Resumen del Capítulo 2, y Capítulo 3
Anteriormente, en esta historia: Mientras Jelwyn y Níkelon ven cómo las tropas de Ternoy entran en Ardieor con la intención de encontrar y destruir el Valle, Layda conoce a Estrella Negra de camino al castillo Negro y Garalay y Vidrena hacen otro viajecito en el tiempo.
Así que no hablaba, ni se quejaba. No se sentía con derecho a protestar por la humedad, el apestoso olor, los mosquitos o lo malo que era el camino. Así eran los Pantanos, una inmensidad de juncos, árboles mustios con sus sospechosas raíces aéreas y charcas engañosas cubiertas de plantas acuáticas, sin sol ni calor, ni terreno seco donde acostarse.
El día anterior, habían visto de lejos la Fortaleza de los Pantanos, el castillo del color del fango que emergía de las aguas como un reptil acorazado. Níkelon se había preguntado cómo podía alguien haber construido en un terreno que parecía tan poco apropiado, pero por lo que contaban los ardieses, la Fortaleza llevaba allí unos trescientos años y nadie había presentado quejas, que ellos supieran.
Pero a Níkelon aún se le ponían los pelos de punta cuando pensaba en ella. La voz de Jelwyn le sobresaltó a pesar de que había hablado casi en un susurro.
-Cuidado.
Níkelon se detuvo y miró lo que había detenido a su compañero.
Llevaban los caballos de las riendas, para ver mejor el camino que pisaban. Níkelon no acababa de verle la utilidad, pero Jelwyn estaba al mando, y sus manías eran órdenes.
-¿Qué es eso?
-Una telaraña.
-¿Tan grande?
Había pequeños esqueletos, de pájaros o tal vez de ranas, prendidos en la telaraña. Bolas de seda envolvían otras presas, aún vivas pero esperando a ser devoradas. En el centro de la telaraña, acechaba su propietaria. Tenía el tamaño de un corazón.
Níkelon trató de disimular un escalofrío.
-¿Qué hacemos?
-Cortar la tela y pasar. A no ser que tengas una idea mejor.
-¿Matarla?
-¿Te dan miedo las arañas, Nikwyn?
-Las arañas no, ese monstruo sí.
-No pienso matar un animal que no me ha hecho nada ni es comestible, solo porque tú le tengas miedo.
-Pues bien que has matado aquella serpiente hace un rato.
-No es lo mismo. Aquella serpiente era venenosa y podría habernos mordido a alguno de los dos.
-¿Cómo sabes que era venenosa?
-Estamos en los Pantanos, Nikwyn, aquí lo que no es venenoso es ponzoñoso, y todo es carnívoro.
-Lo que me pregunto es dónde estarán los habitantes.
-¿La gente a la que tienes que liberar? Escondiéndose más hacia dentro, supongo. O espiándonos y preguntándose qué estamos haciendo aquí, además de discutir por tonterías.
-¿Más hacia adentro? ¿Cómo que más hacia adentro?
-Los Pantanos son muy grandes, Nikwyn, creía que te habías fijado en el mapa. Si no ocurre nada, tardaremos más de una semana en salir de aquí.
Níkelon sintió que su mano derecha se crispaba en las riendas de su caballo. Gris, que había salido en persecución de algo, regresó con un ruidoso chapoteo. La perra se lo estaba pasando en grande con tanto fango.
Jelwyn sacó algo de la boca de Gris. Se lo tendió a Níkelon para que lo examinara.
-Mira, señales de vida.
Era un trozo de tela azul. De seda, si Níkelon recordaba bien su tacto.
-¿Esto significa que ya no estás enfadado conmigo?
-Yo no estaba enfadado.
-Entonces, ¿por qué no hablabas?
-No tenía nada qué decir. Y, ya que has sacado el tema, Nikwyn, Layda es mi hija. Yo la he criado. Incluso podría decirse que es más mía que de su madre. Y esta es mi última palabra sobre el asunto, ¿está claro?
-Como el agua. Vamos, Capitán, corta la maldita telaraña antes de que comencemos a echar raíces.
Tras toda una noche de retorcer las muñecas y forzar los dedos, los nudos se habían deshecho. Muy despacio para que los trhogol no notasen nada, Briana se inclinó, y, aunque tardó lo que le pareció una eternidad, deshizo los nudos de las cuerdas que atrapaban los pies. Esperó a que su sangre volviera a circular, se levantó y echó a correr.
Los trhogol debieron sorprenderse tanto que al principio no reaccionaron. Pero Briana pronto comenzó a oír sus pasos tras ella. Con una energía que ni ella misma sabía de dónde sacaba, corrió más deprisa aún. Sus pies se hundían en el fango, le dolía el costado y respiraba con dificultad, pero siguió adelante, a pesar de sus agujetas. Oía los gritos y las pisadas de los trhogol tras ella, cada vez más cerca. Tropezó, cayó y volvió a levantarse. Tragó un poco de agua, y su sabor le produjo náuseas. Pero prefería morir ahogada antes que permitir que aquellos seres volvieran a ponerle las zarpas encima.
Desesperada, casi a ciegas, atravesó una mata de juncos para acortar camino. Y se dio de manos a boca con los dos hombres. Sobre todo con el más alto, un sujeto moreno con una cicatriz en la cara que estuvo a punto de caer del golpe y de la sorpresa. Unos ojos muy claros, casi transparentes, devolvieron su mirada asustada, y luego miraron por encima de su hombro.
-Oh, mierda.
Y el hombre alto y moreno desenvainó una espada.
La Vidrena que estaba luchando en aquella batalla galopaba llamando a Alwaid. No miraba nada, no veía nada. Garalay distinguió la delgada y desesperada figura de la que debía ser Hyrna: sola, asustada, desarmada, pero a salvo de la muerte porque el destino la reservaba para algo mejor de lo que ella misma imaginaba. Caminaba como en sueños, con la mirada fija en Vidrena, mientras los muertos y heridos caían a su alrededor, la lluvia golpeaba su cara y los rayos y truenos redoblaban en sus oídos.
-Eran mis amigos. Y estaban muriendo por mí. Nunca debí haber permitido que ocurriera esto.
Garalay apartó la mirada de Hyrna. Vidrena, a su lado, tenía los puños crispados. La Vidrena de la batalla acababa de encontrarse con Alwaid.
-Esperaba con impaciencia este momento, Dren.
-No estoy aquí para charlar.
Saltaron rayos del choque entre las espadas. Garalay se estremeció. Había visto en acción a los mejores jeddart de Ardieor, y en aquel momento se dio cuenta de que al lado de Vidrena, no eran más que aprendices. La Señora de Ardieor parecía una especie de monstruo cuyo brazo izquierdo era una espada que movía por instinto, con la facilidad con que se respira en sueños. Garalay recordó que aquella no era una espada corriente. Era Wirda, y la leyenda se quedaba corta en lo que contaba de ella.
La espada de Alwaid cayó de sus manos, pero Vidrena no se detuvo por eso. Alwaid se defendió con el escudo mientras trataba de coger la espada, pero Vidrena alejó el arma de una patada. Ella no llevaba escudo, nunca lo había utilizado, los jeddart decían que no hay mejor escudo que una buena espada. El de Alwaid se partió, y ella tropezó y cayó. Vidrena levantó a Wirda. Garalay se aguantó las ganas de gritar o cerrar los ojos. Sabía lo que ocurriría a continuación, y también que no debía intervenir para evitarlo, aunque lo estuviera deseando.
-Adiós, hermana gemela.
-¿Así me agradeces lo que hice por ti en los Pantanos? -contestó Alwaid con voz lastimera. Vidrena mantuvo a Wirda en alto, como pensándoselo. Hyrna gritó.
-¡Mátala, Dren!
Un rayo cayó sobre Wirda. Otro gesto dramático de Zetra, sin duda. La espada salió despedida de las manos de Vidrena, y Alwaid no dudó en aprovechar la ocasión. Recuperó su espada y la clavó en el vientre de Vidrena. Garalay oyó el chillido de dolor de Hyrna, incluso lo sintió en su propio vientre, mientras la Vidrena que había estado luchando en Dagmar se doblaba y caía de rodillas, y la que se encontraba a su lado mirándola tenía los ojos brillantes de cólera, los puños apretados y la cara contraída en un gesto de dolor y rabia.
Alwaid levantó su espada para rematarla, y a continuación, como contaba la leyenda, «Fiera» murió tratando de proteger a su dueña, y Hyrna se levantó de un salto, se apoderó de Wirda y se interpuso entre Alwaid y Vidrena.
-No te acerques a ella.
Alwaid se rió.
-¿Quién lo dice?
-No la toques, maldita culebra bastarda. Yo no tengo nada que agradecerte, y no me importará matarte.
-No puedes matarme, tonta. Solo la hija de Gartwyn podía hacerlo, y ahora no está para peleas.
Y entonces le tocó a Hyrna el turno de reír.
-¿Ah, sí? Pues, para que lo sepas, yo también soy hija de Gartwyn- Al lado de Garalay, Vidrena esbozó una sonrisa de amarga diversión-. Así que ya te puedes ir preparando, nena.
Por un momento, Alwaid dudó. Pero Hyrna, empapada y esgrimiendo una espada que casi no podía mantener derecha, ofrecía un aspecto patético. Aquella jovencita pequeña y delgaducha, a punto de romperse azotada por el viento, no podía ser una amenaza seria para la Señora de los Pantanos.
Alwaid se quitó la máscara.
-Entonces, tampoco puedes matarme... hermana.
Garalay se estremeció. Sabía que la cara de Alwaid era igual que la de Vidrena, pero nunca había imaginado que fuera tan igual. Si le hubiera dado más el sol, si hubiera tenido los ojos más oscuros y si la boca no hubiera tenido aquella expresión burlona tan desagradable, podría haberla confundido con Vidrena.
-Vamos, Hyrna, dilo -murmuró, mientras la princesita de Galenday parecía dudar y tragaba saliva.
-Medio hermana.
Hyrna se lanzó hacia adelante, y Wirda atravesó sin esfuerzo el corazón de la Señora de los Pantanos. Alwaid se mantuvo en pie un momento, el justo para que Hyrna se preguntase si estaba o no muerta, y luego, igual que había hecho Vidrena unos momentos antes, cayó hacia atrás. Hyrna la pateó para comprobar que estaba muerta, soltó a Wirda y corrió hacia Vidrena.
-¡Menuda jugarreta! Cuando vuelva a ver a Dinel le sacaré los ojos.
-Lo mismo digo -murmuró la Vidrena que estaba al lado de Garalay mientras se acercaba a contemplar su propia no-muerte.
-Dren... -decía en aquellos momentos Hyrna con voz llorosa, aunque las dos sabían que no podía llorar.
Garalay vio alarmada cómo Vidrena se agachaba al lado de la princesita y alargaba una mano para acariciarle la mejilla. Como era de esperar, la mano atravesó la cara de Hyrna.
-Pobre Hyrna, me gustaría tanto poder decirte que todo va a salir bien...
La otra Vidrena estaba preguntando dónde estaba Wirda. Un presentimiento relampagueó en la mente de Garalay.
-¡Dren, ahora! ¡Tienes que cogerla o se perderá!
Vidrena apartó su mirada de Hyrna y la posó en su propia espada ensangrentada. Miró a Garalay como si por un momento no entendiera lo que le decía, y luego le lanzó un beso con los dedos a Hyrna, se levantó y recogió a Wirda del suelo.
-Se ha... ido -oyó decir a Hyrna antes de desaparecer del todo.
La batalla de Dagmar desapareció, y Vidrena y Garalay se encontraron en una oscura bóveda iluminada a duras penas por fétidas antorchas. Un hombre gritaba de dolor en algún lugar entre las sombras, a su derecha. Vidrena empuñó a Wirda en la antigua y eficaz posición de combate de los jeddart y aplastó la espalda contra la pared, al tiempo que tiraba de Garalay para que hiciera lo mismo. Permanecieron unos instantes allí, conteniendo la respiración hasta que comprobaron que nadie había advertido su presencia y el hombre volvió a gritar. Vidrena hizo un gesto de asco.
-¿Dónde estamos?
Vidrena olfateó.
-Por el maravilloso aroma del aire, en la Fortaleza de los Pantanos.
-¿Y qué hacemos aquí?
-Me temo que he venido a pagar una deuda. O tal vez dos.
Garalay recordó una voz burlona y al mismo tiempo lastimera: ¿Así me agradeces lo que hice por ti en los Pantanos?
-Oh, cielos.
El hombre moreno la agarró del brazo con tanta fuerza que Briana pensó que tendría las marcas de sus dedos en la piel el resto de su vida, la echó tras él de un tirón, y gritó:
-¡Nikwyn!
El hombre que caminaba tras él respondió con una voz demasiado alegre para la ocasión.
-¡Voy!
Briana pensó en aprovechar la ocasión para escapar, pero entonces un extraño animal cuadrúpedo de pelaje gris, orejas puntiagudas, larga cola peluda, fino hocico y ojos brillantes, se interpuso en su camino y se alzó sobre sus cuartos traseros con la intención aparente de devorarla, o por lo menos de apoyar las patas delanteras en su pecho. Briana retrocedió, asustada, y su espalda tropezó con un tronco seco. Indefensa, quedó allí mientras la bestia sacaba una larga lengua rosada y lamía su cara como si estuviera hecha de algo dulce. Por fin, Briana llegó a la conclusión de que el animal no pretendía devorarla, lo apartó con mucho cuidado por si acaso y se dedicó a observar la pelea, aunque el bicho no dejaba de saltar ante ella, ponerse a dos patas y emitir extraños sonidos.
Al encontrarse con ellos, Briana había temido que aquellos dos hombres estuvieran de parte de lo que la perseguía. Después de todo, eran los primeros seres vivos, aparte de la fauna, que había encontrado en los Pantanos. Pero pronto se hizo evidente que fueran quienes fueran, y estuvieran haciendo lo que estuvieran haciendo allí, eran humanos y enemigos de los trhogol. Lo cual les convertía de momento en los mejores amigos que tenía en el mundo.
Tras limpiar las espadas, se volvieron a mirarla. Briana permanecía inmóvil, aún jadeante por el miedo y la carrera, con la espalda apoyada en el tronco seco. Sabía que estaba muy flaca, pálida y ojerosa, sentía el cabello empapado de agua de los pantanos mezclada con su propia grasa, y su vestido presentaba un aspecto tan lamentable como el resto de ella.
-¿Y ahora qué?
-Oh, no, otra vez no -Nikwyn miró a su compañero con los ojos entornados, y el compañero le devolvió una mirada ceñuda-. No estarás pensando en que volvamos al Valle y la dejemos allí.
Fue entonces cuando Briana se dio cuenta de que les entendía. Hablaban en el mismo idioma que Estrella Negra y ella misma, aunque su forma de hablarlo se parecía más a la de él.
-Tal vez podríamos llevarla a su casa, no creo que esté muy lejos de aquí.
El hombre moreno soltó una seca carcajada.
-Muy caballeroso. ¿Y si hay más de estos por el camino?
Podría haberlo señalado, pero prefirió darle una patada en el costado a uno de los cadáveres. Briana se estremeció.
-¿Y cuál es tu idea? ¿Dejarla aquí sola para que se la coma una de esas asquerosas arañas o algo peor?
-Si hubiéramos hecho eso con la otra, ahora no estaríamos aquí.
-La otra estaba decidida a causarnos problemas, si no la hubiéramos metido nosotros en el Valle habría encontrado la forma de colarse.
Briana tomó aliento. No podía quedarse callada dejando que hablasen de ella como de una cosa. Había decidido tomar el control de su destino y lo haría le costase lo que le costase.
-¿Puedo decir algo?
El alto y moreno se calló a media palabra. El otro terminó la suya en voz tan baja que ella no pudo entender qué había dicho. Y los dos la miraron como si nunca hubieran visto nada como ella.
-Habla -contestó el de la cicatriz en la cara. Por un momento, Briana sintió un ataque de pánico y no supo qué decir. Pero cuando empezó sintió que no podía detenerse.
-Yo... yo no pretendo causar problemas, vengo de... de demasiado lejos como para que vuesas mercedes me lleven a casa, pero por favor, no me dejen aquí. Estoy... estoy muy cansada...
Dijo las últimas palabras casi al borde del llanto histérico. Débil, se dijo, una drach de Lossián nunca llora, pero ella no era más que una Serpiente y había pasado demasiado miedo. Y de repente se encontró llorando como no lo había hecho en su vida, sintiendo cómo la mugre de su cara formaba una presa que por un momento retuvo sus lágrimas hasta que lograron romperla y caer formando profundos surcos en la suciedad.
El alto y moreno pareció tomar una decisión. Sin decir nada, se acercó a ella y la rodeó con los brazos. Briana resistió el instinto que le ordenaba huir de aquella situación, apoyó la cara en el pecho del hombre y siguió llorando y moqueando. Por encima de sus sollozos, oyó su voz firme ordenando al otro:
-Descarga los caballos, acampamos aquí.
Su mano pareció buscar algo en el bolsillo, y de repente, maravilla de las maravillas, Briana encontró bajo su nariz un pedazo de tela blanca con olor a lavanda, algo húmedo pero limpio, y con unas iniciales bordadas. Un pañuelo.
Se emocionó tanto al volver a ver uno después de tanto tiempo que casi dejaron de importarle sus ojos enrojecidos, su nariz colorada y la suciedad que estaba empeorando el estado de su vestido.
Supongo que esperaríais que ocurriera algo así, ¿no? Para algo inventé a Bri. Hasta la semana que viene.
CAPÍTULO 3
Jelwyn no le había hablado desde el cruce del Vado. Níkelon no sabía si el ardiés estaba enfadado con él por lo que había dicho de Layda, preocupado por lo que pudiera ocurrir en el Valle, o las dos cosas a la vez y ni él mismo podía decidirse. Níkelon había intentado disculparse varias veces, pero no sabía cómo. Todo lo que se le ocurría le parecían tonterías.Juro defender a todas las damas y doncellas que encuentre en mi camino (Arnthorn el intrépido)
Así que no hablaba, ni se quejaba. No se sentía con derecho a protestar por la humedad, el apestoso olor, los mosquitos o lo malo que era el camino. Así eran los Pantanos, una inmensidad de juncos, árboles mustios con sus sospechosas raíces aéreas y charcas engañosas cubiertas de plantas acuáticas, sin sol ni calor, ni terreno seco donde acostarse.
El día anterior, habían visto de lejos la Fortaleza de los Pantanos, el castillo del color del fango que emergía de las aguas como un reptil acorazado. Níkelon se había preguntado cómo podía alguien haber construido en un terreno que parecía tan poco apropiado, pero por lo que contaban los ardieses, la Fortaleza llevaba allí unos trescientos años y nadie había presentado quejas, que ellos supieran.
Pero a Níkelon aún se le ponían los pelos de punta cuando pensaba en ella. La voz de Jelwyn le sobresaltó a pesar de que había hablado casi en un susurro.
-Cuidado.
Níkelon se detuvo y miró lo que había detenido a su compañero.
Llevaban los caballos de las riendas, para ver mejor el camino que pisaban. Níkelon no acababa de verle la utilidad, pero Jelwyn estaba al mando, y sus manías eran órdenes.
-¿Qué es eso?
-Una telaraña.
-¿Tan grande?
Había pequeños esqueletos, de pájaros o tal vez de ranas, prendidos en la telaraña. Bolas de seda envolvían otras presas, aún vivas pero esperando a ser devoradas. En el centro de la telaraña, acechaba su propietaria. Tenía el tamaño de un corazón.
Níkelon trató de disimular un escalofrío.
-¿Qué hacemos?
-Cortar la tela y pasar. A no ser que tengas una idea mejor.
-¿Matarla?
-¿Te dan miedo las arañas, Nikwyn?
-Las arañas no, ese monstruo sí.
-No pienso matar un animal que no me ha hecho nada ni es comestible, solo porque tú le tengas miedo.
-Pues bien que has matado aquella serpiente hace un rato.
-No es lo mismo. Aquella serpiente era venenosa y podría habernos mordido a alguno de los dos.
-¿Cómo sabes que era venenosa?
-Estamos en los Pantanos, Nikwyn, aquí lo que no es venenoso es ponzoñoso, y todo es carnívoro.
-Lo que me pregunto es dónde estarán los habitantes.
-¿La gente a la que tienes que liberar? Escondiéndose más hacia dentro, supongo. O espiándonos y preguntándose qué estamos haciendo aquí, además de discutir por tonterías.
-¿Más hacia adentro? ¿Cómo que más hacia adentro?
-Los Pantanos son muy grandes, Nikwyn, creía que te habías fijado en el mapa. Si no ocurre nada, tardaremos más de una semana en salir de aquí.
Níkelon sintió que su mano derecha se crispaba en las riendas de su caballo. Gris, que había salido en persecución de algo, regresó con un ruidoso chapoteo. La perra se lo estaba pasando en grande con tanto fango.
Jelwyn sacó algo de la boca de Gris. Se lo tendió a Níkelon para que lo examinara.
-Mira, señales de vida.
Era un trozo de tela azul. De seda, si Níkelon recordaba bien su tacto.
-¿Esto significa que ya no estás enfadado conmigo?
-Yo no estaba enfadado.
-Entonces, ¿por qué no hablabas?
-No tenía nada qué decir. Y, ya que has sacado el tema, Nikwyn, Layda es mi hija. Yo la he criado. Incluso podría decirse que es más mía que de su madre. Y esta es mi última palabra sobre el asunto, ¿está claro?
-Como el agua. Vamos, Capitán, corta la maldita telaraña antes de que comencemos a echar raíces.
*****
Briana lo había conseguido. Había estado esperando una oportunidad desde que habían entrado en aquellos espantosos pantanos, y, cansada de esperar, había decidido escaparse de todas formas. Mejor morir que seguir dejándose llevar de un lado a otro como un fardo.Tras toda una noche de retorcer las muñecas y forzar los dedos, los nudos se habían deshecho. Muy despacio para que los trhogol no notasen nada, Briana se inclinó, y, aunque tardó lo que le pareció una eternidad, deshizo los nudos de las cuerdas que atrapaban los pies. Esperó a que su sangre volviera a circular, se levantó y echó a correr.
Los trhogol debieron sorprenderse tanto que al principio no reaccionaron. Pero Briana pronto comenzó a oír sus pasos tras ella. Con una energía que ni ella misma sabía de dónde sacaba, corrió más deprisa aún. Sus pies se hundían en el fango, le dolía el costado y respiraba con dificultad, pero siguió adelante, a pesar de sus agujetas. Oía los gritos y las pisadas de los trhogol tras ella, cada vez más cerca. Tropezó, cayó y volvió a levantarse. Tragó un poco de agua, y su sabor le produjo náuseas. Pero prefería morir ahogada antes que permitir que aquellos seres volvieran a ponerle las zarpas encima.
Desesperada, casi a ciegas, atravesó una mata de juncos para acortar camino. Y se dio de manos a boca con los dos hombres. Sobre todo con el más alto, un sujeto moreno con una cicatriz en la cara que estuvo a punto de caer del golpe y de la sorpresa. Unos ojos muy claros, casi transparentes, devolvieron su mirada asustada, y luego miraron por encima de su hombro.
-Oh, mierda.
Y el hombre alto y moreno desenvainó una espada.
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Vidrena se mordió el labio inferior y comenzó a caminar entre los combatientes. Garalay la siguió.La Vidrena que estaba luchando en aquella batalla galopaba llamando a Alwaid. No miraba nada, no veía nada. Garalay distinguió la delgada y desesperada figura de la que debía ser Hyrna: sola, asustada, desarmada, pero a salvo de la muerte porque el destino la reservaba para algo mejor de lo que ella misma imaginaba. Caminaba como en sueños, con la mirada fija en Vidrena, mientras los muertos y heridos caían a su alrededor, la lluvia golpeaba su cara y los rayos y truenos redoblaban en sus oídos.
-Eran mis amigos. Y estaban muriendo por mí. Nunca debí haber permitido que ocurriera esto.
Garalay apartó la mirada de Hyrna. Vidrena, a su lado, tenía los puños crispados. La Vidrena de la batalla acababa de encontrarse con Alwaid.
-Esperaba con impaciencia este momento, Dren.
-No estoy aquí para charlar.
Saltaron rayos del choque entre las espadas. Garalay se estremeció. Había visto en acción a los mejores jeddart de Ardieor, y en aquel momento se dio cuenta de que al lado de Vidrena, no eran más que aprendices. La Señora de Ardieor parecía una especie de monstruo cuyo brazo izquierdo era una espada que movía por instinto, con la facilidad con que se respira en sueños. Garalay recordó que aquella no era una espada corriente. Era Wirda, y la leyenda se quedaba corta en lo que contaba de ella.
La espada de Alwaid cayó de sus manos, pero Vidrena no se detuvo por eso. Alwaid se defendió con el escudo mientras trataba de coger la espada, pero Vidrena alejó el arma de una patada. Ella no llevaba escudo, nunca lo había utilizado, los jeddart decían que no hay mejor escudo que una buena espada. El de Alwaid se partió, y ella tropezó y cayó. Vidrena levantó a Wirda. Garalay se aguantó las ganas de gritar o cerrar los ojos. Sabía lo que ocurriría a continuación, y también que no debía intervenir para evitarlo, aunque lo estuviera deseando.
-Adiós, hermana gemela.
-¿Así me agradeces lo que hice por ti en los Pantanos? -contestó Alwaid con voz lastimera. Vidrena mantuvo a Wirda en alto, como pensándoselo. Hyrna gritó.
-¡Mátala, Dren!
Un rayo cayó sobre Wirda. Otro gesto dramático de Zetra, sin duda. La espada salió despedida de las manos de Vidrena, y Alwaid no dudó en aprovechar la ocasión. Recuperó su espada y la clavó en el vientre de Vidrena. Garalay oyó el chillido de dolor de Hyrna, incluso lo sintió en su propio vientre, mientras la Vidrena que había estado luchando en Dagmar se doblaba y caía de rodillas, y la que se encontraba a su lado mirándola tenía los ojos brillantes de cólera, los puños apretados y la cara contraída en un gesto de dolor y rabia.
Alwaid levantó su espada para rematarla, y a continuación, como contaba la leyenda, «Fiera» murió tratando de proteger a su dueña, y Hyrna se levantó de un salto, se apoderó de Wirda y se interpuso entre Alwaid y Vidrena.
-No te acerques a ella.
Alwaid se rió.
-¿Quién lo dice?
-No la toques, maldita culebra bastarda. Yo no tengo nada que agradecerte, y no me importará matarte.
-No puedes matarme, tonta. Solo la hija de Gartwyn podía hacerlo, y ahora no está para peleas.
Y entonces le tocó a Hyrna el turno de reír.
-¿Ah, sí? Pues, para que lo sepas, yo también soy hija de Gartwyn- Al lado de Garalay, Vidrena esbozó una sonrisa de amarga diversión-. Así que ya te puedes ir preparando, nena.
Por un momento, Alwaid dudó. Pero Hyrna, empapada y esgrimiendo una espada que casi no podía mantener derecha, ofrecía un aspecto patético. Aquella jovencita pequeña y delgaducha, a punto de romperse azotada por el viento, no podía ser una amenaza seria para la Señora de los Pantanos.
Alwaid se quitó la máscara.
-Entonces, tampoco puedes matarme... hermana.
Garalay se estremeció. Sabía que la cara de Alwaid era igual que la de Vidrena, pero nunca había imaginado que fuera tan igual. Si le hubiera dado más el sol, si hubiera tenido los ojos más oscuros y si la boca no hubiera tenido aquella expresión burlona tan desagradable, podría haberla confundido con Vidrena.
-Vamos, Hyrna, dilo -murmuró, mientras la princesita de Galenday parecía dudar y tragaba saliva.
-Medio hermana.
Hyrna se lanzó hacia adelante, y Wirda atravesó sin esfuerzo el corazón de la Señora de los Pantanos. Alwaid se mantuvo en pie un momento, el justo para que Hyrna se preguntase si estaba o no muerta, y luego, igual que había hecho Vidrena unos momentos antes, cayó hacia atrás. Hyrna la pateó para comprobar que estaba muerta, soltó a Wirda y corrió hacia Vidrena.
-¡Menuda jugarreta! Cuando vuelva a ver a Dinel le sacaré los ojos.
-Lo mismo digo -murmuró la Vidrena que estaba al lado de Garalay mientras se acercaba a contemplar su propia no-muerte.
-Dren... -decía en aquellos momentos Hyrna con voz llorosa, aunque las dos sabían que no podía llorar.
Garalay vio alarmada cómo Vidrena se agachaba al lado de la princesita y alargaba una mano para acariciarle la mejilla. Como era de esperar, la mano atravesó la cara de Hyrna.
-Pobre Hyrna, me gustaría tanto poder decirte que todo va a salir bien...
La otra Vidrena estaba preguntando dónde estaba Wirda. Un presentimiento relampagueó en la mente de Garalay.
-¡Dren, ahora! ¡Tienes que cogerla o se perderá!
Vidrena apartó su mirada de Hyrna y la posó en su propia espada ensangrentada. Miró a Garalay como si por un momento no entendiera lo que le decía, y luego le lanzó un beso con los dedos a Hyrna, se levantó y recogió a Wirda del suelo.
-Se ha... ido -oyó decir a Hyrna antes de desaparecer del todo.
La batalla de Dagmar desapareció, y Vidrena y Garalay se encontraron en una oscura bóveda iluminada a duras penas por fétidas antorchas. Un hombre gritaba de dolor en algún lugar entre las sombras, a su derecha. Vidrena empuñó a Wirda en la antigua y eficaz posición de combate de los jeddart y aplastó la espalda contra la pared, al tiempo que tiraba de Garalay para que hiciera lo mismo. Permanecieron unos instantes allí, conteniendo la respiración hasta que comprobaron que nadie había advertido su presencia y el hombre volvió a gritar. Vidrena hizo un gesto de asco.
-¿Dónde estamos?
Vidrena olfateó.
-Por el maravilloso aroma del aire, en la Fortaleza de los Pantanos.
-¿Y qué hacemos aquí?
-Me temo que he venido a pagar una deuda. O tal vez dos.
Garalay recordó una voz burlona y al mismo tiempo lastimera: ¿Así me agradeces lo que hice por ti en los Pantanos?
-Oh, cielos.
*****
Briana intentó gritar, pero del susto se había quedado sin voz. Se dio la vuelta para escapar también de ellos, pero entonces vio que los trhogol casi la habían alcanzado.El hombre moreno la agarró del brazo con tanta fuerza que Briana pensó que tendría las marcas de sus dedos en la piel el resto de su vida, la echó tras él de un tirón, y gritó:
-¡Nikwyn!
El hombre que caminaba tras él respondió con una voz demasiado alegre para la ocasión.
-¡Voy!
Briana pensó en aprovechar la ocasión para escapar, pero entonces un extraño animal cuadrúpedo de pelaje gris, orejas puntiagudas, larga cola peluda, fino hocico y ojos brillantes, se interpuso en su camino y se alzó sobre sus cuartos traseros con la intención aparente de devorarla, o por lo menos de apoyar las patas delanteras en su pecho. Briana retrocedió, asustada, y su espalda tropezó con un tronco seco. Indefensa, quedó allí mientras la bestia sacaba una larga lengua rosada y lamía su cara como si estuviera hecha de algo dulce. Por fin, Briana llegó a la conclusión de que el animal no pretendía devorarla, lo apartó con mucho cuidado por si acaso y se dedicó a observar la pelea, aunque el bicho no dejaba de saltar ante ella, ponerse a dos patas y emitir extraños sonidos.
Al encontrarse con ellos, Briana había temido que aquellos dos hombres estuvieran de parte de lo que la perseguía. Después de todo, eran los primeros seres vivos, aparte de la fauna, que había encontrado en los Pantanos. Pero pronto se hizo evidente que fueran quienes fueran, y estuvieran haciendo lo que estuvieran haciendo allí, eran humanos y enemigos de los trhogol. Lo cual les convertía de momento en los mejores amigos que tenía en el mundo.
Tras limpiar las espadas, se volvieron a mirarla. Briana permanecía inmóvil, aún jadeante por el miedo y la carrera, con la espalda apoyada en el tronco seco. Sabía que estaba muy flaca, pálida y ojerosa, sentía el cabello empapado de agua de los pantanos mezclada con su propia grasa, y su vestido presentaba un aspecto tan lamentable como el resto de ella.
-¿Y ahora qué?
-Oh, no, otra vez no -Nikwyn miró a su compañero con los ojos entornados, y el compañero le devolvió una mirada ceñuda-. No estarás pensando en que volvamos al Valle y la dejemos allí.
Fue entonces cuando Briana se dio cuenta de que les entendía. Hablaban en el mismo idioma que Estrella Negra y ella misma, aunque su forma de hablarlo se parecía más a la de él.
-Tal vez podríamos llevarla a su casa, no creo que esté muy lejos de aquí.
El hombre moreno soltó una seca carcajada.
-Muy caballeroso. ¿Y si hay más de estos por el camino?
Podría haberlo señalado, pero prefirió darle una patada en el costado a uno de los cadáveres. Briana se estremeció.
-¿Y cuál es tu idea? ¿Dejarla aquí sola para que se la coma una de esas asquerosas arañas o algo peor?
-Si hubiéramos hecho eso con la otra, ahora no estaríamos aquí.
-La otra estaba decidida a causarnos problemas, si no la hubiéramos metido nosotros en el Valle habría encontrado la forma de colarse.
Briana tomó aliento. No podía quedarse callada dejando que hablasen de ella como de una cosa. Había decidido tomar el control de su destino y lo haría le costase lo que le costase.
-¿Puedo decir algo?
El alto y moreno se calló a media palabra. El otro terminó la suya en voz tan baja que ella no pudo entender qué había dicho. Y los dos la miraron como si nunca hubieran visto nada como ella.
-Habla -contestó el de la cicatriz en la cara. Por un momento, Briana sintió un ataque de pánico y no supo qué decir. Pero cuando empezó sintió que no podía detenerse.
-Yo... yo no pretendo causar problemas, vengo de... de demasiado lejos como para que vuesas mercedes me lleven a casa, pero por favor, no me dejen aquí. Estoy... estoy muy cansada...
Dijo las últimas palabras casi al borde del llanto histérico. Débil, se dijo, una drach de Lossián nunca llora, pero ella no era más que una Serpiente y había pasado demasiado miedo. Y de repente se encontró llorando como no lo había hecho en su vida, sintiendo cómo la mugre de su cara formaba una presa que por un momento retuvo sus lágrimas hasta que lograron romperla y caer formando profundos surcos en la suciedad.
El alto y moreno pareció tomar una decisión. Sin decir nada, se acercó a ella y la rodeó con los brazos. Briana resistió el instinto que le ordenaba huir de aquella situación, apoyó la cara en el pecho del hombre y siguió llorando y moqueando. Por encima de sus sollozos, oyó su voz firme ordenando al otro:
-Descarga los caballos, acampamos aquí.
Su mano pareció buscar algo en el bolsillo, y de repente, maravilla de las maravillas, Briana encontró bajo su nariz un pedazo de tela blanca con olor a lavanda, algo húmedo pero limpio, y con unas iniciales bordadas. Un pañuelo.
Se emocionó tanto al volver a ver uno después de tanto tiempo que casi dejaron de importarle sus ojos enrojecidos, su nariz colorada y la suciedad que estaba empeorando el estado de su vestido.
Supongo que esperaríais que ocurriera algo así, ¿no? Para algo inventé a Bri. Hasta la semana que viene.

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