y el otro le había escuchado como si todo lo que decía hubiera tenido de verdad algún sentido.
Y diez años después, lo único que quedaba de Jelwyn Lym-Kara Aletnor, Señor de Ardieor, Capitán de la Segunda del Valle, amigo y única familia de Norwyn, era aquel horroroso amuleto que ni siquiera podía brillar en su mano.
-Lo siento -dijo Dulyn-. Jel y yo teníamos nuestras diferencias, pero era mi pariente y no quería verlo muerto.
¿Qué esperaba Dulyn que dijera? Lo único que él quería era que le dejaran solo para llorar a gusto. Si llorar delante de un Aletnor ya era una grosería, delante de cuatro (cinco, si contaba a "Vidrena Conquistando el Castillo Negro") era algo inconcebible para cualquier ardiés.
-No está muerto -corrigió Kayleena.
-Si está prisionero en Ternoy debe estar deseándolo.
Norwyn levantó la mirada y se encontró con la de "Vidrena Conquistando el Castillo Negro". Era curioso lo que ocurría con aquel tapiz. La mirada de la Señora de Ardieor parecía corresponder al estado de ánimo de quien la miraba. En aquellos momentos, estaba llena de lástima por él. O de dolor por su descendiente.
-Anhor, ¿cuántos hombres dices que llevabas en tu pequeña escolta?
-Trescientos.
Norwyn se calló el comentario sobre lo que en Galenday se consideraba "pequeño".
-¿Ibas a invadir Ardieor con trescientos hombres?
La voz de Dayra estaba llena de genuino asombro, y Anhor sonó un poco avergonzado al responder.
-Esperaba asustaros lo suficiente para no tener que utilizarlos.
Norwyn apartó la mirada del tapiz y la clavó en el galendo.
-¿Podrías reunir más?
-Sí, pero...
-Quiero que salgas de Comelt y vayas a buscarles. A todos los que puedas reunir. Y esto es una petición oficial. En nombre del Valle de Katerlain. ¿Alguien tiene algo que decir?
-Sí, yo tengo algo que decir. ¿Cómo voy a salir de Comelt?
Norwyn miró a Dayra. La joven pareció confundida.
-¿El pasadizo? ¡Si ni siquiera sabemos si de verdad existe!
-Buscadlo. Las Damas Grises deben tener alguna idea, para eso están. Y, por cierto -Se levantó y se metió el amuleto en el bolsillo-. Ellos -señaló hacia fuera con la cabeza- pueden decir lo que quieran. Pero mientras no vea su cabeza en una pica, Jelwyn es mi Señor y Capitán, esté aquí, en Ternoy o en cualquiera de los siete infiernos. Espero que nadie lo olvide -Suspiró, de un modo algo más ruidoso de lo que pretendía, tiró un poco del faldón de la cota de malla y salió de la Sala para comunicar las noticias a la Segunda del Valle.
-¡Esto ya es demasiado! ¿Quién se cree que es? ¿Cómo se atreve a pensar que puede darnos órde…?
-Cállate, Dulyn.
Dulyn estaba acostumbrado a quedarse sin la última palabra, pero nunca se quedaba sin su último bufido.

Hasta la semana que viene

Monday, July 10, 2006

Resumen de lo sucedido y Capítulo 1 de la Cuarta Parte

Qué ha pasado hasta ahora:
Hace cien años, tras una lamentable cadena de errores militares y diplomáticos, Ardieor cayó en manos de su malvada vecina, Zetra de Ternoy. Solo un pequeño Valle entre las montañas, donde se refugiaron los supervivientes, protegido por un hechizo; y la Ciudad de Comelt, reconquistada veinte años después, resisten a la invasión. Cien años después de la Caída de Dagmar, Garalay, hija del Señor de Ardieor y Lym de la Dama Gris de Dagmar envía a su hermano mayor, Jelwyn, a salvar a Níkelon, el tercer hijo del Rey de Galenday, de un intento de asesinato. El plan de la joven es utilizar a Níkelon, portador de una copia en hierro del Sello de los Señores de Ardieor y de una antigua espada, para cumplir una profecía que dice que alguien llegará del Sur para liberar Ternoy del malvado mandato de Zetra. Aunque sorprendido al principio, Níkelon accede a condición de que las Damas Grises le entreguen la mano de Garalay (lo que molesta bastante a ésta). En una emboscada, los ardieses toman prisionera a una chica que, varios capítulos más tarde, resulta ser Zetra en persona, rompe el hechizo protector del Valle y huye con Layda, la hija de Jelwyn (¿o tal vez no?). Garalay roba el Sello Ardiés y huye al Otro Mundo, mientras Jelwyn y Níkelon se van a Ternoy con la intención de rescatar a Layda, liberar Ternoy y de paso, si encuentran a Garalay, recuperar el Sello. Por el camino encuentran a Briana, una prisionera que los trhogol llevaban al Castillo Negro y ha conseguido huir, y que tiene misteriosos poderes que no conoce ni ella misma. Garalay despierta a Vidrena con la ayuda del Sello, y juntas encuentran a Wirda dónde... o mejor dicho, cuándo menos se lo esperaban. Luego, Garalay y Vidrena sacan a Alwaid (la gemela de Vidrena) de su prisión en la Fortaleza de los Pantanos, y juntas encuentran a Níkelon, que se ha quedado con la Gente de los Pantanos mientras Jelwyn y Briana se han marchado a seguir buscando a Layda. Tras muchos kilómetros y varias peripecias, Jelwyn y Briana son capturados por el enemigo, y liberados por Estrella Negra, que resulta no ser tan malo como creía todo el mundo (o igual sí). Durante la huida, Briana descubre que puede transformarse en dragón y volar. Y, cuando están a punto de morir de frío, "alguien" aparece en la cueva donde se han refugiado y les rescata.

CUARTA PARTE: EN EL LUGAR MÁS OSCURO

CAPÍTULO 1
La eternidad es poco para nosotros (Arnhtorn el Intrépido)

Se había acostumbrado a pensar en si mismo como Estrella Negra. Ya no recordaba cuánto tiempo hacía que no le llamaban por su verdadero nombre. Alwaid lo sabía, claro, y también Zetra. Y Jedllyn, por supuesto. Y, por un momento, cuando había conocido a Layda, había tenido la impresión de que ella sospechaba algo.
Hacía siete años que sabía que el Plan podía terminar mal. ¿Que podía? Sabía que iba a terminar mal. Solo a él podía habérsele ocurrido una idea tan loca, pero solo a Jedllyn podía habérsele ocurrido tomársela en serio y elaborar el Plan. Un Plan que solo podía terminar de aquella forma desastrosa. Bien, allí estaba. Tendido boca arriba en el suelo del calabozo, hambriento, sediento, aterido de frío y preguntándose cuándo iban a comenzar a divertirse con él. Conocía el proceso, lo había visto miles de veces. Solo el final le causaba cierta curiosidad: ¿Le convertirían en trhogol, en vampiro, en uno de esos no-muertos decrépitos que se arrastraban por los pasillos con pedazos de carne cayéndoseles de los huesos, o se limitarían a matarle de la forma más lenta y dolorosa posible?
Hasta en eso había tenido suerte el maldito Jelwyn. Tenía quien le rescatara. Claro, que él podría haberse negado, o al menos haberlo hecho de una forma más discreta. Pero, recordó con una sonrisa que hizo que le dolieran los músculos de la cara, aquello iba contra su propia naturaleza. Él siempre había sido de los que actuaban primero y pensaban después.
La puerta del calabozo se abrió. Alguien le arrojó un cubo de agua apestosa.
-Estaba consciente, gracias.
-¿Y qué? El Amo quiere verte.
-¿Serviría de algo si os dijera que yo no quiero verle a él?
Ni se molestaron en decirle que no. Tiraron de sus brazos hasta levantarle del suelo y le llevaron a rastras hasta la Sala.
El Amo de Redlam le recibió con su untuosa sonrisa.
-Espero que nuestra hospitalidad te haya sido agradable.
-Sí, las chinches eran muy simpáticas.
Si alguna vez había habido chinches en los calabozos, habían huido años ha en busca de mejores oportunidades.
-Supongo que te preguntarás qué vamos a hacer contigo.
-Pues no.
-Te lo diré de todas formas. La Señora nos ha dicho que le da igual lo que hagamos contigo. Así que he decidido que antes de morir podrías divertirme un poco.
Farfel pasó una rápida mirada a la Sala. Los dos Guardias que le habían llevado a rastras y cuatro más que ya estaban allí, todos vampiros, el espejo cubierto, el Amo de Redlam con aquella sonrisa de gato harto de leche... Se preguntó si tendría tiempo de apartarles de un empujón y tirarse por la ventana. Con un poco de... no, con mucha suerte, llegaría entero al patio. Si no se rompía el cuello o las dos piernas, podía correr hasta la muralla, abrir la puerta, salir corriendo montaña abajo...
Sí, y también podía salir volando como la chica de Jedllyn.
-¿De verdad sois tan buenos con la espada como dicen?
-Vosotros sabréis. En cien años no habéis podido ganarnos...
La sonrisa del vampiro se volvió más ancha aún. Dejó una espada entre los dos, encima de la mesa.
-Si haces una buena exhibición, puede que te dé una muerte rápida. Y definitiva. -¿Era una trampa? Sí, seguro que lo era. Farfel miró la espada, calculando sus probabilidades de matar al otro y salir vivo de allí.- A por él, chicos.
Farfel oyó cómo la puerta se abría. Tomó la espada y se dio la vuelta, en un rápido movimiento.
Allí debía estar media guardia, o el miedo hacía que se lo pareciera. Bien. Si las cosas iban a ocurrir así, él se llevaría a unos cuantos por delante. Ya estaba harto de todo. Hizo un saludo burlón con la espada.
-Adelante, chicos, ¿quién quiere ser el primero en morir?
No era una gran frase, teniendo en cuenta que la mitad de los presentes ya estaban muertos, pero no estaba en condiciones de ser ingenioso.
Los Guardias atacaron. Eran buenos, pero Farfel estaba desesperado. Apuñaló en la garganta al que estaba a su izquierda, le apartó de un empujón y, aun sabiendo que así se cortaba una posible retirada, retrocedió contra la pared para evitar que alguno se pusiera a su espalda.
Esquivó un mandoble, clavó la espada entre las costillas de otro Guardia, atravesando el corazón, y la arrancó a toda velocidad al tiempo que se apoderaba de la espada del muerto y detenía el ataque de otro.
Alguien estaba llamando a la puerta, pero nadie de la Sala pareció darse por enterado. Farfel estaba oyendo a los lobos. Paraba, esquivaba, bloqueaba, hería y golpeaba con las dos espadas a la vez, como si su cuerpo no fuera suyo y él estuviera disfrutando el espectáculo desde fuera, como el Amo de Redlam. Su corazón latía tan fuerte que casi no oía el insistente golpeteo en la puerta. Se le comenzaban a cansar los brazos y el sudor se estaba empezando a añadir a sus problemas, algunas espadas le habían rozado más de lo conveniente para su salud, pero las heridas todavía no habían comenzado a dolerle.
Y entonces, la puerta se hizo astillas.
*****
-¿Eso es una bandera blanca?
Kayleena arrugó el entrecejo mientras veía cómo Lajja se adelantaba a su escolta y clavaba en el suelo el asta al que había atado aquel trapo que alguna vez debería haber sido blanco.
-No creerás que van a rendirse.
-Si vuelven a intentar convencernos de que nos rindamos nosotros, vomitaré.
-Ni se te ocurra. No podemos desperdiciar comida.
Lajja cruzó los brazos y miró hacia arriba.
-Si habéis terminado de charlar, quiero hablar con la Señora de Ardieor. A solas.
Dayra vio cómo Dulyn palidecía de rabia. La elección del título parecía calculada para ofenderle a él y obligar a discutir a Dayra y Kayleena por cuál de las dos tenía derecho a hablar por Ardieor.
-No vayais -susurró Anhor-. Es una trampa.
-¿Al alcance de nuestras flechas? Es tonta pero no está loca.
-Creía que era al revés.
Kayleena se asomó por la muralla.
-¿Qué garantías tengo de que no es una trampa?
-Las mismas que yo. Pero si tienes miedo, puedes venir acompañada.
-No tengo nada que ocultar.
La sonrisita de Lajja fue casi un insulto, pero Dulyn y Dayra insistieron en acompañar a Kayleena. Los tres permanecieron en el umbral de la Puerta mientras la otra se adelantaba para hablar con ellos.
-Me han enviado algo desde Ternoy que creo que os gustaría tener.
Extendió la mano izquierda, que hasta aquel momento había mantenido cerrada, y la abrió poco a poco. Todo su autocontrol no pudo evitar que Dayra gritase.
-Veo que la joven señora lo ha reconocido.
Un triángulo de latón, de lados torcidos y vértices redondeados, con una piedra azul algo descolorida, rodeada de rayos como intentando parecer un sol sobre una pequeña pirámide escalonada, y lleno de abolladuras semicirculares que parecían hechas a propósito para afear aún más el colgante...
Dayra se recordó a si misma burlándose de la espantosa adquisición de Jelwyn y calificándolo de "lo más feo que había visto en su vida".
¿Por qué a nadie le gusta mi pobre amuleto de la suerte?, había dicho él.
-Tenemos a vuestro Señor y a su heredera -La voz de Lajja, suave y llena de falsa compasión, llegaba desde muy lejos-. Creo que será mejor que os rindáis.
-¿Qué le habéis hecho?
Lajja miró a Dulyn.
-Oh, no os preocupéis por él, está a salvo y calentito. Atendido por hermosas jovencitas y disfrutando de los mejores manjares de Ternoy.
Era el truco más sucio que Dayra había visto en su vida. La joven recordó a Dulyn un par de noches antes, preguntándole si confiaba en su primo. Ahora sabía de dónde había sacado la idea.
-¿Y dónde está? -Por un momento, Lajja pareció no saber qué decir-. Mira, chica, puedes enseñarme todos los malditos colgantes que quieras, pero si no me lo enseñas a él en persona, no me creeré que hayáis capturado a Jelwyn. Él no es de los que se dejan atrapar vivos.
-¿Eso significa que solo nos creerías si vieras su cabeza clavada en una pica?
-Por ejemplo. -De un zarpazo, Dayra arrancó el amuleto de la mano de Lajja-. Avísanos si lo consigues.
*****
Briana soñaba con una tormenta. Rayos, truenos, viento, lluvia tan espesa que casi no se podía ver nada, excepto a Jelwyn, en pie en medio de la lluvia, con los brazos abiertos y la cara levantada hacia el cielo. Los rayos caían a su alrededor, el viento le sacudía el pelo, el agua resbalaba por su rostro y se metía bajo su ropa.
Briana sabía que era una pregunta tonta, pero no pudo evitar hacerla.
-¿No os asusta la tormenta?
Y él le devolvió una mirada que le provocó escalofríos.
-Yo soy la tormenta –contestó.
Briana despertó sobresaltada en un lugar desconocido. Estaba limpia y acostada en una cama, entre sábanas que olían a espliego, y no en el suelo o sobre un montón de paja sucia. Incluso llevaba un camisón. No se oía nada, salvo el trino lejano de algún pájaro y sonido de viento en las ramas de algún árbol. Un tenue olor a melocotón, pan recién hecho y alguna clase de flor le recordaron que hacía mucho tiempo que no comía.
Poco a poco, volvió a respirar bien. Se incorporó y miró a su alrededor. Estaba en una habitación, pequeña pero cómoda. Además de la cama, contenía un arcón, dos sillas y un banco acolchado junto a la ventana, por la que podía ver un cielo azul con unas pocas nubes y el vuelo de unas cuantas docenas de golondrinas.
Cuando volvió la cabeza a su izquierda, vio que Jelwyn la estaba mirando.
-Buenos días.
Estaba de rodillas, con los codos apoyados en la cama y la barbilla apoyada en los codos. Se levantó y se sentó en la cama.
-¿Te encuentras bien?
Briana se incorporó.
-Esto no es justo.
-¿Lo qué?
-Yo debería estar en vuestro lugar. Debería haberos cuidado mientras estabais herido, y deberíais haberme visto al despertar.
-¿Por qué?
-Pues porque… porque estabais herido, mientras que yo no tenía nada, y… ¿Dormís alguna vez?
Jelwyn sonrió.
-¿Para qué?
-¿La palabra “descanso” significa algo para vos?
-“Pérdida de tiempo”.
-A veces me pregunto si sois humano.
En aquel momento se oyó algo que parecía un gemido, y Jelwyn hizo un gesto de dolor.
-Disculpa –dijo. Se agachó y volvió a incorporarse con un animalito que bufaba y se debatía agarrado con dos dedos. Lo dejó sobre la manta, al lado de Briana.- Como iba a decir antes de que este bribón nos interrumpiera, eso son tonterías. Los dos sabemos que soy el más fuerte. Necesitabas descansar.
-¿Qué es esto? –preguntó Briana, asombrada. El animalito, una diminuta criatura de pelo corto, cabeza redonda, orejas puntiagudas y larga cola, se sentó sobre sus cuartos traseros y bostezó mostrando una lengua rosada y unos agudos colmillitos.
-Un gatito. Lleva días rondando por aquí. Ten cuidado con sus uñas.
Briana acarició al gato, olvidando por un momento de qué trataba la conversación.
-¡Es precioso!
-¿No vas a preguntarlo?
-¿Preguntar qué?
-Dónde estamos.
Ni se le había ocurrido.
-¿Dónde…?
-En Branglyn.
Briana trató de recordar dónde había oído aquel nombre y qué significaba.
-¿El País de las…?
Jelwyn le tapó la boca con dos dedos, en suave advertencia.
-Prefieren ser llamadas Antiguas. O Buenas Personas, Amables Vecinos… -Apartó la mano y sonrió. –Mejor no te aburro con la lista completa.
-¿Y cómo llegamos aquí?
-Nos rescataron. Según Dinel, nos necesitan vivos y no haciendo el tonto en Ternoy.
-Pues qué bien. ¿Y cuándo nos dejarán irnos?
-Ni idea. La vigésima vez que se lo pregunté, me mandaron a paseo.
Desde que había despertado, le había visto sonreír más veces que en todo el viaje por Ternoy. Era la primera vez que le veía de verdad, a la luz natural de un auténtico día. Briana se fijó en todos los detalles que hasta entonces no había visto. Aquella maldita cicatriz solía hacer que el resto de su cara pasase inadvertido, pero también había arruguitas alrededor de los ojos y en la frente, un par de marcas de varicela en el entrecejo y la mejilla, e incluso una cicatriz menor en la barbilla y otra en la oreja derecha.
Se preguntó si él recordaría lo que le había dicho en la cueva, antes de perder el conocimiento. Por un momento, casi oyó otra vez la voz de la Sacerdotisa. Aquello no estaba bien, no era lo que le habían enseñado que era decente y apropiado, y si seguía por aquel camino iba a terminar igual que su madre. Debía portarse como una buena chica, controlar, no, mejor aún, estrangular sus sentimientos, aplastarlos como a insectos fastidiosos. Después de todo, tal vez él lo hubiera olvidado todo, tal vez ni siquiera lo había oído. Sí, esa era la solución. Si se le ocurría decir algo, Briana actuaría como si nada hubiese ocurrido. Aunque era obvio que existía cierta… ligera atracción, eran personas mayores y sabían controlarse. El autocontrol, le había dicho Jelwyn unas cuantas veces mientras intentaba enseñarle a manejar la espada, era muy importante para un jeddart. Y también para una drach. No diría ni una palabra…
-Bri, creo que tú y yo tenemos que hablar en serio.
Maldición.
-¿De qué?
-De mi nombre. – Briana, demasiado sorprendida para replicar, se quedó mirándole embobada. – Cuando aún quería librarme de ti me daba lo mismo, pero si tengo que oír mi nombre mal pronunciado el resto de mi vida, creo que me volveré loco.
-¿El resto de…?
-Si no malinterpreté aquello de tus mil muertes.
Briana rió.
-¡Maldita sea vuestra memoria! ¿Alguna vez olvidáis algo?
-Lo intenté, ¿sabes? Lo último que deseaba era complicarme la vida con una cría de la edad de mi hermana pequeña. Intenté con todas mis fuerzas arrancarte de mi cabeza, como se arranca una cana con la esperanza de que no vuelva a crecer.
-Pues deberíais haberlo intentado más.
-¡Te dejé a solas con Nikwyn todas las veces que pude!
-Sí, y siempre os asegurabais de volver a tiempo de evitar que ocurriera algo.
-¿Ah, sí? ¿Y quién salió corriendo detrás de mí en los Pantanos?
-¿Os alejasteis lo bastante deprisa como para que no pudiera alcanzaros?
-¡Preciosidad, nadie en este mundo puede correr tanto!
-¡Dejad de gritarme! ¡No es culpa mía!
-No se me dan nada bien estas cosas –Jelwyn pareció melancólico.- Seguro que Nikwyn te recitaría una de esas declaraciones apasionadas de “Arnthorn el intrépido” que ocupan siete páginas. Se las sabe todas, pero yo no he leído el condenado libro más que una vez y ya tuve demasiado. Así que voy a hablar claro –Briana se abstuvo de decirle que ya era hora.- Soy un viejo gruñón, ni siquiera de joven era muy agradable de mirar y en estos momentos no poseo más que lo que llevo puesto. Gobierno, o algo parecido, sobre una ciudad sitiada y un Valle que a estas horas ya debe ser un montón de ceniza, y es más que posible que en cuanto vuelva a Ardieor me condenen por deserción o por cualquier otra cosa que se les ocurra, y, como soy un jeddart y además más viejo que tú, es probable que muera y te deje sola con los gemelos.
-¡¿Gemelos?!
-Y creo que ya te hablé un día de las maldiciones familiares, ¿no? Aunque somos lo bastante educados como para no incluir a los gemelos en la lista de maldiciones.
-¿Queréis dejar de hablar de gemelos?
-¿Y tú quieres olvidarte de todas las tonterías que acabo de decir y contestarme que te encantaría ser la próxima Señora de Ardieor a pesar de todo?
-¿Y ahora es cuando debo arrojarme en vuestros brazos y exclamar: “Sí, sí, y mil veces sí”?
-Bastaría con uno.
-No puedo. Estoy prometida, ¿recordáis?
-Eso tiene remedio.
-No en Lossián.
Jelwyn le dio dos palmaditas en la mano.
-Ya lo encontraremos.
-Podrías mostraros un poco más inseguro, ¿no creéis? Un poco de “no puedo creer que me améis” o “no soy digno de vos” hubiera quedado muy bonito.
-Bri, esas tonterías no son para nosotros. Si no fuera digno de ti, ni me habrías mirado. Y si te dijera que no creo algo que me has dicho, te estaría llamando mentirosa.
Y, antes de que ella tuviera tiempo de sentirse tonta, le dio un beso, rápido pero entusiasta, y salió de la habitación.

Bueno, después de hacer las divisiones apropiadas para que me quepa aquí y no os canséis demasiado, me salen tres capítulos más. A ver si me pongo de una vez y la acabo...
Hasta la semana que viene, Siete Fans.

Monday, July 03, 2006

Resumen del Capítulo 16 y Capítulo 17

Qué ha pasado: Jelwyn y Briana, que cayeron prisioneros en el capítulo anterior, consiguieron escapar de Redlam con la ayuda de Estrella Negra, y durante la fuga, Briana descubrió que, después de todo, sí que podía transformarse en dragón.

CAPÍTULO 17
...pues era el mas audaz de los caballeros, o eso pensaba él. (Arnthorn el intrépido)

Llevando su caballo de la rienda, Níkelon se acercó a Garalay y al grupito de muchachas que estaban sentadas con ella. Dieciséis pares de ojos se volvieron hacia él cuando la llamó. Carraspeó, algo incómodo.
-Vidrena me ha pedido que vaya a ver qué hay ahí delante. ¿Me acompañas?
Garalay le miró, sorprendida. No era la primera vez que Vidrena mandaba adelantarse a Níkelon para que comprobara si el camino estaba despejado, pero sí era la primera que él quería que ella le acompañara.
-¿Por qué no?
Níkelon sonrió como si no hubiera esperado aquella respuesta.
-¿Te ayudo a montar?
-Puedo sola.
Níkelon vio de reojo cómo Vidrena alzaba las cejas cuando le vio montar detrás de Garalay y tomar las riendas.
-Espero que esto no sea solo una excusa para abrazarme -dijo Garalay un poco más tarde, cuando ya habían dejado atrás a los otros.
Níkelon sabía que no había sido una buena idea. El cabello de Garalay le hacía cosquillas en la cara, y la visión de su cuello y sus orejas hacía que le rechinasen los dientes de ganas de mordisquearlos.
-Por supuesto que no. Es una excusa para hablar contigo sin que nos molesten.
-¿Ahora tienes secretos?
-En realidad, princesa, me debes unos cuantos paseos. Y a falta de bosque... ¿De qué hablabas ayer tanto rato con Morj?
Garalay se rió.
-¿Celos, Nikwyn?
-Más bien envidia. Parecías tomártelo más en serio que a mí.
-No era nada importante, sólo estábamos planeando destruir la más sagrada tradición de las Damas Grises.
-Suena interesante. ¿Qué te dijo, que quiere ser una de ellas?
Garalay se volvió a mirarle, con los ojos muy abiertos.
-¿Cómo lo sabes?
-¡Era una broma! ¿De verdad Morj quiere ser...? ¿Cómo podríamos llamarlos, Hombres Grises, Caballeros grises?
-¡Suena feísimo! En realidad, lo que quieren es aprender lo mismo que las chicas. Y lo único que se me ocurrió contestarle fue: "Es verdad, ¿por qué no?"
-¡Les va a dar algo cuando se enteren!
-Si ellas pueden saltarse las normas cuando quieran, yo también. ¡Hay tanta gente ahí fuera, Nikwyn! Gente con ganas de aprender y cosas que enseñar. Debería existir algo, un lugar donde pudieran encontrarse.
-Princesa, cada vez que comienzo a preguntarme por qué me gustas tanto, haces algo que me lo recuerda.
-Lo tendré en cuenta. -Había sonado casi como una amenaza. Níkelon renunció a replicar.- ¿Qué es eso?
-¿Qué es el qué?
-Ahí delante, ¿no lo ves? ¡Haz correr a este bicho!
-Si hay algo raro, deberíamos volver para informar.
Garalay golpeó con sus talones los flancos del caballo. El animal, sorprendido, relinchó en señal de protesta y se lanzó al galope. Níkelon no tuvo más remedio que agarrarse con todas sus fuerzas a las riendas y al mismo tiempo sujetar a Garalay para evitar que se cayera, mientras pensaba en todo lo que iba a decirle cuando recuperase el aliento.
-¡Para! -gritó ella en un tono de voz que hizo imposible desobedecer, y apenas había Níkelon detenido al caballo cuando ya se había tirado de la silla.
Níkelon desmontó con algo más de calma. En el suelo pudo ver los restos de un campamento: la hoguera apagada hacía días, las mantas, el corazón de una manzana, incluso la cazuelita en la que Jelwyn solía calentarse el agua para la menta. Como si algo o alguien hubiera obligado a sus propietarios a marcharse de allí tan deprisa que no habían tenido tiempo de borrar el rastro.
Garalay estaba de rodillas, muy pálida, observando algo. Níkelon se agachó a su lado. Ya había visto lo suficiente para reconocer lo que eran aquellas gotitas. Cuando ella levantó la mirada, no supo qué decirle. "Lo lamento" le pareció estúpido. Ni siquiera sabía lo que debía lamentar.
-No creo que esté muerto -dijo al fin-. Lo habrías visto.
Garalay miró de nuevo las manchas de sangre.
-No vi a Farfel.
-Deja de atormentarte, seguro que está bien.
Ella reaccionó como si la hubieran pinchado.
-¿Bien? ¡Está herido, Nikwyn, y prisionero! ¿Sabes lo que les hacen a los prisioneros ardieses?
-Si está prisionero, no puede estar en otro sitio que en Redlam.
-Pueden haberlo llevado al Castillo Negro sin pasar por allí.
Había algo espantoso en aquella fría tristeza. Níkelon tenía una ligera idea de cómo tratar con un ataque de ira, o de llanto. Pero Garalay se limitaba a estar allí, sentada sobre sus talones, mirando las manchas de sangre y hablando con una voz opaca, en la que no podía haber ni llanto contenido.
-Dagmar, estás siendo pesimista.
-¿Y no tengo motivos?
-No. Tienes a Vidrena, y también a mí. ¿Es que crees que no soy capaz de desmontar todos los castillos de este maldito país piedra por piedra para encontrarle, aunque solo sea por lo mucho que a ti te importa?
Ella se volvió a mirarle, con un brillo en los ojos que en cualquier otra persona habría podido preceder a las lágrimas.
-Nunca me atreví a decírselo. ¿Crees que lo sabe?
-¡Pues claro que lo sabe! ¡Si hasta yo me di cuenta enseguida! -Se le estaban durmiendo las piernas, así que se dejó caer de rodillas y la cogió de las manos-. Tranquilízate y piensa. Es el mejor jeddart de Ardieor, puede cuidarse solo y además no está solo. Estoy seguro de que Bri es más de lo que parece.
En un impulso que tal vez ni ella pudo explicarse, Garalay le abrazó.
-Te quiero mucho, Nikwyn, aunque no debería decírtelo.
-Sobra una palabra.
Garalay se apartó.
-¿Qué?
-Ese "mucho". Es como si me hubieras dicho que me quieres como a tu perro o a tu hermanito pequeño. O como si fueras a añadir que soy el mejor amigo que has tenido nunca.
-¡Es que lo eres! Solo quería que lo supieras por si no tenía otra ocasión de decírtelo, pero ya veo que ha sido una mala idea. ¿Gris?
Por un momento, Níkelon pensó que Garalay se había vuelto loca. Luego, volvió la cabeza hacia donde ella estaba mirando y vio a la perra. Estaba flaca, pero no parecía herida ni enferma. Indecisa entre sentarse o permanecer en pie, había elegido una postura intermedia que le permitía mover la cola con todas sus fuerzas y golpear el suelo con las patas delanteras. Solo al oír la voz de Garalay se decidió a acercarse.
-Pobrecita, te han dejado sola aquí, esos malvados. -Garalay había liberado sus manos sin demasiados aspavientos y dejó que Gris la olfateara y lamiera su cara. Luego, volvió a ser la Garalay que Níkelon reconocía-. Nikwyn, ayúdame a recoger estas cosas y vamos a contárselo a Vidrena. Tenemos personas a las que rescatar.
*****
Hacía frío. No era ninguna novedad, pero seguía siendo una molestia. En algún lugar detrás de las nubes, se recordó Anhor, hacía sol. Seguro que era la clase de sol que hacía suspirar a la gente por un poco de sombra. Lo añoraba con toda su alma.
-¡Atención, ardieses! -dijo Dulyn. Estaba montado en su caballo, con el casco recién ajustado bajo la barbilla. Anhor pensaba que era un casco demasiado vulgar. Debía haber tenido un águila, un león o alguna otra fiera en la cimera, pero el desinterés de los ardieses por aquel aspecto de la guerra era decepcionante.- Este es el momento más importante de nuestras vidas. Ardieor no ha visto nada semejante desde la caída de Dagmar. Luchad hasta la última gota de vuestra sangre, porque si vencemos, entraremos en la leyenda. Pero si perdemos, seremos historia.
Un jeddart detrás de Anhor preguntó en voz baja.
-¿Eso ha sido lo que llaman una metáfora?
-Me temo que sí -le respondió un compañero.
-Pues estamos apañados.
-¡Eh, Capitán! -gritó otro- ¿Esto va a ser muy largo?
Anhor vio cómo centelleaba la mirada de Dulyn. A la derecha del ardiés, Norwyn sonrió como en señal de aprobación.
-Palurdos -murmuró Dulyn. Y luego hizo dar la vuelta a su caballo y ordenó con voz firme- ¡Abrid la puerta!
Un jeddart algo asustado levantó la tranca. El chirrido de la cadena al alzarse el rastrillo espeluznó a más de uno.
Aunque menos que la voz que sonó a sus espaldas.
-¡Dulyn! ¿Qué significa esto?
Dulyn se volvió a mirar a Norwyn.
-¿Se lo has dicho tú?
-¿Crees que estoy loco?
Yarla carraspeó.
-¿De verdad quieres que alguien conteste esa pregunta?
Dayra se plantó al lado del caballo de Dulyn, con el ceño fruncido y las manos en las caderas.
-He preguntado que qué significa esto.
-Vamos a hacer una salida.
-¿Una salida? ¿Es que se os ha secado a todos el cerebro?
-¿Y qué vamos a hacer? ¿Pudrirnos aquí dentro? Prefiero morir con una espada en la mano -Se inclinó hacia ella y la besó en la frente-. Tranquila, sé cuidarme.
Dayra se mordió el labio inferior.
-Elegí un mal día para dejar de morderme las uñas.
Dulyn hizo que su caballo levantara las patas delanteras, en lo que a Dayra le pareció una exhibición algo inútil, y salió al galope por la Puerta Este de Comelt.
Dayra no se movió mientras el resto de sus acompañantes salían tras él, de una forma algo menos espectacular pero igual de ruidosa. Luego, mientras la puerta se cerraba, subió corriendo las escaleras hasta lo alto de la muralla.
Por la tierra de nadie, entre el campamento enemigo y las murallas de Comelt, cargaron los quinientos jeddart y el galendo. Cabalgaba en cabeza el Gobernador Dulyn, a su derecha, un poco atrasado, Norwyn de la Segunda del Valle, y a su izquierda, tratando de mantenerse a la altura, Anhor de Erdengoth. Cayeron sobre el campamento enemigo como una tormenta de granizo, matando y destruyendo, y un grito de entusiasmo se elevó desde las murallas. Solo Dayra permaneció callada, luchando con todas sus fuerzas contra el impulso de morderse las uñas. De reojo, le pareció ver, no muy lejos de ella en las almenas, la figura traslúcida de una Dama Gris. Prefirió no seguir mirando.
Aquello era lo que había estado esperando, pensaba Anhor. Nada de ocultarse tras las murallas, o de huir ante el enemigo. El viento en la cara, el sonido de la espada contra el acero o la carne enemiga, el olor de la sangre fresca. Casi podía oír el primer verso de la balada celebrando sus hazañas.
Pero no iba a ser tan fácil. Una vez recuperados de la sorpresa, y a las enérgicas órdenes de Lajja, los trhogol reaccionaron. Los ardieses pronto se vieron rodeados.
-¡Retirada! -gritó Yarla.
-¡No!
-¡Son más que nosotros! ¡No pienso dejar que nos maten porque seas demasiado orgulloso para reconocer que has perdido!
-¡En mi ciudad y en mi Compañía soy yo quien da las órdenes! ¡Aún soy el Capitán aquí, a ver si os enteráis!
No valía la pena discutir con él, pensó Yarla. Espoleó a su caballo, saltó por encima de un trhogol, atropelló a otro e hizo un cruce de dedos mental para que los demás tuvieran el sentido común de seguirla cuando gritó la orden de retirada.
En un gesto que encontró algo despectivo, nadie se molestó en perseguirlos mientras huían hacia las murallas. La joven no comenzó a temblar hasta que la puerta estuvo bien cerrada a sus espaldas. Al quitarse el casco, se dio cuenta de que el sudor chorreaba por su frente y empapaba todo su cabello.
Paseó la mirada a su alrededor. Hizo un recuento mental de todos los que habían salido y los que habían muerto o sido heridos en la escaramuza. Y entonces, oyó la pregunta de Dayra, y supo por qué no se habían molestado en perseguirles.
-¿Dónde está Dulyn?
*****
El Amo de Redlam comenzaba a estar harto de la niña. Estaba sentada en las rodillas de Zetra, como un perrito faldero, y jugueteaba lanzándose una pelotita dorada de una mano a otra. No le miraba, pero él sabía que aquella sonrisita de superioridad no estaba dirigida a la pelotita. Layda había empezado a sonreír en cuanto él había comenzado a contar cómo el Capitán de la Guardia había reclamado a la prisionera, y había seguido sonriendo mientras él contaba cómo Estrella Negra había dado la alarma al encontrar lo que quedaba del Capitán.
Y entonces, la niña dejó caer la pelotita y levantó la mirada. El Amo de Redlam trató de no ver la sonrisa y continuó contando la persecución, y cómo la chica se había transformado en dragón y había salido volando con el ardiés.
-Señor, ha llegado la segunda patrulla.
Por primera vez desde que le conocía, el Amo de Redlam se alegró de ver a Estrella Negra, aunque hubiera entrado sin llamar.
-Así que enviaste gente a perseguirles -dijo Layda, con su vocecita rezumando miel envenenada.
El no-muerto prefirió no hacerle caso y se volvió hacia Estrella Negra.
-¿Les han encontrado?
Estrella Negra negó con la cabeza.
-Dicen que es como si se los hubiera tragado la tierra.
Layda soltó una risita.
-¿A un ardiés y a un dragón? Demasiado bocado para tragárselo entero.
-Y demasiado duro para masticarlo -añadió Zetra.
Estrella Negra pareció sobresaltarse al verlas. O tal vez fuera solo a la niña, pensó el Amo de Redlam. Para ser un humano, se controlaba bien. Hizo una reverencia en dirección al espejo, y a un gesto de Zetra, se acercó.
-Quién lo hubiera dicho de la muchachita. Parecía tan indefensa... Tuviste suerte de que no te tocara a ti.
-Sí, Señora.
Zetra acarició los cabellos de Layda. La niña sonrió.
-Raro que yo no la conociera.
Estrella Negra devolvió la sonrisa.
-¿Conoces a todos los jeddart de Ardieor?
-A una tan buena la habría conocido.
-¿Sabías que la chica no es ardiesa? -preguntó Zetra.
-No me molesté en averiguarlo.
-¿Ni siquiera cuando hablaste con ella en Dagmar?
Así que Lajja había acabado confesando que la chica había llegado a Dagmar cuando Alwaid aún estaba al mando. Interesante.
-No sé lo que te habrán contado de lo ocurrido en Dagmar, pero te aseguro que no perdí mucho tiempo hablando con la dama en cuestión. Y, ya puesta a malpensar, podrías preguntarte por qué Lajja no te la entregó antes. O por qué no habló de ella cuando mandaste a buscarme. Seguro que nos habríamos ahorrado muchos problemas.
-Lajja ya tendrá su merecido cuando yo lo considere conveniente -Zetra miró al Amo de Redlam-. Buscad hasta debajo de la tierra si es preciso. Quiero sus cabezas en bandeja de plata. Si no tenéis bandeja me conformo con una cesta.
-Las tendrás, mi Señora.
Zetra y la niña se desvanecieron del espejo. El Amo de Redlam lo cubrió con el paño y se dirigió hacia su mesa.
-Ella tiene razón. Eres un hombre muy afortunado.
-Sí, supongo que se podría llamar suerte.
-O asesinato -El vampiro miró sin parpadear al humano. Parecía muy tranquilo. Se limitaba a pasar el peso de su cuerpo de una pierna a otra, esperando la orden de retirarse-. Y, dime, ¿qué era eso tan importante de lo que tenías que hablar con el prisionero?
-¿Es que no tengo derecho a divertirme un poco? La mejor parte de azotar a los ardieses es el burlarse de ellos antes.
-No sin mi permiso -Estrella Negra no hizo ni un movimiento al oír esto, pero el Amo de Redlam advirtió un brillo peligroso en sus ojos-. He estado pensando, estos días, mientras buscábamos a esa linda parejita. Y creo que la historia que nos contaste tiene algunas... incoherencias. Por no decir que es un embuste de principio a fin. Muchacho, ¿de verdad crees que somos tan estúpidos? ¿Una chica medio muerta de miedo consiguió matar al Capitán de mi guardia, encontrar ella sola el camino a las mazmorras y rescatar al ardiés? ¿Sin la ayuda de alguien que conociera el castillo, de alguien interesado en deshacerse de un rival, o que no quería que el prisionero continuara siéndolo? ¿De veras creías que alguien con algo más que aire dentro de la cabeza iba a creerse semejante historia?
-No comprendo a dónde quieres ir a parar, mi señor.
-Y yo no comprendo ese empeño tuyo en seguir llevando tu máscara. Las máscaras no son tan seguras como parecen, chico. Hay dos cosas que no pueden disimular: la voz y los ojos. Una de las pocas ventajas de una larga existencia es que llegas a ver muchas cosas. Algunas se olvidan, y otras no. Como los ojos de Vidrena de Ardieor. Eran del mismo color que los tuyos -Los colmillos del Amo de Redlam centellearon en una sonrisa-. En realidad, creo que sé por qué lo hiciste. Aunque suene como una broma que lo diga yo, la sangre es más espesa que el agua, ¿verdad, Capitán Aletnor? ¿O prefieres que te llame Farfel?
El Amo de Redlam chasqueó los dedos y la máscara se rompió de parte a parte. Los dos pedazos cayeron al suelo con un siniestro repiqueteo. Como si hubiera sido una señal, dos guardias aparecieron en la puerta.
-Llevadle a las mazmorras.
En el rostro del humano se reflejó un inmenso alivio.
-Bueno, alguna vez tenía que ocurrir.
*****
De una forma o de otra, pensó Garalay, las cosas comenzaban a encajar. Vidrena había recuperado su Sello, su Dama Gris, su espada, su enemiga y un sucedáneo aceptable de Tairwyn. Solo le faltaban su perra y su castillo. Garalay no se sorprendió cuando Gris y Vidrena se reconocieron. Ni siquiera cuando Gris reconoció a Alwaid y hubo que sujetarla para evitar que le mordiera la garganta.
Poco después, mientras cabalgaban lo más deprisa posible hacia Redlam, con Gris trotando al lado de su caballo con ademán orgulloso y mirando de reojo a Alwaid, Vidrena habló de sus planes inmediatos.
-Según el viejo Gaynor, existen tres maneras de apoderarse del típico castillo roquero inexpugnable. La primera es sitiarlo hasta que los defensores se mueran de hambre, pero no tenemos tiempo para eso. La segunda, sobornar a alguien de dentro para que abra las puertas.
Garalay asintió.
-Pero no tenemos nada con qué sobornar a nadie.
-Eso no es del todo cierto. Me tenéis a mí. Alwaid va a capturarme, y acompañada de su fiera escolta de la Fortaleza, se detendrá unos días en Redlam para descansar antes de cruzar las Montañas y entregarme a Zetra. Esa era la tercera manera. Astucia.
-¿Y crees que se lo tragarán?
-Alwaid, querida, nunca subestimes la estupidez de un no-muerto. Soy Dren de Dagmar, y llevo la espada que desea su Señora. Estarán encantados de tragárselo. Y cuando media guarnición esté pudriéndose en el suelo, la otra media estará corriendo para no ser ellos quienes estén allí para dar explicaciones.
-Y entonces rescataremos a Jelwyn.
Vidrena no contestó. Tenía la mirada fija en las montañas, y Garalay supuso que estaría puliendo el plan hasta que quedase perfecto.
-Morj, ve a la retaguardia y diles que se den más prisa. No quiero tardar más de tres días en llegar a ese maldito castillo.
-¿Crees que tenemos alguna probabilidad de conseguirlo? -preguntó Níkelon a Garalay poco después-. ¿Podremos entrar en Redlam?
-Oh, seguro que entraremos. Pero yo de ti no apostaría nada a que saldremos.
Pues estamos apañados, pensó Níkelon. Y de repente las montañas le parecieron mucho más altas. Pero Garalay sonrió como si estuviera leyendo su pensamiento.
-Nikwyn, estás siendo pesimista.
-¿Yo? Tú eres quien no apostaría a que saldremos.
-Bueno, a estas alturas ya deberías saber que yo nunca apuesto -Su sonrisa se volvió casi maligna.- Sería hacer trampa, ¿no crees?
-¿Vas a contármelo alguna vez?
-¿Contarte? ¿El qué?
-Lo de la Cacería -Níkelon sintió cómo ella se envaraba.- Yo te lo cuento todo.
-Pero tú puedes explicarlo. Se te dan mejor las palabras -Níkelon apoyó el dorso de su mano en la frente de Garalay- ¿Qué haces?
-Comprobar que no has tenido una recaída de la Fiebre. Es la primera vez que te oigo reconocer que hago algo mejor que tú.
-No tengo la Fiebre, tontaina, solo... No creo que pueda explicarte lo que sentí, lo que me ocurrió, pero creo que puedo intentar contarte lo que creo que he descubierto. Es Ternoy. Se está muriendo. El Castillo Negro le está matando poco a poco. Se alimenta de su vida como una garrapata. Y Zetra se mantiene viva con el poder del Castillo. ¿Entiendes lo que quiero decir?
-No, pero no importa. Sigue hablando.
-¿Por qué crees que no ha conseguido pasar de Ardieor?
-¿Porque teme el inmenso poder de Galenday?
-Casi aciertas. Imagínatela, la gran bruja, la Emperatriz, la poderosa hechicera inmortal, muerta de miedo en su castillo...
-Eso ha sido una contradicción.
-Oh, déjalo. Lo que quiero decirte es que si no hemos encontrado más habitantes que la gente de los Pantanos, es porque, al menos en esta parte, no hay más. Los ha convertido a todos en monstruos, en trhogol y vampiros, y a saber en qué más. Y Ternoy está muy enfadado.
-Y te lo dijo a ti.
-No me lo dijo. Lo supe -Garalay suspiró-. Me gustaría poder explicártelo, de verdad.
*****
Lajja no había perdido la oportunidad de restregar la captura de Dulyn por las narices de los ardieses. Les había dado hasta el amanecer para decidir si se rendían, y si a esa hora no habían abierto las Puertas, Dulyn sería decapitado ante las mismas murallas, a la vista de todos. Dayra no se había molestado en contestar.
Y Dulyn estaba pasando la noche solo en una tienda rodeada de guardias trhogol, atado a la estaca central, tratando de decidir a quién odiaba más, si a su gemela o a aquella no-humana que le había capturado.
Entonces oyó su voz en la entrada, diciéndoles algo a los trhogol. Y luego, la puerta de la tienda se abrió dejando paso a Lajja de los Pantanos.
-Buenas noches, ¿estás cómodo?
-He estado mejor -Dulyn no pudo resistirse a hacer una demostración de orgullo ardiés-. ¿Cómo está tu pierna?
-Ha estado peor -Lajja sonrió. Una sonrisa de profesional a profesional, pensó Dulyn-. Tuve suerte, podrías haberme hecho mucho daño.
-Y ahora vas a vengarte.
-Será una lástima, un chico tan guapo... Pero si tus amigos no te aprecian lo suficiente como para rendirse, mañana voy a tener que degollarte.
Dulyn no pudo evitar estremecerse. Solo de pensar en el filo de una daga ya comenzaba a dolerle la garganta.
-Pero preferirías no tener que hacerlo.
-Ya puestos a degollar a alguien, hubiera preferido a Jelwyn. A propósito, ¿dónde está?
Dulyn se rió. Aquella mujer debía estar loca. ¿Tenía en sus garras a alguien que podía decirle cuál era el punto débil en las murallas de Comelt (no es que fuera a decírselo, claro, pero aún así, ella podía pensar que podía conseguir que él se lo dijera) y todo lo que le interesaba preguntar era dónde estaba Jelwyn?
-Por mí puede haberse ido al Otro Mundo.
Lajja se agachó ante él. Sus ojos quedaron a la misma altura que los de Dulyn. El ardiés no pudo evitar reparar en que era algo cejijunta.
-Muy oportuno, el Joven Señor. Él se marcha y poco después yo me entero de dónde está el Valle de Katerlain. ¿No te parece un poco extraño?
Dulyn no contestó. Algo muy frío y viscoso acababa de instalarse en la boca de su estómago.
-¿Y no te pareció raro que, a pesar de las muchas veces que Estrella Negra y él se encontraron frente a frente, nunca se mataran el uno al otro? -Lajja sonrió-. Después de todo, conseguimos una Dama Gris...
-Cállate.
-Los hombres son débiles, muchacho. Y más vale servir en el Castillo Negro que reinar en una ciudad y un valle. Por más bonitos que sean. -Lajja se incorporó y le dio una palmadita en la mejilla-. Hasta mañana, Gobernador de Comelt. Espero no tener que degollarte.
Dulyn apretó los labios para no contestar.
No, pensó a solas, perdido ya el sueño para toda la noche. Jelwyn podía ser muchas cosas pero no un traidor. Pero, como había dicho Lajja, habían conseguido a una Dama Gris. Y Dulyn comenzó a recordar. Una mañana en un camino del Círculo de Comelt, cuando Estrella Negra había arrojado a las patas de su caballo lo que luego había resultado ser la espada de Níkelon y se había alejado riéndose, solo para volverse y decirle, desde lo bastante lejos como para que el puñal que él le arrojó no le acertase, que la espada era para Jelwyn. Sus propias palabras en la Sala de la Casa Aletnor, él sí que sabía que tú te habías ido. Lo que me gustaría saber no es a qué estás jugando con ese bastardo enmascarado, sino cuándo terminará, porque algunos empezamos a estar hartos.
Y Jelwyn no había contestado. Jelwyn nunca contestaba cuando le hablaban de Estrella Negra, malditas fueran las almas de los dos. Seguro que en aquel momento se estaban riendo juntos. ¿Qué se podía esperar de alguien que antes de partir sólo se había preocupado de poner a salvo a su Compañía y de darle permiso a su segundo para matarle?
Después de todo, conseguimos una Dama Gris.
Algo frío que rozó su muñeca le hizo respingar.
-Cállate, idiota.
Norwyn. Entre todos los que podían haber ido a rescatarle, tenía que ser aquel paleto de las Tierras Peligrosas con licencia para matarle. Fantástico.
-Esto es por Dayra, ¿entiendes? -murmuró Norwyn mientras terminaba de cortar las ligaduras del otro. Se había pintado la cara y las manos de negro para no ser visto en la oscuridad de la noche y se cubría la cabeza con la capucha. Le tendió una capa a Dulyn.
-¿Te amenazó con cortarte algo que necesitas mucho?
-Sí, la lengua.
Norwyn sonrió y por un breve instante Dulyn sintió que casi podrían haber sido amigos.
-Vámonos de aquí antes de que nos descubran. Esto es un rescate, por si no te has enterado.
Lástima, pensó Dulyn mientras se arrastraba tras el segundo de Jelwyn, escondiéndose en las sombras, quedándose quietos cada vez que se oía algo aunque fuera en el otro extremo del campamento. Habría dado cualquier cosa por ver la cara de Lajja cuando fuera a buscarle a la mañana siguiente.
Horas después, seguía en una ventana de la Torre del Homenaje, mirando hacia el norte.
-¿No vas a dormir?
Dayra. Le había abrazado al verle cruzar la puerta sano y salvo, y luego le había dado tal bofetada que su mejilla aún estaba latiendo. Pero no era eso lo que le había quitado el sueño a Dulyn.
Dayra le apoyó una mano en el hombro. Incluso a través de la ropa, Dulyn sintió lo fría que estaba.
-¿Confías en Jelwyn?
La mano se enfrió más aún.
-¿A qué viene eso ahora?
-¿No te parece raro que se marchara a Ternoy justo antes de que comenzara todo esto? ¿Y que pensara en sacar del Valle a toda su gente?
-No puedes estar hablando en serio.
-¿Y que sea el único de nosotros que ha visto de cerca a Estrella Negra?
-¿Te refieres a cuando intentó matarle?
-Exacto. Intentó. ¿Alguna vez aparte de esa le has visto no conseguir algo?
-Mira, ya sé que no os lleváis bien, pero esto es demasiado. ¿En serio estás pensando que él, un Aletnor de Dagmar... el... ¡el hermano de Farfel, por las faldas de Rhaynon!, es un traidor? ¿Qué tendría que ganar con eso?
-¿Todo Ardieor, por ejemplo?
-Será mejor que te acuestes, estás muy alterado.
-Sí, será mejor -Le dio un beso rápido en la mejilla y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de salir, se volvió-. Consiguieron una Dama Gris, ¿recuerdas?
Dayra no contestó. Siguió mirando por la ventana que daba al norte.
-Jelwyn, maldita sea, si no regresas pronto acabaremos todos locos -murmuró.
*****
Habían caminado todo el día. Sin comida, sin agua, sin caballos ni mantas, contra el viento del norte, por unos estrechos senderos llenos de piedrecillas resbaladizas al borde de precipicios cuyo fondo ni un águila hubiera sido capaz de ver si hubiera volado por allí solo para eso.
Encontraron la cueva por pura suerte. Si hubieran pasado un poco más tarde, habría estado más oscuro y no hubieran podido verla. Era apenas una rendija en la pared rocosa, por la que apenas pudieron pasar el cuerpo. En el interior se ensanchaba en una bóveda en la que cabían con comodidad diez o doce personas. En realidad, la cueva era un refugio para las patrullas que recorrían las montañas, pero en la oscuridad ninguno de los dos llegó a ver la leña amontonada en un rincón.
Fuera, arreció el viento. El frío se colaba por la entrada y rezumaba por las paredes. Jelwyn estaba temblando. Briana oía castañetear sus dientes, y se arriesgó a alargar la mano y tocarle la frente. Estaba ardiendo, y al mismo tiempo empapada en sudor. Las heridas se había infectado, y el hambre, la sed y el frío habían hecho el resto. Lo sorprendente era que Jelwyn hubiera aguantado todo el día sin quejarse, y caminando a paso rápido.
-Lo siento, Bri. No debería haberte metido en esto.
Ya se lo había dicho demasiadas veces, y ella ya había tenido bastante con una.
-¿Y qué alternativa teníais? ¿Ahogarme?
Jelwyn intentó reírse, pero le salió una tos.
-Al menos habría sido una muerte rápida.
-¿Cómo es posible que aún no sepáis que prefiero mil muertes horribles a vuestro lado que una vida tranquila con cualquier otro?
Jelwyn se rió en voz baja.
-Yo también te quiero, Bri.
Briana levantó la cabeza, sorprendida. Sabía que era imposible, pero le pareció ver los ojos de Jelwyn brillando en la oscuridad. Y entonces él la besó. No fue un gran beso, desde el punto de vista técnico Estrella Negra lo había hecho mejor. Pero solo el de Jelwyn logró que se olvidase del frío.
Y entonces, él se quedó muy quieto contra ella, y Briana comprendió que aquello había sido una muestra de lo que los ardieses llamaban “sinceridad antes de morir”. Acompañó el cuerpo aún cálido hasta tenderlo en el suelo y comenzó a llorar, sin molestarse en pensar en su dignidad o en la posibilidad de ser descubierta, hasta que se desmayó.
Como si hubiera estado esperando aquel momento, una puerta de luz se abrió en la cueva, justo ante los dos cuerpos. Una niña que solo lo era de aspecto y una mujer de ojos de oro y cabellos de plata aparecieron en el umbral.
-Esto va contra todas las normas, Señora.
-¿Desde cuándo te importan tanto las normas?
-Señora, hasta una dea ex machina tiene que respetar alguna norma. Imagínate que alguien cuenta esta historia dentro de algunos años. ¿Piensas que sus oyentes le creerán?
-Se creen cosas más raras -La niña se arrodilló al lado de Jelwyn. -Hemos llegado a tiempo, aún esta vivo.
-La verosimilitud narrativa...
-Dinel, haz el favor de callarte.
Dinel suspiró y puso los ojos en blanco. La niña apoyó sus manos en las frentes de los dos humanos, y poco después, los cuatro desaparecieron de la cueva.

Y aquí llega un pequeño problemilla, porque aquí es donde llegué a un "atasco". Mis lectores (los siete) tendrán que tener paciencia, pues solo tengo unas pocas páginas más escritas y no sé si podré actualizar todas las semanas, aunque lo intentaré.
En principio, hasta la semana que viene.