Monday, January 02, 2006

Resumen del Capítulo 5, y Capítulo 6

Qué está pasando: Níkelon ha pasado una mañana animadita. Ha conocido a la encantadora Layda, ha desayunado con las Damas Grises, le han preguntado si quiere ser Emperador de Ternoy y le han dicho lo que tendrá que hacer para serlo... Y el día no ha terminado.


CAPÍTULO 6
Y entonces la vi, y supe que no desearía ver otra cosa el resto de mi vida (Arnthorn el Intrépido)

Las hojas de los viejos árboles coloreaban de un verde claro y transparente los rayos del sol. Insectos de todas las clases pasaban zumbando, saltando o arrastrándose por delante o al lado de Níkelon, un verdecillo gorjeaba en alguna rama cercana y en un par de ocasiones le pareció divisar el rojo fugaz de una ardilla. El bosque entero parecía burlarse de él, y sobre todo la esbelta figura gris que le precedía, ágil como una loba y silenciosa como una gata.
Le estaba conduciendo por un estrecho sendero que hasta las cabras debían considerar intransitable, lleno de altibajos, tierra suelta y troncos atravesados. Hasta ella debía considerarlo impracticable, ya que no se molestó en volverse para hablarle.
-Quieren hablar de mí. Por eso me han mandado que te acompañe.
-No recuerdo haber oído que te ordenaran acompañarme por el camino equivocado.
-Yo nunca me equivoco de camino. Cuidado con esa rama.
Níkelon se agachó a tiempo de evitar que una rama baja de pino le sacase un ojo. El trino del verdecillo (¿o sería un jilguero?) se pareció de forma sospechosa a una carcajada.
-Entonces, ¿adónde vamos?
-Al Lago. Cuidado ahora, esto resbala.
Algunas piedrecillas resbalaron bajo los pies de Níkelon. Tuvo que agarrarse a una rama para no caer, y se le llenó la mano de resina. Garalay ni se molestó en preguntarle si se había hecho daño.
No había el menor rastro de que alguien hubiera pasado por allí en los últimos cien años. Níkelon dio un brusco tirón para librarse de una zarza impertinente y siguió tras ella.
Era inútil preguntarle nada. Garalay parecía dispuesta a internarse en lo más espeso del bosque y quizás abandonarle allí para que se lo merendasen los lobos que pudieran andar por las proximidades. Níkelon se regodeó pensando en la posibilidad de que en realidad lo único que quisieran de él fuera convertirle en la víctima de un sacrificio. Su imaginación había llegado a una parte muy interesante del ritual cuando Garalay se volvió a hablarle.
-Hemos llegado.
Habían llegado a una pequeña bahía resguardada del resto del Lago de tal forma que parecía un pequeño lago independiente. Garalay lanzó un silbido con los dedos que le dejó medio sordo. Pero lo que ocurrió a continuación le hizo olvidarse de protestar por ello.
El agua burbujeó, y una cabeza cubierta de espuma emergió de ella, pegada a un cuello blanco y delgado, a su vez pegado a los hombros lechosos de un cuerpo cubierto apenas por un lienzo del mismo color.
-¿Por qué siempre tienes que invocarme cuando estoy en el baño? -Su voz repiqueteaba como gotas de agua sobre una roca.
-Nikwyn, te presento a Arlina, la Dama del Lago.
Al reparar en la presencia de Níkelon, Arlina se ruborizó, dijo «glups», volvió a sumergirse y reapareció antes de que él tuviera tiempo de parpadear, ya vestida con la consabida túnica de gasa verde, el rubio cabello suelto por los hombros hasta casi las rodillas y una diadema de plata, en cuyo centro destellaba algo que parecía un diamante, ciñendo su frente.
-Me alegro de conocerte, sobrino. ¡Es cierto, se parece muchísimo a Hildwyn! -No había forma de saber si aquello era una especie de cumplido o una simple constatación. Por si acaso, Níkelon dio las gracias y Arlina se rió-. Oh, de nada.
-Solo por curiosidad, Arlina. ¿Por qué te bañas tanto? Alguien que vive en el agua debería estar siempre limpia.
-Bonita, si supieras lo babosos que son los peces de agua dulce y la clase de cosas viscosas que hay ahí abajo...
-Podrías haber sido sirena -se oyó decir Níkelon, sin terminar de creerse lo que estaba diciendo y con qué... no, con quién estaba hablando
Arlina negó con la cabeza, horrorizada.
-¿Es que no sabes los estragos que producen el sol y el agua salada en la piel y el cabello? -Clavó su mirada color turquesa en Garalay- ¿Y mi redoma?
-Jelwyn la rompió.
-¡Hombres! Son todos unos manazas. ¿Te sirvió para lo que la querías?
-Muchísimo.
-El miedo y la sugestión siempre dan resultado, ahijada. Bueno, siento tener que dejaros, he de continuar con mi baño. Ya sabéis dónde estoy.
-¿Ahijada?
-Es una vieja historia.
-¿Muy vieja?
Garalay le miró con el ceño fruncido, pero parecía más divertida que enfadada.
-¿Es que nunca tienes bastante?
-Soy un inmenso pozo sin fondo de curiosidad.
Garalay pareció pensárselo.
-¿Por qué no? Mi madre me puso un nombre que no le gustó al resto de la familia, pero a los únicos que se les ocurrió algo para remediarlo fue a mis hermanos. Entraron en la habitación de mis padres mientras dormían, me sacaron de la cuna y me llevaron al bosque con la intención de que alguna Antigua me diera un segundo nombre -Garalay suspiró-. Y encontraron a Arlina y su peculiar sentido del humor. Cuando terminó de reírse de lo que le proponían, les dijo, «de acuerdo, llevará el nombre del primer pájaro que cante... ahora».
-¿Por la noche?
-Sí, podría haber terminado llamándome «Lechuza». Terrible, ¿verdad?
Níkelon trató de recordar qué otro pájaro canta por la noche.
-¿Ruiseñor?
-Petirrojo -Garalay miró en dirección a la cabaña de las Damas Grises-. En estos momentos estarán decidiendo quién sucederá a la Dama Gris de Comelt -murmuró como si hablara sola-. La muy estúpida no se había molestado en elegir una Lym, no sé si pensaría que iba a vivir para siempre o que Ardieor sería derrotado antes de que le hiciera falta.
-Igual no quería testigos de lo que hacía en su Torre.
Garalay le miró con una sonrisa de aprobación.
-Eres muy listo.
-Hago lo que puedo. Si de verdad fuera listo, no estaría aquí.
Ella pareció adivinarle el pensamiento, pero no dijo nada hasta que estaban a medio camino del poblado.
-Dime, Nikwyn, ¿qué te espera en Crinale?
-Si te refieres a una mujer, nada.
-He dicho «qué», no «quién».
-Entonces, ¿me estás preguntando qué quiero ser de mayor?
-Más bien qué vas a ser, quieras o no.
Níkelon trató de no suspirar.
-Por lo que sé, me esperan inocentes entretenimientos juveniles como la cría de perros de caza, el adiestramiento de halcones y tal vez la poesía, hasta que me casen con alguna doncella de buena familia lo bastante tonta para soportar a la mía, y luego una larga vida teniendo hijos y conspirando para hacerme con el trono, si antes no me quitan de en medio o me mandan a alguna fortaleza perdida en las montañas a perseguir bandoleros, existan o no.
Había conseguido decirlo manteniendo la seriedad y sin tener que pararse a respirar. Garalay soltó una carcajada.
-Los legendarios peligros de Crinale.
-De pequeño pensaba en escaparme de palacio y convertirme en cómico o juglar. Pero no se me da bien contar historias, y mi voz es espantosa. Tal vez acabe sirviendo en algún templo. Con suerte, me secuestraría un dios caprichoso para que le llenase la copa por toda la eternidad.
-¿Y preferirías eso a convertirte en Emperador?
-Puede que te parezca raro, pero me gusta estar vivo. Y preferiría estarlo el mayor tiempo posible.
-¡Oh, vamos, no seas remilgado! ¿Has muerto alguna vez?
Él se quedó parado en medio del camino, preguntándose si ella se habría vuelto loca.
-¡Por supuesto que no!
-¿Entonces cómo sabes que no te gustaría?
Le miró con la cabeza ladeada y la ya familiar sonrisa irónica. Níkelon intentó una parecida, y por una vez casi le salió bien.
-Oh, no tengo nada contra la muerte en sí misma, pero tengo entendido que los preliminares no son muy agradables.
-No te preocupes, Nikwyn, nosotras te ayudaremos.
No se lo había creído la primera vez que lo había oído, y seguía sin creérselo. Pero si se lo repetían el suficiente número de veces, igual acababa haciéndolo.
*****
Hacía tiempo que los kashis no se acercaban a Dagmar. Sabían que Alwaid no solía estar interesada en sus mercancías, podía conseguirlas sin pagar en los Pantanos. Pero aquella jovencita que habían capturado en alta mar era lo bastante extraña como para interesarle incluso a Alwaid.
-¿Y decís que estaba dormida?
-Bago los... afectos de un... de aljo para dormir.
-Narcótico -murmuró Estrella Negra en ardiés. La muchacha levantó la mirada, que había mantenido fija en el suelo, y por una fracción de segundo pareció asombrada.
-Sí, de un eso. La... despetamos y decidimos trajerla aquí.
Estrella Negra se dio cuenta de que la muchacha le estaba mirando como si hubiera visto en él un aliado. La observó sin inmutarse. Estaba flaca, pálida y ojerosa, tenía los ojos demasiado grandes, la boca demasiado pequeña y era demasiado bajita para su gusto. Pero su cara era ovalada, con los pómulos un poco salientes y la barbilla redonda, y su largo cabello bermejo, aunque despeinado y no muy limpio, le hizo añorar campos de trigo y días soleados.
-Parece nutritiva. ¿Nos la quedamos, querido?
-¿Desde cuándo necesitas mi permiso para hacer algo?
-Como la estás mirando con tanto interés...
-Sólo intentaba descubrir qué tiene de especial para que estos piratas hayan viajado tanto para vendértela.
Ahora sí que estaba seguro. De alguna manera, aquella muchacha hallada en alta mar entendía el ardiés. Se había ruborizado, y aquellos ojos del color de un cielo nublado, le habían lanzado un buen par de flechas envenenadas.
-La Emperatriz nos encarjó que viguiláramos por si veíamos algún drajón por nuestro territorio. Y que le diguéramos de qué color era.
Así que era eso, pensó Estrella Negra, y a duras penas consiguió no sonreír. Estúpidas profecías.
-Si eso es un dragón, los requisitos han cambiado un poco desde los Viejos Tiempos.
El más alto de los kashis tiró de las cadenas que sujetaban a la joven y la arrastró hasta Alwaid. La muchacha trastabilló pero no llegó a caer, aunque sí chilló cuando las ásperas manos del pirata le subieron la manga derecha del vestido y le giraron la mano para que Alwaid viera su muñeca.
-No creo que la Emperatriz se refiriera a un murciélago rojo tatuado.
-No rejatees, Señora. Si no la quieres la llevaremos al Castillo a ver si la quiere ella.
-¿Y por qué no lo habéis hecho?
El kashi suspiró antes de responder.
-Queremos volver pronto a casa.
Alwaid y Estrella Negra se miraron. En verdad era extraño que los kashis se hubieran alejado tanto de las costas del Mar Occidental, hasta se les veía amarillentos. Zetra debía estar muy interesada en los dragones rojos, vivos o tatuados.
-Es tu dinero.
Alwaid tomó una decisión.
-Nosotros se la entregaremos a Zetra cuando venga.
*****
-¿Dónde te habías metido? -preguntó Jelwyn.
Él y el Señor de Ardieor estaban sentados uno frente al otro, a la sombra de una parra, en el pequeño huerto que había tras la Casa Aletnor, con los codos apoyados en una mesita portátil y la mirada fija en un tablero de ajedrez donde las piezas rojas parecían encontrarse en graves apuros. Layda levantó la mirada de la partida el tiempo justo para sonreír a Níkelon antes de que Jelwyn le mirara a su vez, con los ojos entornados.
-Tenía una... cita hoy, ¿recuerdas?
-¡Ah, ellas! Debería haberlo adivinado por tu mirada de desesperación. Tienes aspecto de necesitar un trago. Layda, trae una silla para Nikwyn.
-¿Por qué yo?
-Porque tu Maestro te lo ordena -Layda se marchó a la Casa, protestando entre dientes, y Jelwyn sirvió una copa de la jarra de vino que tenía a su lado y se lo acercó a Níkelon. Él se lo bebió de un trago.
-¿De dónde habéis sacado vino de Tredac?
-De una caravana de suministros que interceptamos hace un par de meses -contestó el Señor de Ardieor.
-Oh, cielos.
Layda regresó, con su silla y cara de mal humor. Níkelon prefirió hacer como si no se diera cuenta de que la niña le había golpeado las pantorrillas con la silla.
Se sirvió otra copa. No advirtió la mirada que intercambiaron Jelwyn y su padre.
-Y bien, ¿cómo ha ido?
Níkelon levantó la mirada y se encontró con los afables ojos castaños del Señor de Ardieor. Aquella era la cara honrada, bondadosa pero firme, de los abuelitos con los que sueñan todos los niños, y la mirada comprensiva de quien ha ido, ha vuelto y se dispone a partir de nuevo para comprobar si las cosas siguen tal como las recuerda.
Si hubiera podido, se habría echado a llorar. En lugar de eso, contó todo lo que había ocurrido en la Torre.
Cuando terminó, Jelwyn y el Señor de Ardieor decidieron que ellos también necesitaban un trago. Por lo menos.
*****
La chica se levantó de un salto del sucio montón de paja donde se había sentado una vez lo hubo identificado como único mobiliario de la celda, y se dispuso a dar a su visitante una impresión de serena dignidad.
Pero su visitante no se impresionó. Entró en la celda, dejó la antorcha en una anilla de la pared, esperó a que desde fuera echaran el cerrojo y cerraran la ventanita que comunicaba aquella celda con el resto de las mazmorras, y la miró como habría podido mirar a un insecto desconocido.
-¿Quién eres? -La chica ladeó la cabeza, poniendo cara de no haber entendido la pregunta-. No te hagas la tonta, sé que me entiendes.
-¿Cómo lo sabéis?
Era ardiés, pero hablado con un ligero ceceo y una entonación melodiosa, tan distinta a lo que Estrella Negra estaba acostumbrado a oír que le pareció más extranjero que cualquier otro idioma.
-Porque, a diferencia de mucha gente de este castillo, utilizo lo que tengo dentro de la cabeza -Se acercó a ella y habló en voz baja-. Repetiré la pregunta por si no la has comprendido. ¿Quién eres?
La muchacha cruzó los brazos y levantó la cabeza en un gesto desafiante.
-Drach Briana Vaidnel de Lossián.
Parecía que fuera a recitar una larga lista de títulos, pero Estrella Negra estaba demasiado intrigado para permitírselo.
-¿Drach como dragón?
Briana se mordió el labio inferior como para castigarse por haber hablado demasiado.
-Escucha, preciosidad, soy lo más parecido a un amigo que encontrarás en este antro, así que será mejor que confíes en mí.
-¡Os he dicho mi nombre completo! ¿Qué más queréis?
Buena pregunta, pensó Estrella Negra. Lástima que no tuviera ninguna respuesta a su altura.
Ella aún tenía los brazos cruzados pero no se resistió cuando él le cogió la mano derecha y la volvió poco a poco.
-¿Qué es esto?
-Una marca de nacimiento -Se estaba volviendo prudente, pensó Estrella Negra. Debía estar dándose cuenta de que en aquel lugar la gente tenía algo contra los dragones.
-En forma de dragón. ¿O tal vez de murciélago alilargo? -Briana no contestó-. Te voy a decir lo que está ocurriendo. Por aquí hay quien cree que un dragón rojo vendrá del Oeste con un lobo haciendo equilibrios sobre su lomo y derribará su imperio de una llamarada. Tú has venido del Oeste, y esto -pasó el dedo con mucho cuidado por encima de la marca de nacimiento. La piel allí era igual de suave que en el resto de la muñeca, y sintió el pulso de la joven, acelerado de miedo- es rojo y se parece mucho a un dragón. Sólo falta el lobo.
-¿Tengo aspecto de derribadora de imperios?
Estrella Negra se rió.
-No lo sé. A mí sólo me pareces una cría asustada. Por la Durmiente, ¿de dónde has salido?
-Ya os lo he dicho. De Lossián.
-Lossián se hundió bajo el Mar Oriental.
-Lo sé. Por eso mis antepasados le pusieron ese nombre a nuestro país.
Una antigua leyenda ardiesa comenzó a agitarse en los recuerdos de Estrella Negra. Garlyn. Él y sus más fieles amigos partieron hacia Poniente y nunca más se supo de ellos. La Maldición... Por suerte, su máscara impedía a Briana ver la expresión de su cara.
-¿Qué ocurrió, saliste a dar un paseo y te perdiste?
Por la cara de Briana pasó el fugaz gesto de dolor de quien se ha mordido la lengua por tercera vez en la misma comida.
-Fui ofrecida al mar como sacrificio. No esperaba ser rescatada por piratas traficantes de esclavos que negocian con coleccionistas de dragones.
Estrella Negra sintió un escalofrío. Por lo que acababa de oír, los lossianeses no habían cambiado nada desde los tiempos de las leyendas. Y lo peor era la naturalidad con la que ella se lo tomaba. Estrella Negra ahuecó la voz todo lo que pudo sin parecer ridículo pero lo bastante como para que ella se lo tomase en serio.
-No se lo cuentes a nadie. Ni quién eres ni de dónde vienes. Ni menciones la palabra drach. En lo que a ti respecta, esto -Le dio un golpecito en la marca de nacimiento- es un murciélago, ¿entendido?
-¿He de fiarme de alguien que ni siquiera muestra su cara?
Estrella Negra soltó su mano como si ella hubiera alcanzado de repente el punto de ebullición.
-¿Tan feo sois?
-No voy a caer en un truco tan viejo, preciosidad.
Dio un solo puñetazo en la puerta, recogió la antorcha y salió en cuanto le abrieron.
Briana se dejó caer de nuevo en el montón de paja. En la oscuridad, apoyó la mano izquierda sobre el Signo y lo sintió latir. Seguía sin saber dónde estaba, ni cómo salir de allí, y el maldito Signo era tan inútil como siempre. No se atrevía a utilizar sus poderes y el más importante de todos no lo tenía.
Y el tipo de negro podía decir lo que quisiera, pero a ella le parecía más digno de confianza un escorpión enloquecido.

La próxima semana más. Ah, sí, Feliz año nuevo...

1 Comments:

Anonymous Maca said...

Hola!! Te escribía para decirte que leí tu novela en El Fenómeno, leí todos los capítulos que están ahí, y la verdad me pareció sumamente atrapante y original. La forma perfecta en que están descriptos los personajes, el humor ácido, la historia que en ningún momento se hace pesada, lo bien que está narrada… realmente, me pareció genial, una de las mejores novelas de fantasía que leí. Yo también escribo y me encanta la fantasía épica, estilo El Señor de los Anillos, y creo que tu novela es una verdadera inspiración para cualquiera que quiera escribir algo de ese estilo. Algunos esperamos la continuación con ansiedad… :-) Saludos, y que sigas escribiendo tan bien como siempre!!

4:27 AM  

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