Resumen del Capítulo 3, y Capítulo 4
La semana pasada: Vidrena anunció sus intenciones a Zetra, Jelwyn y Briana salieron de exploración por Branglyn y Garalay tuvo otra discusión familiar.
CAPÍTULO 4
El mal gusto en Ternoy era como una epidemia, pensó Vidrena. ¿Aquella gente nunca se cansaba del rojo y negro? Además, ¿para qué quería un vampiro una cama con dosel y cortinajes? ¿Acaso no dormían en sus féretros?
Había una jarra sobre una cómoda. Vidrena la olió con mucho cuidado. Era vino, y no parecía contener ninguna otra sustancia. Se preguntó para qué lo utilizaría el Amo de Redlam. Para emborrachar a su comida, supuso. No había ni rastro de vaso, de modo que Vidrena bebió de la jarra. Un poco de vino se le derramó por las comisuras de la boca y tuvo que limpiárselo con la manga, a falta de otra cosa.
-Tredac -murmuró.
Y bebió otro sorbo. Después del día que había pasado, tenía ganas de emborracharse.
Casi no oyó la llamada a la puerta, a pesar de que había estado esperándola.
-Está abierto.
El vino le había calentado el estómago y las mejillas. Sentía la piel de la cara entumecida.
Farfel entró como esperando una emboscada.
-Adelante, querido, siéntate y desahoga tu conciencia.
-¿Cómo dices?
-A eso has venido, ¿no?
-Hay otros motivos para ir a la habitación de una dama en plena noche.
-¿A la de tu tatarabuela? Muy halagador, pero no me lo creo.
-Podría haber venido a matarte.
Vidrena se rió.
-Hazle caso a una experta, muchacho: los asesinos no llaman a la puerta -le tendió la jarra-. ¿Quieres vino?
Él tomó la jarra y la sospesó.
-¿Has dejado bastante para mojarme la lengua? -Vidrena respondió con una peligrosa elevación de ceja.- Señora, comprendo que pienses mal de mí...
-La verdad es que no sé qué pensar. No te encontré en términos muy amistosos con la guarnición de aquí. Pero si he interpretado bien las poco sutiles alusiones de Alwaid, sí que eras muy buen amigo suyo.
-Señora, no soy un traidor, si es eso lo que estás tratando de preguntarme.
-Muy bien, Capitán Farfel, Estrella Negra o quien demonios seas. Si no eres un traidor, ¿qué eres?
Farfel se terminó la jarra de un solo trago antes de contestar.
-¿Me creerás si te digo que soy un espía?
-¿Al servicio de quién?
-¿No es evidente?
-¿Siempre contestas a una pregunta con otra?
-¿Y tú?
-¿Vas a hablar antes de que amanezca? Comienza a dolerme la cabeza.
Farfel iba a decirle que allí no amanecía nunca, pero por una vez prefirió olvidar la verdad literal. Rebañó una última gota de vino antes de contestar.
-Jelwyn lo planeó todo. Un día le dio un ataque de patriotismo barato y decidió reconquistar Dagmar costase lo que costase. Creo que yo dije algo como: "Sería una buena idea meter un espía ahí dentro". Y él contestó: "Nos hace falta algo más que una buena idea". Y unos días después, apareció con el Plan.
-A ver si lo adivino: uno de vosotros fingía cambiar de bando y luego se dedicaba a informar al otro de todos los movimientos del enemigo.
-Nunca subestimes la locura de un ardiés. El plan de Jelwyn consistía nada menos que en que mis informes convencieran a Alwaid de invadir el Valle de Katerlain para capturar a todos sus habitantes, y luego tomar Dagmar desde dentro.
-Magnífico plan. ¿Y cómo ibais a defenderla?
-Los problemas uno a uno.
-Bonita manera de morir.
-Estaba funcionando hasta el incidente con Artdia Comelt. Si lo hubiera sabido antes, se lo habría contado a Jelwyn, pero había sido idea de Alwaid y a ella no le gusta compartir la gloria. Zetra se enfadó mucho cuando todo se fue al traste, y como Alwaid no había querido compartir la gloria, no pudo compartir el fracaso. Ya sabes cómo es Zetra cuando se enfada.
-Tengo una ligera idea.
-Creo que fue entonces cuando me descubrieron de verdad, lo de enviarme aquí solo fue para divertirse un rato conmigo.
-¿Y qué piensas hacer, ahora que ya no tienes empleo como espía?
- No tengo más remedio que acompañarte. No puedo quedarme aquí ni volver a Ardieor, y no se me ocurre ningún otro sitio adonde ir.
-¿Puedo confiar en ti?
-Te he jurado lealtad y te seré fiel mientras pueda, pero aún tengo una misión que cumplir, y si es preciso traicionarte para cumplirla, lo haré.
-Conque puedo confiar en ti hasta que encuentres la forma de volver a Ardieor para seguir espiando, o conquistar Dagmar tú solo. Y puedo confiar en Alwaid hasta que llegue al Castillo Negro y me las vea con Zetra. Menos mal que aún tengo mi espada, mi perra y mi Lym.
-Solo te pido que no le cuentes nada a Garalay.
-¿Quieres que tu hermana siga pensando que eres un traidor?
-¡Es preciso! Si ella se lo cree, Alwaid también se lo creerá. Y necesito que Alwaid se lo crea.
-Podrías pedirle que fingiera.
-No sabe.
-Está bien, te doy mi palabra de que no le contaré nada a Lym Dagmar.
Farfel se inclinó en una reverencia.
-Gracias.
-Solo por curiosidad. ¿Lo tuyo con Alwaid forma parte de tu trabajo de espía o es un asunto personal?
-Soy un chico facilón, mi Señora. Unas piernas largas, una cintura fina y un buen par de... -Vidrena carraspeó con elocuente energía. Farfel se corrigió a media palabra- ojos azules, y estoy perdido.
-¡Pero ella está muerta! ¡Y tiene mi edad, por las faldas de Rhaynon!
Farfel movió la cabeza como desaprobando lo que acababa de oír.
-No creía que fueras tan intolerante, abuelita.
La puerta se cerró tras él muy despacio. Vidrena se dejó caer en la cama y miró el dosel. Rojo sangre. Se preguntó por qué no le extrañaba.
-¿Quién me mandaba a mí despertarme?
Había una jarra sobre una cómoda. Vidrena la olió con mucho cuidado. Era vino, y no parecía contener ninguna otra sustancia. Se preguntó para qué lo utilizaría el Amo de Redlam. Para emborrachar a su comida, supuso. No había ni rastro de vaso, de modo que Vidrena bebió de la jarra. Un poco de vino se le derramó por las comisuras de la boca y tuvo que limpiárselo con la manga, a falta de otra cosa.
-Tredac -murmuró.
Y bebió otro sorbo. Después del día que había pasado, tenía ganas de emborracharse.
Casi no oyó la llamada a la puerta, a pesar de que había estado esperándola.
-Está abierto.
El vino le había calentado el estómago y las mejillas. Sentía la piel de la cara entumecida.
Farfel entró como esperando una emboscada.
-Adelante, querido, siéntate y desahoga tu conciencia.
-¿Cómo dices?
-A eso has venido, ¿no?
-Hay otros motivos para ir a la habitación de una dama en plena noche.
-¿A la de tu tatarabuela? Muy halagador, pero no me lo creo.
-Podría haber venido a matarte.
Vidrena se rió.
-Hazle caso a una experta, muchacho: los asesinos no llaman a la puerta -le tendió la jarra-. ¿Quieres vino?
Él tomó la jarra y la sospesó.
-¿Has dejado bastante para mojarme la lengua? -Vidrena respondió con una peligrosa elevación de ceja.- Señora, comprendo que pienses mal de mí...
-La verdad es que no sé qué pensar. No te encontré en términos muy amistosos con la guarnición de aquí. Pero si he interpretado bien las poco sutiles alusiones de Alwaid, sí que eras muy buen amigo suyo.
-Señora, no soy un traidor, si es eso lo que estás tratando de preguntarme.
-Muy bien, Capitán Farfel, Estrella Negra o quien demonios seas. Si no eres un traidor, ¿qué eres?
Farfel se terminó la jarra de un solo trago antes de contestar.
-¿Me creerás si te digo que soy un espía?
-¿Al servicio de quién?
-¿No es evidente?
-¿Siempre contestas a una pregunta con otra?
-¿Y tú?
-¿Vas a hablar antes de que amanezca? Comienza a dolerme la cabeza.
Farfel iba a decirle que allí no amanecía nunca, pero por una vez prefirió olvidar la verdad literal. Rebañó una última gota de vino antes de contestar.
-Jelwyn lo planeó todo. Un día le dio un ataque de patriotismo barato y decidió reconquistar Dagmar costase lo que costase. Creo que yo dije algo como: "Sería una buena idea meter un espía ahí dentro". Y él contestó: "Nos hace falta algo más que una buena idea". Y unos días después, apareció con el Plan.
-A ver si lo adivino: uno de vosotros fingía cambiar de bando y luego se dedicaba a informar al otro de todos los movimientos del enemigo.
-Nunca subestimes la locura de un ardiés. El plan de Jelwyn consistía nada menos que en que mis informes convencieran a Alwaid de invadir el Valle de Katerlain para capturar a todos sus habitantes, y luego tomar Dagmar desde dentro.
-Magnífico plan. ¿Y cómo ibais a defenderla?
-Los problemas uno a uno.
-Bonita manera de morir.
-Estaba funcionando hasta el incidente con Artdia Comelt. Si lo hubiera sabido antes, se lo habría contado a Jelwyn, pero había sido idea de Alwaid y a ella no le gusta compartir la gloria. Zetra se enfadó mucho cuando todo se fue al traste, y como Alwaid no había querido compartir la gloria, no pudo compartir el fracaso. Ya sabes cómo es Zetra cuando se enfada.
-Tengo una ligera idea.
-Creo que fue entonces cuando me descubrieron de verdad, lo de enviarme aquí solo fue para divertirse un rato conmigo.
-¿Y qué piensas hacer, ahora que ya no tienes empleo como espía?
- No tengo más remedio que acompañarte. No puedo quedarme aquí ni volver a Ardieor, y no se me ocurre ningún otro sitio adonde ir.
-¿Puedo confiar en ti?
-Te he jurado lealtad y te seré fiel mientras pueda, pero aún tengo una misión que cumplir, y si es preciso traicionarte para cumplirla, lo haré.
-Conque puedo confiar en ti hasta que encuentres la forma de volver a Ardieor para seguir espiando, o conquistar Dagmar tú solo. Y puedo confiar en Alwaid hasta que llegue al Castillo Negro y me las vea con Zetra. Menos mal que aún tengo mi espada, mi perra y mi Lym.
-Solo te pido que no le cuentes nada a Garalay.
-¿Quieres que tu hermana siga pensando que eres un traidor?
-¡Es preciso! Si ella se lo cree, Alwaid también se lo creerá. Y necesito que Alwaid se lo crea.
-Podrías pedirle que fingiera.
-No sabe.
-Está bien, te doy mi palabra de que no le contaré nada a Lym Dagmar.
Farfel se inclinó en una reverencia.
-Gracias.
-Solo por curiosidad. ¿Lo tuyo con Alwaid forma parte de tu trabajo de espía o es un asunto personal?
-Soy un chico facilón, mi Señora. Unas piernas largas, una cintura fina y un buen par de... -Vidrena carraspeó con elocuente energía. Farfel se corrigió a media palabra- ojos azules, y estoy perdido.
-¡Pero ella está muerta! ¡Y tiene mi edad, por las faldas de Rhaynon!
Farfel movió la cabeza como desaprobando lo que acababa de oír.
-No creía que fueras tan intolerante, abuelita.
La puerta se cerró tras él muy despacio. Vidrena se dejó caer en la cama y miró el dosel. Rojo sangre. Se preguntó por qué no le extrañaba.
-¿Quién me mandaba a mí despertarme?
*****
Era el hombre más guapo que Briana había visto en su vida. Su sonrisa era muy simpática, y sus modales impecables. La trataba con la misma cortés naturalidad que lo había hecho Níkelon. Era casi el hombre perfecto.
Y hacía cien años que había muerto.
-Te ofrecería avellanas, pero cada vez que lo hago ocurre algo.
Briana no pudo contener una risita nerviosa. Para disimular, alargó la mano y tomó una manzana de la bandeja.
-Tienes mi permiso para respirar, Capitán –le dijo el joven a Jelwyn.
-Aún no estoy seguro de poder hacerlo.
Tairwyn Lym-Dayra Tadenor, Capitán de la Guarnición de Dagmar, y por un breve par de años Señor de Ardieor, rió entre dientes.
-Lo entiendo. No todos los días conoce uno a su tatarabuelo.
-¿Y qué estás haciendo aquí? Se supone que estabas en el Mudo Borroso, velando el sueño eterno de Vidrena.
-Oh, sí, lo estaba. Pero ya que ella me ha abandonado, creo que tengo derecho a tomarme un descanso.
-¿Abandonado?
-Alguien vino y se la llevó. Una damita encantadora. Le ordenó despertarse, le puso un anillo en el dedo, le soltó un discurso diciendo no se qué historias de la patria en peligro y salvar el mundo, y… -Tairwyn chasqueó los dedos- Cuando me quise dar cuenta, me habían dejado solo en medio de la niebla y se habían largado a buscar a Wirda. Ya debería estar acostumbrado –añadió, con un ligero suspiro-. Si algo sabía hacer Dren era abandonarme. Y si algo sé hacer yo bien, es esperar a que vuelva.
Jelwyn había palidecido.
-Una damita…
-Una lym, para ser exactos. Ahora que lo pienso, se parecía mucho a ti. Me dijo que se llamaba…
-Dag.
-Garalay, en realidad.
-Así que para eso quería el Sello.
Jelwyn sonreía como si le hubieran quitado de encima el peso de un castillo. Con una carcajada, se apoderó de un puñado de avellanas.
Sí, pensó Briana, iban a ser unos días muy divertidos.
Y hacía cien años que había muerto.
-Te ofrecería avellanas, pero cada vez que lo hago ocurre algo.
Briana no pudo contener una risita nerviosa. Para disimular, alargó la mano y tomó una manzana de la bandeja.
-Tienes mi permiso para respirar, Capitán –le dijo el joven a Jelwyn.
-Aún no estoy seguro de poder hacerlo.
Tairwyn Lym-Dayra Tadenor, Capitán de la Guarnición de Dagmar, y por un breve par de años Señor de Ardieor, rió entre dientes.
-Lo entiendo. No todos los días conoce uno a su tatarabuelo.
-¿Y qué estás haciendo aquí? Se supone que estabas en el Mudo Borroso, velando el sueño eterno de Vidrena.
-Oh, sí, lo estaba. Pero ya que ella me ha abandonado, creo que tengo derecho a tomarme un descanso.
-¿Abandonado?
-Alguien vino y se la llevó. Una damita encantadora. Le ordenó despertarse, le puso un anillo en el dedo, le soltó un discurso diciendo no se qué historias de la patria en peligro y salvar el mundo, y… -Tairwyn chasqueó los dedos- Cuando me quise dar cuenta, me habían dejado solo en medio de la niebla y se habían largado a buscar a Wirda. Ya debería estar acostumbrado –añadió, con un ligero suspiro-. Si algo sabía hacer Dren era abandonarme. Y si algo sé hacer yo bien, es esperar a que vuelva.
Jelwyn había palidecido.
-Una damita…
-Una lym, para ser exactos. Ahora que lo pienso, se parecía mucho a ti. Me dijo que se llamaba…
-Dag.
-Garalay, en realidad.
-Así que para eso quería el Sello.
Jelwyn sonreía como si le hubieran quitado de encima el peso de un castillo. Con una carcajada, se apoderó de un puñado de avellanas.
Sí, pensó Briana, iban a ser unos días muy divertidos.
*****
-Y dime, amor mío, ¿me has sido fiel?
Farfel volvió la cabeza en la almohada y sonrió a Alwaid. Ella le había atrapado la noche anterior, cuando regresaba de hablar con Vidrena, le había dado un buen mordisco y, después de murmurar: “mejor que el vino”, le había arrastrado al dormitorio más cercano para celebrar el reencuentro.
-¿En un castillo lleno de hombres muertos y feos? ¿Cómo podría no haberlo sido?
Alwaid trató de levantar la ceja. Tantos años y aún no lo conseguía, pensó él, divertido.
-¿Quieres decir que si hubieran sido mujeres guapas y vivas…?
-Mi fidelidad habría tenido mucho más mérito. No te creía tan insegura, mi señora.- En Ardieor había quinceañeras desgarbadas con más seguridad en si mismas en la uña del meñique que Alwaid en todo su centenario (aunque había que reconocer que muy hermoso) cuerpo- ¿Y tú? ¿Me has sido infiel con alguno de esos guapos jovencitos de los Pantanos?
-¿Con la dulce Dren todo el tiempo vigilándome? ¡Imposible!
-¿Intentas darme celos, preciosidad?
-¿Lo estoy consiguiendo?
“Ni de lejos”, pensó él, pero decidió responder con una mirada que esperaba que ella intepretase a su gusto. Con un poco de suerte, dejaría de hablar de tonterías. Pero ella no iba a rendirse.
-¿Ni siquiera con esa jovencita de Dagmar?
Él tardó unos instantes en recordar a qué venía aquella pregunta.
-¿Y qué sabes tú de eso?
-He oído lo que se cuenta en el castillo.
-No tengo por qué darte explicaciones, mi señora, pero la jovencita tenía dos graves inconvenientes.
-¿En serio? ¿Cuáles?
-Primero, que no eres tú.
-Mentiroso. Tienes suerte de que sea una sentimental. ¿Y el otro?
-Que la muy idiota está enamorada de mi hermano.
Como todas las que hubo antes que ella, malditas sean.
-La familia puede llegar a ser un inconveniente.
-Y hablando de familia, ¿qué estás haciendo con Dren?
Alwaid resopló.
-¿Y tú?
-No esperarás que me quede a arder con este maldito castillo. Además, tú te vas con ella, ¿no?
-¿Y qué otra cosa puedo hacer? Está empeñada en matar a Zetra.
-¿Y pretendes impedírselo?
-Sí.
-¿Por qué?
-¿Cómo que por qué?
-Desde el principio, tu queridísima mamá te ha estado tratando como… como a un arma, o a un caballo. Peor aún, porque a mí no se me ocurriría arrojar a mi caballo a un calabozo y azotarle sin motivo.
-No fue…
-Fue por el mismo motivo que los cien años anteriores. ¿Por qué ahora y no antes?
Alwaid miró al dosel. Tenía el ceño fruncido, en el inconfundible gesto de alguien que piensa con todas sus fuerzas.
-Dren. –Se volvió hacia él con una sonrisa triunfal- ¡Ella sabía que Dren iba a volver!
Farfel resopló.
Dagmar estaba cada vez más lejos, y, estuviera donde estuviera Jelwyn, si quería seguir adelante con el Plan, tendría que buscarse a otra persona para abrir las puertas del castillo.
A no ser que él tuviera otra de sus brillantes ideas.
Farfel volvió la cabeza en la almohada y sonrió a Alwaid. Ella le había atrapado la noche anterior, cuando regresaba de hablar con Vidrena, le había dado un buen mordisco y, después de murmurar: “mejor que el vino”, le había arrastrado al dormitorio más cercano para celebrar el reencuentro.
-¿En un castillo lleno de hombres muertos y feos? ¿Cómo podría no haberlo sido?
Alwaid trató de levantar la ceja. Tantos años y aún no lo conseguía, pensó él, divertido.
-¿Quieres decir que si hubieran sido mujeres guapas y vivas…?
-Mi fidelidad habría tenido mucho más mérito. No te creía tan insegura, mi señora.- En Ardieor había quinceañeras desgarbadas con más seguridad en si mismas en la uña del meñique que Alwaid en todo su centenario (aunque había que reconocer que muy hermoso) cuerpo- ¿Y tú? ¿Me has sido infiel con alguno de esos guapos jovencitos de los Pantanos?
-¿Con la dulce Dren todo el tiempo vigilándome? ¡Imposible!
-¿Intentas darme celos, preciosidad?
-¿Lo estoy consiguiendo?
“Ni de lejos”, pensó él, pero decidió responder con una mirada que esperaba que ella intepretase a su gusto. Con un poco de suerte, dejaría de hablar de tonterías. Pero ella no iba a rendirse.
-¿Ni siquiera con esa jovencita de Dagmar?
Él tardó unos instantes en recordar a qué venía aquella pregunta.
-¿Y qué sabes tú de eso?
-He oído lo que se cuenta en el castillo.
-No tengo por qué darte explicaciones, mi señora, pero la jovencita tenía dos graves inconvenientes.
-¿En serio? ¿Cuáles?
-Primero, que no eres tú.
-Mentiroso. Tienes suerte de que sea una sentimental. ¿Y el otro?
-Que la muy idiota está enamorada de mi hermano.
Como todas las que hubo antes que ella, malditas sean.
-La familia puede llegar a ser un inconveniente.
-Y hablando de familia, ¿qué estás haciendo con Dren?
Alwaid resopló.
-¿Y tú?
-No esperarás que me quede a arder con este maldito castillo. Además, tú te vas con ella, ¿no?
-¿Y qué otra cosa puedo hacer? Está empeñada en matar a Zetra.
-¿Y pretendes impedírselo?
-Sí.
-¿Por qué?
-¿Cómo que por qué?
-Desde el principio, tu queridísima mamá te ha estado tratando como… como a un arma, o a un caballo. Peor aún, porque a mí no se me ocurriría arrojar a mi caballo a un calabozo y azotarle sin motivo.
-No fue…
-Fue por el mismo motivo que los cien años anteriores. ¿Por qué ahora y no antes?
Alwaid miró al dosel. Tenía el ceño fruncido, en el inconfundible gesto de alguien que piensa con todas sus fuerzas.
-Dren. –Se volvió hacia él con una sonrisa triunfal- ¡Ella sabía que Dren iba a volver!
Farfel resopló.
Dagmar estaba cada vez más lejos, y, estuviera donde estuviera Jelwyn, si quería seguir adelante con el Plan, tendría que buscarse a otra persona para abrir las puertas del castillo.
A no ser que él tuviera otra de sus brillantes ideas.
*****
Redlam ardía.
Unas cuantas antorchas aplicadas en los lugares oportunos habían convertido el segundo castillo más tenebroso de Ternoy en aquella pira desafiante al borde del abismo.
Garalay miró de reojo a Vidrena. La Señora de Ardieor parecía estar deseando que Zetra pudiera verlo desde donde estuviera en aquel momento. Sus ojos, más que brillar, chisporroteaban. Y luego se volvió hacia sus acompañantes y dio la orden de marcha.
Garalay dirigió una última mirada al castillo en llamas y a las bestias voladoras que se alejaban de él. Le había costado un buen rato convencer a Vidrena de que aquellos seres no eran más que animales y no merecían morir. Aún no estaba segura de que Vidrena considerara una buena idea liberarles, pero al menos los pobres bichos tendrían una oportunidad. Ellos no tenían la culpa de ser feos.
-Cuéntamelo.
Casi no se había dado cuenta de que Níkelon cabalgaba a su lado. Se volvió a mirarle, y sujetó con más fuerza las riendas para no ceder a la tentación de alargar la mano y tratar de arreglarle el pelo.
-¿Qué quieres que te cuente?
-No sé, lo que estés pensando. Tú siempre insistes en que yo te cuente cosas.
-¿Y esto es una especie de venganza por ello?
-Creía que lo necesitabas.
Por un momento, Garalay pensó en contestarle con alguna insolencia para irritarle y que se alejase de ella. Pero se lo pensó mejor.
-He soñado con Jelwyn –dijo entre dientes. Níkelon no contestó.- Estaba en medio de una tormenta y cuándo le pregunté qué hacía allí me dijo que él era la tormenta.
-Sí, era él. Solo conozco a otra persona capaz de decir algo como eso.
Ella le miró con el ceño fruncido.
-No tiene gracia – Pero él la estaba mirando de una forma que la hizo sonreír a pesar de si misma. Garalay trató de no carraspear antes de decirle: -Siento lo de anoche. No tendría que haberte llamado rata.
-Me han llamado cosas peores.
-Es que… no descubres todos los días que uno de tus hermanos es un traidor y el otro un mentiroso.
-Al menos yo tengo la ventaja de que no me caen bien.
Garalay sospechaba que aquello no era más que una pose.
-Yo no quería a Jaysa. - ¿Y ahora, por qué le decía aquello?- Sabía que no era más que una manipuladora ambiciosa que había decidido que era muy bonito ser la esposa del Joven Señor de Ardieor, fuera el que fuera de los dos. Se lo dije pero no me creyeron.
-¿Te atreviste a decírselo?
-Pensaba que me creerían.
Níkelon parecía a punto de soltar una carcajada.
-Jovencita, si alguien viniera a decirme eso de ti, le cortaría la lengua y se la haría tragar.
-¿Nos disculpas un momento, Nikwyn? -Garalay ocultó una carcajada ante la cara de sorpresa de Níkelon. Ninguno de los dos había oído llegar a Vidrena-. Tengo que hablar con mi lym.
Níkelon inclinó la cabeza y trotó hasta la cabeza de la marcha.
-Bueno, Lym, creo que tenemos que hablar de lo que pasó anoche.
-Anoche pasaron unas cuantas cosas, mi señora.
-Está visto que voy a tener que hablarte claro. Muy bien. No quiero más tonterías. No espero que caigas en los brazos de Farfel lloriqueando de emoción, pero sí un poco de buenos modales. Tú no vas a volver a llamarle traidor y a cambio él no te llamará bruja. Vuestra relación será al menos educada, si no vais a ser amigos.
-¿Y si no?
-Esto es una orden, Lym. No existe la posibilidad del “no”. ¿Ha quedado claro?- Garalay asintió.- Muy bien.
Garalay la vio alejarse a su posición inicial, con los puños apretados hasta que las uñas le hicieron daño.
Hasta la semana que viene, aunque no esperéis gran cosa, porque los capítulos que tenía escritos ya se han acabado...
Unas cuantas antorchas aplicadas en los lugares oportunos habían convertido el segundo castillo más tenebroso de Ternoy en aquella pira desafiante al borde del abismo.
Garalay miró de reojo a Vidrena. La Señora de Ardieor parecía estar deseando que Zetra pudiera verlo desde donde estuviera en aquel momento. Sus ojos, más que brillar, chisporroteaban. Y luego se volvió hacia sus acompañantes y dio la orden de marcha.
Garalay dirigió una última mirada al castillo en llamas y a las bestias voladoras que se alejaban de él. Le había costado un buen rato convencer a Vidrena de que aquellos seres no eran más que animales y no merecían morir. Aún no estaba segura de que Vidrena considerara una buena idea liberarles, pero al menos los pobres bichos tendrían una oportunidad. Ellos no tenían la culpa de ser feos.
-Cuéntamelo.
Casi no se había dado cuenta de que Níkelon cabalgaba a su lado. Se volvió a mirarle, y sujetó con más fuerza las riendas para no ceder a la tentación de alargar la mano y tratar de arreglarle el pelo.
-¿Qué quieres que te cuente?
-No sé, lo que estés pensando. Tú siempre insistes en que yo te cuente cosas.
-¿Y esto es una especie de venganza por ello?
-Creía que lo necesitabas.
Por un momento, Garalay pensó en contestarle con alguna insolencia para irritarle y que se alejase de ella. Pero se lo pensó mejor.
-He soñado con Jelwyn –dijo entre dientes. Níkelon no contestó.- Estaba en medio de una tormenta y cuándo le pregunté qué hacía allí me dijo que él era la tormenta.
-Sí, era él. Solo conozco a otra persona capaz de decir algo como eso.
Ella le miró con el ceño fruncido.
-No tiene gracia – Pero él la estaba mirando de una forma que la hizo sonreír a pesar de si misma. Garalay trató de no carraspear antes de decirle: -Siento lo de anoche. No tendría que haberte llamado rata.
-Me han llamado cosas peores.
-Es que… no descubres todos los días que uno de tus hermanos es un traidor y el otro un mentiroso.
-Al menos yo tengo la ventaja de que no me caen bien.
Garalay sospechaba que aquello no era más que una pose.
-Yo no quería a Jaysa. - ¿Y ahora, por qué le decía aquello?- Sabía que no era más que una manipuladora ambiciosa que había decidido que era muy bonito ser la esposa del Joven Señor de Ardieor, fuera el que fuera de los dos. Se lo dije pero no me creyeron.
-¿Te atreviste a decírselo?
-Pensaba que me creerían.
Níkelon parecía a punto de soltar una carcajada.
-Jovencita, si alguien viniera a decirme eso de ti, le cortaría la lengua y se la haría tragar.
-¿Nos disculpas un momento, Nikwyn? -Garalay ocultó una carcajada ante la cara de sorpresa de Níkelon. Ninguno de los dos había oído llegar a Vidrena-. Tengo que hablar con mi lym.
Níkelon inclinó la cabeza y trotó hasta la cabeza de la marcha.
-Bueno, Lym, creo que tenemos que hablar de lo que pasó anoche.
-Anoche pasaron unas cuantas cosas, mi señora.
-Está visto que voy a tener que hablarte claro. Muy bien. No quiero más tonterías. No espero que caigas en los brazos de Farfel lloriqueando de emoción, pero sí un poco de buenos modales. Tú no vas a volver a llamarle traidor y a cambio él no te llamará bruja. Vuestra relación será al menos educada, si no vais a ser amigos.
-¿Y si no?
-Esto es una orden, Lym. No existe la posibilidad del “no”. ¿Ha quedado claro?- Garalay asintió.- Muy bien.
Garalay la vio alejarse a su posición inicial, con los puños apretados hasta que las uñas le hicieron daño.
Hasta la semana que viene, aunque no esperéis gran cosa, porque los capítulos que tenía escritos ya se han acabado...
