Resumen del Capítulo 5, y Capítulo 6
En el capítulo anterior: Briana les explicó quién es a sus dos "rescatadores" y mientras tanto, Alwaid, Vidrena y Garalay escaparon por los pelos de la destrucción de la Fortaleza de los Pantanos.
No sabía que él ya había llegado a Crinale, así que se sorprendió al verle andando por el jardín, pero no tanto como cuando se detuvo a un par de pasos de ella, con expresión severa, y dijo con voz grave:
-Vos lo sabíais.
Sonaba como una acusación. La anciana Reina levantó la cabeza del bordado y contempló a su segundo nieto, embutido en su deslumbrante armadura, con el casco bajo el brazo y las espuelas más afiladas de Galenday.
-¿A qué os referís, Alteza?
-No os hagáis la tonta, Majestad, sabéis a qué me refiero.
-Mi Señor, sé muchas cosas, pero no puedo reconocer que las sé si no me decís cuál de todas creéis que sé.
Le habría invitado a sentarse a su lado, pero sabía que con aquella armadura (¡por los mil dioses! ¿Qué hacía él con armadura a aquellas horas?) iba a necesitar ayuda para levantarse.
-Dónde está Níkelon. Sé que lo sabéis. No es posible que vuestra amiga Dinel no os lo haya dicho. Si es que no lo habéis planeado entre las dos.
-Está bien, lo reconozco. Sé dónde se supone que debería estar vuestro hermano -Apartó el bordado y se levantó para mirarlo a los ojos- ¿Tenéis algo más que preguntarme?
-He perdido casi un mes buscándole en Galenday. ¿Por qué no me dijisteis desde el principio que fue secuestrado por un ardiés? ¿Por qué he tenido que enterarme por las habladurías de un juglar borracho?
-¿Un juglar?
-Estaba durmiendo en el establo aquella noche y oyó lo que ocurría. Me contó que había oído ruido de lucha, a Níkelon suplicando por su vida y al ardiés ordenándole que le acompañase. ¡Oh, abuela! ¿Cómo se puede consentir tal afrenta?
-No, no lo habéis entendido bien, estoy segura de que no ocurrió así...
Anhor sonrió.
-Habéis guardado el secreto en vano. Cuando le he contado a Su Majestad lo que le ocurrió a Níkelon en Gueldou, me ha ordenado partir a Ardieor enseguida para rescatarle. Mi escolta y yo partiremos dentro de una hora, y poco después saldrán mensajeros hacia todos los Señoríos de Galenday.
-¿Para qué? -preguntó la Reina, aunque ya se lo temía.
-¿Para qué creéis? Esos malditos traidores van a devolvernos a Níkelon aunque tenga que retarles a duelo uno a uno.
Y además estaba hambrienta. Habían estado caminando, guiadas por Alwaid, todo el día, hasta el gris atardecer de los Pantanos. Por el camino habían recogido unas cuantas ramas secas, o por lo menos todo lo secas que podían estar allí, y Vidrena había tenido la paciencia de frotar las que parecían más secas hasta hacer brotar una llama.
-Una lástima que no tengáis nada que asar en ella -bromeó Alwaid, que, como aún no había terminado de digerir su comida, podía sentirse generosa con las dos humanas hambrientas.
-¿Qué tal tu lengua?
-No os la aconsejo, dicen que es venenosa.
La situación era estúpida, pensó Vidrena, ellas tres solas mientras atardecía, alrededor de una hoguera de segunda clase, sin comida, sin mantas, ni agua digna de tal nombre. Sin poder hacer otra cosa que mirarse las caras, y, maldita fuera ella, la de Alwaid la conocía demasiado bien, y la de la Lym le traía malos recuerdos.
Garalay estaba mirando la espada del muerto. Al principio, Vidrena había tenido la esperanza de que fuera un arma mágica, pero lo único prodigioso en aquella espada era el hecho de que pudiera soportar tanto óxido sin caerse a pedazos.
Vidrena sonrió.
-¿Te importaría demostrarme lo que te han enseñado a hacer con una espada?
-Solo recibí dos años de Adiestramiento.
Vidrena se levantó.
-Hagamos un poco de ejercicio.
Alwaid arqueó las cejas.
-¿Aún no has hecho bastante ejercicio?
Garalay miró a los ojos de Vidrena. Reconocía aquella mirada. La había visto miles de veces en los ojos de su padre y sus hermanos, incluso en los de Kayleena. Vidrena quería divertirse.
Suspiró, de forma que su verdadera opinión quedase bien clara, y se levantó. Adoptó la posición de "en guardia" tal como la recordaba. Vidrena alzó las cejas en señal de desaprobación.
-¡Esa espada más alta! -Garalay tragó saliva y obedeció- ¡Y esos pies más separados!
Hasta que Garalay no estuvo en la posición que consideró correcta, Vidrena no desenvainó a Wirda. El ataque fue tan fulminante que Garalay ni siquiera pudo explicarse cómo había volado la espada de su mano.
-¿Ya no os explican aquello de que una espada es como un pájaro?
Vidrena recogió la espada del suelo y se la entregó a Garalay. Aquella vez la lym se defendió algo mejor, pero su espada volvió al suelo.
Alwaid carraspeó.
-Perdón por interrumpir, pero me ha picado la curiosidad. ¿Qué clase de pájaro?
-Uno de esos pequeños y delicados, pero muy listos. Si lo aprietas demasiado, se muere. Si no lo aprietas lo bastante... vuela.
Por tercera vez, la espada de Garalay se convirtió en pájaro.
Alwaid se rió con tantas ganas que casi cayó de espaldas.
Una violenta oleada de sangre subió a la cabeza de Garalay. Por muy antepasada suya que fuera, no iba a dejar que Vidrena la pusiera en ridículo delante de la Señora de los Pantanos.
-¡No necesito saber manejar una espada! ¡Soy una lym!
Alargó la mano, y su espada se alzó del suelo y voló hacia ella, mientras Wirda huía de la mano de Vidrena y se clavaba donde antes había estado la otra. Con una sonrisa siniestra, Garalay apoyó la punta de su espada en la garganta de Vidrena.
Los ojos de Vidrena estaban llenos de miedo, pero Garalay sintió que no temía a su espada.
-¿Quién eres?
Por un breve instante, cuando se había despertado en el Mundo Borroso, Vidrena ya la había mirado de aquella manera.
-La lym de la Dama gris de Dagmar, ¿recuerdas? Te lo dije. Pero si te refieres a mi verdadero nombre, mi madre me llamó Dagmar.
-Lo sabía -murmuró Vidrena.
-Pero mis amigos me llaman Garalay.
Vidrena apartó la espada con el canto de la mano.
-Yo te llamaré Lym. -Se inclinó, recogió a Wirda del suelo y la envainó-. Es lo que eres, ¿no?
Garalay se sintió más estúpida que nunca en su vida. Más estúpida incluso que aquella tarde con Níkelon en el Círculo de Piedras.
-Lo siento, Dren, no sé lo que me ha ocurrido.
-No importa.
-Dren, yo...
Nunca llegó a terminar la frase. Un súbito dolor, como si la hubiera atravesado una hoja de acero al rojo, la hizo caer de rodillas. Desde muy lejos, oyó la voz de Alwaid.
-¿Qué le ocurre?
Vidrena la hizo callar con un solo gesto. Garalay levantó la cabeza. Parecía estar llorando. A la luz del fuego, Vidrena creyó ver hasta las lágrimas, unas gruesas lágrimas rojas que resbalaban por las mejillas, la nariz, la barbilla, y caían sobre la ropa sin mancharla.
-Creía que vosotras no podíais hacer eso.
-Yo también lo creía.
Una parte de Garalay las estaba oyendo y se preguntaba de qué estaban hablando. La otra estaba en el Valle de Katerlain, mirando cómo el Señor de Ardieor luchaba con Lajja. Vio cómo él la miraba, y leyó en su mirada que él la había visto, y también que aquella lucha era más que nada una cuestión de principios. El veneno de las Damas Grises fluía por sus venas, paralizando su cuerpo poco a poco, helando su corazón. Como si fuera necesario, pensó la parte de Garalay que sabía que estaba en los Pantanos.
El Señor de Ardieor cayó muerto al suelo. Garalay se cubrió la cara con las manos, y cuando la levantó, Vidrena no se sorprendió al no ver ni rastro de lágrimas en ella.
-¿Quién?
Garalay se lo dijo. Vidrena se mordió los labios.
-Una más en la cuenta de Mami.
Aquel trimestre, la Capitana de la Guardia de Kayleena era Yarla Andlier, de veinticuatro años, nariz respingona, pelirroja, con una sorprendente escasez de pecas en la cara y una no tan sorprendente escasez de rodeos y contemplaciones. Una fea cicatriz en su muslo derecho y otra en el hombro, muy cerca del cuello, aparte de otras casi invisibles en diversas partes de su cuerpo, demostraban que al menos de temeridad no andaba escasa.
En su calidad de Capitana, le había correspondido dar la bienvenida a Norwyn y la Segunda del Valle, y todos sus acompañantes, acomodarles lo mejor que había podido en la Casa Aletnor, escoger una pequeña escolta para Lym Vaidnel, que insistía en ir al Castillo a entregar su mensaje a la Dama Gris a pesar de la hora que era, y tratar de escuchar con el oído pegado a la cerradura de los aposentos de Kayleena qué demonios había ocurrido para que se presentaran de madrugada, con tanta gente y al parecer, para quedarse.
Cuando regresó al dormitorio común de la Guardia, sus mejillas se habían vuelto del color del pergamino. Cuando terminó de contarles a sus compañeras que el Señor de Ardieor había sido depuesto, que el Hechizo del Valle se había roto, Layda había sido secuestrada, Jelwyn se había ido a buscarla y nadie sabía dónde estaban Garalay, el Sello Ardiés ni Níkelon (aunque Nor sospechaba que el galendo se había ido con Jelwyn), todas se quedaron igual de pálidas.
Las que permanecían sentadas, se levantaron de un salto al percibir los pasos que se acercaban, y cuando Kayleena entró, las cien jeddart se dejaron caer sobre una sola rodilla (un jeddart nunca se arrodilla del todo) e inclinaron la cabeza.
-No hagáis tonterías, no soy la Señora de Ardieor. Solo he aceptado representarle hasta que regrese.
-¿Y si no..?
-Lo hará. Jelwyn no es de los que se dejan matar. Ahora estad preparadas. Tengo el presentimiento de que Dulyn vendrá muy pronto a reclamar lo que cree que le pertenece.
-¡Que lo intente! -La jeddart sonrió de una forma que dejaba ver más de lo deseable una feroz dentadura- Se va a enterar de lo que es bueno.
Kayleena levantó la mirada y suspiró. Había esperado que hubiera complicaciones desde que Norwyn le había dicho que tenía permiso de Jelwyn para matar a su testarudo primo si era necesario. Seguro que se lo había contado a toda la Guardia.
Como en respuesta a la bravuconada de la joven, unos fuertes golpes procedentes de la puerta exterior resonaron en toda la casa.
-¡Por las enaguas de Rhaynon, qué pronto ha reaccionado!
-Chicas, formalidad. Que nadie mate a nadie sin mi permiso. Y vigilad vuestro lenguaje, que os conozco.
Hacia el sur estaba Dagmar. Vidrena procuró suspirar en voz baja para no despertar a Garalay. Deseaba con todas sus fuerzas ir hacia el sur, a ver qué había hecho Alwaid con su castillo, sentir tierra ardiesa bajo sus pies y ver estrellas al levantar la cabeza por la noche. Pero no era posible. Cosas más importantes la esperaban en el norte.
-¿Pensando otra vez, Dren?
-¿Tú tampoco puedes dormir?
-De noche no -Alwaid miró a Garalay, que dormía hecha un ovillo al lado de los rescoldos de la hoguera- Es bonita, ¿verdad?
-No tiene más remedio, es mi tataranieta -Vidrena no pudo evitar un escalofrío. Hasta que había pronunciado la palabra, no se había dado cuenta de lo vieja que era ella en realidad. Miró a Alwaid-. Podrías haberme dejado morir, allí abajo. Te habría bastado con no matar a aquel bicho, o cerrarme la puerta de salida del túnel en las narices y dejar que la Fortaleza me aplastara.
-Sí, y luego vérmelas con una Lym furiosa. Ya has visto lo que puede hacer. -Garalay se removió inquieta en sueños y murmuró algo. Alwaid bajó la voz- ¿Sabes en qué nos estamos metiendo, Dren? -Vidrena no contestó-. No tenemos comida, no tenemos más armas que nuestras espadas y mi ballesta, y solo me dio tiempo a coger tres o cuatro dardos antes de que derribaras la Fortaleza...
-¿Tengo yo la culpa de que tu famosa fortaleza estuviera tan mal construida que se cayó al romperse una columna? -Alwaid apretó los labios y miró el fuego.- Improvisaremos.
Alwaid le devolvió la mirada.
-Improvisaremos -repitió- Bueno, es tu vida. Yo, como ya estoy muerta...
-¿Qué se siente?
-Es incómodo. No te imaginas lo difícil que es peinarse sin un espejo. Beber sangre tiene gracia los diez primeros años, pero con el tiempo se vuelve monótono. A veces sueño con ensaladas y filetes muy hechos. ¡Menos mal que nunca me ha gustado el ajo!
-Tendrá sus compensaciones.
Alwaid sonrió.
-Bueno, hasta hace un par de días, no tenía que preocuparme por que alguien me matase.
-De momento, puedes dormir tranquila.
-Quiero que sepas que solo cumplía con mi deber. Si hubiéramos estado en el mismo bando hasta me habrías caído bien. Incluso creo que empezabas a gustarme.
Vidrena pensó que prefería no saber qué le habría hecho Alwaid si ella no hubiera estado empezando a gustarle. Y aquello le recordó que hacía tiempo que quería preguntarle algo a su gemela maligna.
-¿Ella te habló alguna vez de Gartwyn?
No le había dado ninguna entonación especial, pero Alwaid sabía tan bien como ella a quién se refería el pronombre. Vidrena la notó un poco nerviosa al responder:
-¿A qué viene eso ahora?
-Cuando creyó que yo sería lo bastante mayor para entenderlo, mi abuelo me llevó a pasear donde no pudieran molestarnos y me dijo: "Dren, como sé que pronto comenzarás a oír cosas, voy a contarte la verdad antes de que lo haga otro". Y me explicó que nadie sabía quién era mi madre, excepto tal vez Dinel, y ella no quería decirlo, y que mi padre vivía en Crinale con su esposa y mis medio hermanos. Así que he pensado que tal vez a ti te ocurrió algo parecido.
Alwaid tardó tanto en contestar que Vidrena creyó que se había dormido.
-Ella me lo explicó todo desde el principio. Mi origen, sus motivos y mi misión en la vida. Me mostró varias veces a Gartwyn en el Espejo. Le Miraba a menudo. Incluso vimos cómo te quedabas paralizada como una idiota mientras aquella criatura le apuñalaba. ¿Qué te ocurrió, Dren? ¿Un ataque de miedo?
Vidrena resopló.
-Deberías haber conocido a Igron. Hacéis buena pareja.
De repente, le llegó una imagen a la mente. La cara de Tairwyn ante las ruinas de Graynan, y su juramento de vengarse de quien hubiera hecho aquello. Se preguntó si él consideraría una especie de traición que ella aún no hubiera clavado una estaca en el corazón de Alwaid.
-Tú has empezado -Alwaid sonrió-. ¿Sabes por qué ella no puede pronunciar tu nombre?
-¿Algún defecto en la lengua?
-Porque no es el que ella te dio. Fue Dinel quien te lo puso después de secuestrarte.
-Es curioso, Dinel lo llamó rescate.
-¿Nunca te has preguntado por qué te rescató a ti y no a mí? ¿Si se guió por algún criterio o se limitó a llevarse a la primera que vio? -Miles de veces, pensó Vidrena, pero no iba a reconocerlo ante Alwaid-. ¿Si te eligió porque la mayoría de los hombres se sienten más dispuestos a morir por una heroína rubia, o si lanzó una moneda al aire para decidirse? ¿Nunca te has preguntado si no eres yo por el espesor de una moneda?
-Seguro que hubo un motivo.
-Tu madre te llamó Asrin. Ése es el nombre que sabe pronunciar.
-Sus defectos de pronunciación no son problema mío.
Alwaid movió la cabeza.
-La legendaria testarudez ardiesa.
Ninguna de las dos volvió a hablar en toda la noche.
Kayleena les había hecho esperar. La Dama Gris observaba con disimulo cómo la vena de la frente de Dulyn se hinchaba cada vez más, hasta que Kayleena entró en la Sala. La Dama Gris no necesitó más que una ojeada para ver que ella también llevaba una escolta de siete. Yarla, Norwyn, tres chicas de la Guardia y dos jeddart del Valle.
Y Dulyn estaba a punto de hacer el idiota como siempre.
-Buenas noches, sobrino. ¿No podías dormir?
-Vamos al grano, Dama Kayleena. Quiero el Juramento. Ahora mismo.
Kayleena miró a la Dama Gris.
-Bienvenida, Artdia Comelt. ¿Has venido a visitar a tus compañeras?
-Déjate de evasivas, Kayleena. Mi tío ha enloquecido, Layda ha desaparecido y Jelwyn ha huido de Ardieor, así que yo soy el Señor de Ardieor -Kayleena ladeó la cabeza, con una semisonrisa incrédula-. Estoy esperando.
-Por mí puedes esperar a que te crezca barba y te llegue al suelo, sobrino. Si alguien tiene derecho a ser la Señora de Ardieor soy yo.
-Mi padre...
-Tu padre está muerto, Dulyn. Yo soy la pariente viva más cercana del Señor de Ardieor, así que el Sello me corresponde a mí. Recuerdas nuestras leyes y costumbres, ¿verdad?
Cuando Kayleena pronunciaba con tanta suavidad y delicadeza cada palabra, era el momento de correr para ponerse a salvo. Pero Dulyn debía estar en uno de sus días temerarios.
-Ya es hora de que algunas costumbres cambien.
-Los Aletnor de Dagmar hemos gobernado Ardieor desde el principio, y lo seguiremos gobernando mientras los ardieses quieran. No vamos a renunciar por el capricho del descendiente de una princesa deshonrada y del segundón de un hidalgüelo del Sur de Galenday.
Dulyn respingó como si le hubieran golpeado el codo contra algo puntiagudo. La Dama Gris, que, como todo Ardieor, sabía lo orgulloso que estaba Dulyn de su lejano parentesco con la Casa Real de Galenday, apenas pudo contener una sonrisa maliciosa. Y estuvo al borde de la risa histérica cuando vio que Kayleena miraba de soslayo a «Vidrena conquistando el Castillo Negro», tal vez temerosa de que la antigua Señora de Ardieor saltase del tapiz para vengar el insulto a su hermana.
-Di los Aletnor del Castillo Negro. ¿Por qué no reclamas de paso el trono de Ternoy? O mejor aún, ¿por qué no les entregas Lo que Queda de Ardieor? Después de todo, tus gloriosos antepasados ya entregaron el resto.
-Y tu anterior Dama Gris era una traidora.
La Dama Gris hizo un intento de llamada a la sensatez. La Orden estaba de parte de los Aletnor de Dagmar hasta la muerte y más allá, recordó. Pero las Damas Grises siempre habían guardado un poco de su lealtad para los Gobernadores de las ciudades donde vivían.
-¿Por qué no convocamos un Consejo y lo..?
Por una vez, Dulyn y Kayleena se mostraron de acuerdo.
-¡NO!
-Solo era una idea.
-Si no has venido a jurar lealtad hasta la muerte y más allá al verdadero Señor de Ardieor, es mejor que te vayas, sobrino. Y no regreses hasta que estés dispuesto a portarte como un jeddart.
La Dama Gris miró a su alrededor. Veía, lo mismo que debía estar viendo Dulyn, que a la escolta de siete se habían unido al menos otros siete jeddart, todos con la misma expresión ceñuda que Norwyn y las manos en las empuñaduras de sus espadas. Una persona sensata, pensó, ya estaría doblando la rodilla. Pero estaban tratando con Dulyn de Comelt.
-Nos vamos. Pero si nosotros no podemos entrar en esta casa, Señora, tú no podrás salir. Artdia Comelt, nos vamos.
Ella sintió que se le secaba la garganta. Notó las miradas fijas en ella, los alientos contenidos en espera de una respuesta. Incluso creyó oír los latidos de los corazones.
-No.
Dulyn inclinó la cabeza. La Dama Gris supuso que ya se lo esperaba.
-Como quieras.
Y él y su escolta salieron con las barbillas apuntando al cielo y las espaldas rectas como lanzas.
Hasta la semana que viene.
CAPÍTULO 6
Problemas, problemas... ¿acaso la vida es otra cosa que un gran problema? (Arnthorn el intrépido)
La Reina Madre de Galenday se había despertado temprano, había cumplido con sus ya escasos deberes protocolarios (un par de audiencias y una docena de cartas) y se había sentado en la terraza a bordar un poco antes de que comenzara a molestarla todo el mundo. Sabía que podía estar tranquila mientras las princesas y los pequeños nobles sufrían sus clases, los entrenamientos con las armas y demás obligaciones que los mantenían ocupados hasta el mediodía.Problemas, problemas... ¿acaso la vida es otra cosa que un gran problema? (Arnthorn el intrépido)
No sabía que él ya había llegado a Crinale, así que se sorprendió al verle andando por el jardín, pero no tanto como cuando se detuvo a un par de pasos de ella, con expresión severa, y dijo con voz grave:
-Vos lo sabíais.
Sonaba como una acusación. La anciana Reina levantó la cabeza del bordado y contempló a su segundo nieto, embutido en su deslumbrante armadura, con el casco bajo el brazo y las espuelas más afiladas de Galenday.
-¿A qué os referís, Alteza?
-No os hagáis la tonta, Majestad, sabéis a qué me refiero.
-Mi Señor, sé muchas cosas, pero no puedo reconocer que las sé si no me decís cuál de todas creéis que sé.
Le habría invitado a sentarse a su lado, pero sabía que con aquella armadura (¡por los mil dioses! ¿Qué hacía él con armadura a aquellas horas?) iba a necesitar ayuda para levantarse.
-Dónde está Níkelon. Sé que lo sabéis. No es posible que vuestra amiga Dinel no os lo haya dicho. Si es que no lo habéis planeado entre las dos.
-Está bien, lo reconozco. Sé dónde se supone que debería estar vuestro hermano -Apartó el bordado y se levantó para mirarlo a los ojos- ¿Tenéis algo más que preguntarme?
-He perdido casi un mes buscándole en Galenday. ¿Por qué no me dijisteis desde el principio que fue secuestrado por un ardiés? ¿Por qué he tenido que enterarme por las habladurías de un juglar borracho?
-¿Un juglar?
-Estaba durmiendo en el establo aquella noche y oyó lo que ocurría. Me contó que había oído ruido de lucha, a Níkelon suplicando por su vida y al ardiés ordenándole que le acompañase. ¡Oh, abuela! ¿Cómo se puede consentir tal afrenta?
-No, no lo habéis entendido bien, estoy segura de que no ocurrió así...
Anhor sonrió.
-Habéis guardado el secreto en vano. Cuando le he contado a Su Majestad lo que le ocurrió a Níkelon en Gueldou, me ha ordenado partir a Ardieor enseguida para rescatarle. Mi escolta y yo partiremos dentro de una hora, y poco después saldrán mensajeros hacia todos los Señoríos de Galenday.
-¿Para qué? -preguntó la Reina, aunque ya se lo temía.
-¿Para qué creéis? Esos malditos traidores van a devolvernos a Níkelon aunque tenga que retarles a duelo uno a uno.
*****
Vidrena había esperado que la caída de la Fortaleza hubiera producido una gran conmoción en los Pantanos. Al menos, una cierta sensación de libertad en la atmósfera, o de limpieza en el aire. Pero el olor a putrefacción, el aspecto enfermizo de todo lo que la rodeaba y el burbujeo de los gases en las aguas cenagosas permanecían tal como ella lo recordaba.Y además estaba hambrienta. Habían estado caminando, guiadas por Alwaid, todo el día, hasta el gris atardecer de los Pantanos. Por el camino habían recogido unas cuantas ramas secas, o por lo menos todo lo secas que podían estar allí, y Vidrena había tenido la paciencia de frotar las que parecían más secas hasta hacer brotar una llama.
-Una lástima que no tengáis nada que asar en ella -bromeó Alwaid, que, como aún no había terminado de digerir su comida, podía sentirse generosa con las dos humanas hambrientas.
-¿Qué tal tu lengua?
-No os la aconsejo, dicen que es venenosa.
La situación era estúpida, pensó Vidrena, ellas tres solas mientras atardecía, alrededor de una hoguera de segunda clase, sin comida, sin mantas, ni agua digna de tal nombre. Sin poder hacer otra cosa que mirarse las caras, y, maldita fuera ella, la de Alwaid la conocía demasiado bien, y la de la Lym le traía malos recuerdos.
Garalay estaba mirando la espada del muerto. Al principio, Vidrena había tenido la esperanza de que fuera un arma mágica, pero lo único prodigioso en aquella espada era el hecho de que pudiera soportar tanto óxido sin caerse a pedazos.
Vidrena sonrió.
-¿Te importaría demostrarme lo que te han enseñado a hacer con una espada?
-Solo recibí dos años de Adiestramiento.
Vidrena se levantó.
-Hagamos un poco de ejercicio.
Alwaid arqueó las cejas.
-¿Aún no has hecho bastante ejercicio?
Garalay miró a los ojos de Vidrena. Reconocía aquella mirada. La había visto miles de veces en los ojos de su padre y sus hermanos, incluso en los de Kayleena. Vidrena quería divertirse.
Suspiró, de forma que su verdadera opinión quedase bien clara, y se levantó. Adoptó la posición de "en guardia" tal como la recordaba. Vidrena alzó las cejas en señal de desaprobación.
-¡Esa espada más alta! -Garalay tragó saliva y obedeció- ¡Y esos pies más separados!
Hasta que Garalay no estuvo en la posición que consideró correcta, Vidrena no desenvainó a Wirda. El ataque fue tan fulminante que Garalay ni siquiera pudo explicarse cómo había volado la espada de su mano.
-¿Ya no os explican aquello de que una espada es como un pájaro?
Vidrena recogió la espada del suelo y se la entregó a Garalay. Aquella vez la lym se defendió algo mejor, pero su espada volvió al suelo.
Alwaid carraspeó.
-Perdón por interrumpir, pero me ha picado la curiosidad. ¿Qué clase de pájaro?
-Uno de esos pequeños y delicados, pero muy listos. Si lo aprietas demasiado, se muere. Si no lo aprietas lo bastante... vuela.
Por tercera vez, la espada de Garalay se convirtió en pájaro.
Alwaid se rió con tantas ganas que casi cayó de espaldas.
Una violenta oleada de sangre subió a la cabeza de Garalay. Por muy antepasada suya que fuera, no iba a dejar que Vidrena la pusiera en ridículo delante de la Señora de los Pantanos.
-¡No necesito saber manejar una espada! ¡Soy una lym!
Alargó la mano, y su espada se alzó del suelo y voló hacia ella, mientras Wirda huía de la mano de Vidrena y se clavaba donde antes había estado la otra. Con una sonrisa siniestra, Garalay apoyó la punta de su espada en la garganta de Vidrena.
Los ojos de Vidrena estaban llenos de miedo, pero Garalay sintió que no temía a su espada.
-¿Quién eres?
Por un breve instante, cuando se había despertado en el Mundo Borroso, Vidrena ya la había mirado de aquella manera.
-La lym de la Dama gris de Dagmar, ¿recuerdas? Te lo dije. Pero si te refieres a mi verdadero nombre, mi madre me llamó Dagmar.
-Lo sabía -murmuró Vidrena.
-Pero mis amigos me llaman Garalay.
Vidrena apartó la espada con el canto de la mano.
-Yo te llamaré Lym. -Se inclinó, recogió a Wirda del suelo y la envainó-. Es lo que eres, ¿no?
Garalay se sintió más estúpida que nunca en su vida. Más estúpida incluso que aquella tarde con Níkelon en el Círculo de Piedras.
-Lo siento, Dren, no sé lo que me ha ocurrido.
-No importa.
-Dren, yo...
Nunca llegó a terminar la frase. Un súbito dolor, como si la hubiera atravesado una hoja de acero al rojo, la hizo caer de rodillas. Desde muy lejos, oyó la voz de Alwaid.
-¿Qué le ocurre?
Vidrena la hizo callar con un solo gesto. Garalay levantó la cabeza. Parecía estar llorando. A la luz del fuego, Vidrena creyó ver hasta las lágrimas, unas gruesas lágrimas rojas que resbalaban por las mejillas, la nariz, la barbilla, y caían sobre la ropa sin mancharla.
-Creía que vosotras no podíais hacer eso.
-Yo también lo creía.
Una parte de Garalay las estaba oyendo y se preguntaba de qué estaban hablando. La otra estaba en el Valle de Katerlain, mirando cómo el Señor de Ardieor luchaba con Lajja. Vio cómo él la miraba, y leyó en su mirada que él la había visto, y también que aquella lucha era más que nada una cuestión de principios. El veneno de las Damas Grises fluía por sus venas, paralizando su cuerpo poco a poco, helando su corazón. Como si fuera necesario, pensó la parte de Garalay que sabía que estaba en los Pantanos.
El Señor de Ardieor cayó muerto al suelo. Garalay se cubrió la cara con las manos, y cuando la levantó, Vidrena no se sorprendió al no ver ni rastro de lágrimas en ella.
-¿Quién?
Garalay se lo dijo. Vidrena se mordió los labios.
-Una más en la cuenta de Mami.
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Las jeddart de la Guardia de Kayleena se consideraban a si mismas muy especiales. Para empezar, eran la única Compañía de Ardieor integrada solo por mujeres, y ni siquiera se las llamaba Compañía, entre otras cosas porque no tenían Capitana fija. El cargo correspondía por turnos trimestrales a todas las que hubieran permanecido más de tres años en la Guardia.Aquel trimestre, la Capitana de la Guardia de Kayleena era Yarla Andlier, de veinticuatro años, nariz respingona, pelirroja, con una sorprendente escasez de pecas en la cara y una no tan sorprendente escasez de rodeos y contemplaciones. Una fea cicatriz en su muslo derecho y otra en el hombro, muy cerca del cuello, aparte de otras casi invisibles en diversas partes de su cuerpo, demostraban que al menos de temeridad no andaba escasa.
En su calidad de Capitana, le había correspondido dar la bienvenida a Norwyn y la Segunda del Valle, y todos sus acompañantes, acomodarles lo mejor que había podido en la Casa Aletnor, escoger una pequeña escolta para Lym Vaidnel, que insistía en ir al Castillo a entregar su mensaje a la Dama Gris a pesar de la hora que era, y tratar de escuchar con el oído pegado a la cerradura de los aposentos de Kayleena qué demonios había ocurrido para que se presentaran de madrugada, con tanta gente y al parecer, para quedarse.
Cuando regresó al dormitorio común de la Guardia, sus mejillas se habían vuelto del color del pergamino. Cuando terminó de contarles a sus compañeras que el Señor de Ardieor había sido depuesto, que el Hechizo del Valle se había roto, Layda había sido secuestrada, Jelwyn se había ido a buscarla y nadie sabía dónde estaban Garalay, el Sello Ardiés ni Níkelon (aunque Nor sospechaba que el galendo se había ido con Jelwyn), todas se quedaron igual de pálidas.
Las que permanecían sentadas, se levantaron de un salto al percibir los pasos que se acercaban, y cuando Kayleena entró, las cien jeddart se dejaron caer sobre una sola rodilla (un jeddart nunca se arrodilla del todo) e inclinaron la cabeza.
-No hagáis tonterías, no soy la Señora de Ardieor. Solo he aceptado representarle hasta que regrese.
-¿Y si no..?
-Lo hará. Jelwyn no es de los que se dejan matar. Ahora estad preparadas. Tengo el presentimiento de que Dulyn vendrá muy pronto a reclamar lo que cree que le pertenece.
-¡Que lo intente! -La jeddart sonrió de una forma que dejaba ver más de lo deseable una feroz dentadura- Se va a enterar de lo que es bueno.
Kayleena levantó la mirada y suspiró. Había esperado que hubiera complicaciones desde que Norwyn le había dicho que tenía permiso de Jelwyn para matar a su testarudo primo si era necesario. Seguro que se lo había contado a toda la Guardia.
Como en respuesta a la bravuconada de la joven, unos fuertes golpes procedentes de la puerta exterior resonaron en toda la casa.
-¡Por las enaguas de Rhaynon, qué pronto ha reaccionado!
-Chicas, formalidad. Que nadie mate a nadie sin mi permiso. Y vigilad vuestro lenguaje, que os conozco.
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Vidrena no tenía sueño. Nadie lo tendría después de haber dormido cien años, pero ni siquiera antes Vidrena había sido de las que duermen toda la noche. Levantó la cabeza para mirar las estrellas, solo para recordar que en Ternoy no las había.Hacia el sur estaba Dagmar. Vidrena procuró suspirar en voz baja para no despertar a Garalay. Deseaba con todas sus fuerzas ir hacia el sur, a ver qué había hecho Alwaid con su castillo, sentir tierra ardiesa bajo sus pies y ver estrellas al levantar la cabeza por la noche. Pero no era posible. Cosas más importantes la esperaban en el norte.
-¿Pensando otra vez, Dren?
-¿Tú tampoco puedes dormir?
-De noche no -Alwaid miró a Garalay, que dormía hecha un ovillo al lado de los rescoldos de la hoguera- Es bonita, ¿verdad?
-No tiene más remedio, es mi tataranieta -Vidrena no pudo evitar un escalofrío. Hasta que había pronunciado la palabra, no se había dado cuenta de lo vieja que era ella en realidad. Miró a Alwaid-. Podrías haberme dejado morir, allí abajo. Te habría bastado con no matar a aquel bicho, o cerrarme la puerta de salida del túnel en las narices y dejar que la Fortaleza me aplastara.
-Sí, y luego vérmelas con una Lym furiosa. Ya has visto lo que puede hacer. -Garalay se removió inquieta en sueños y murmuró algo. Alwaid bajó la voz- ¿Sabes en qué nos estamos metiendo, Dren? -Vidrena no contestó-. No tenemos comida, no tenemos más armas que nuestras espadas y mi ballesta, y solo me dio tiempo a coger tres o cuatro dardos antes de que derribaras la Fortaleza...
-¿Tengo yo la culpa de que tu famosa fortaleza estuviera tan mal construida que se cayó al romperse una columna? -Alwaid apretó los labios y miró el fuego.- Improvisaremos.
Alwaid le devolvió la mirada.
-Improvisaremos -repitió- Bueno, es tu vida. Yo, como ya estoy muerta...
-¿Qué se siente?
-Es incómodo. No te imaginas lo difícil que es peinarse sin un espejo. Beber sangre tiene gracia los diez primeros años, pero con el tiempo se vuelve monótono. A veces sueño con ensaladas y filetes muy hechos. ¡Menos mal que nunca me ha gustado el ajo!
-Tendrá sus compensaciones.
Alwaid sonrió.
-Bueno, hasta hace un par de días, no tenía que preocuparme por que alguien me matase.
-De momento, puedes dormir tranquila.
-Quiero que sepas que solo cumplía con mi deber. Si hubiéramos estado en el mismo bando hasta me habrías caído bien. Incluso creo que empezabas a gustarme.
Vidrena pensó que prefería no saber qué le habría hecho Alwaid si ella no hubiera estado empezando a gustarle. Y aquello le recordó que hacía tiempo que quería preguntarle algo a su gemela maligna.
-¿Ella te habló alguna vez de Gartwyn?
No le había dado ninguna entonación especial, pero Alwaid sabía tan bien como ella a quién se refería el pronombre. Vidrena la notó un poco nerviosa al responder:
-¿A qué viene eso ahora?
-Cuando creyó que yo sería lo bastante mayor para entenderlo, mi abuelo me llevó a pasear donde no pudieran molestarnos y me dijo: "Dren, como sé que pronto comenzarás a oír cosas, voy a contarte la verdad antes de que lo haga otro". Y me explicó que nadie sabía quién era mi madre, excepto tal vez Dinel, y ella no quería decirlo, y que mi padre vivía en Crinale con su esposa y mis medio hermanos. Así que he pensado que tal vez a ti te ocurrió algo parecido.
Alwaid tardó tanto en contestar que Vidrena creyó que se había dormido.
-Ella me lo explicó todo desde el principio. Mi origen, sus motivos y mi misión en la vida. Me mostró varias veces a Gartwyn en el Espejo. Le Miraba a menudo. Incluso vimos cómo te quedabas paralizada como una idiota mientras aquella criatura le apuñalaba. ¿Qué te ocurrió, Dren? ¿Un ataque de miedo?
Vidrena resopló.
-Deberías haber conocido a Igron. Hacéis buena pareja.
De repente, le llegó una imagen a la mente. La cara de Tairwyn ante las ruinas de Graynan, y su juramento de vengarse de quien hubiera hecho aquello. Se preguntó si él consideraría una especie de traición que ella aún no hubiera clavado una estaca en el corazón de Alwaid.
-Tú has empezado -Alwaid sonrió-. ¿Sabes por qué ella no puede pronunciar tu nombre?
-¿Algún defecto en la lengua?
-Porque no es el que ella te dio. Fue Dinel quien te lo puso después de secuestrarte.
-Es curioso, Dinel lo llamó rescate.
-¿Nunca te has preguntado por qué te rescató a ti y no a mí? ¿Si se guió por algún criterio o se limitó a llevarse a la primera que vio? -Miles de veces, pensó Vidrena, pero no iba a reconocerlo ante Alwaid-. ¿Si te eligió porque la mayoría de los hombres se sienten más dispuestos a morir por una heroína rubia, o si lanzó una moneda al aire para decidirse? ¿Nunca te has preguntado si no eres yo por el espesor de una moneda?
-Seguro que hubo un motivo.
-Tu madre te llamó Asrin. Ése es el nombre que sabe pronunciar.
-Sus defectos de pronunciación no son problema mío.
Alwaid movió la cabeza.
-La legendaria testarudez ardiesa.
Ninguna de las dos volvió a hablar en toda la noche.
*****
Dulyn había irrumpido en la habitación de la Dama Gris mientras ella hacía inventario de las existencias de hierbas medicinales. La joven había dado órdenes de que no la molestasen, pero al ver la cara de Dulyn se había tragado la protesta. No se había quejado cuando él la había casi arrastrado al patio de armas con bruscos modales ni cuando había visto que allí les esperaban ni más ni menos que siete jeddart. Así que esas tenemos, había pensado mientras cabalgaban al paso hasta la Casa Aletnor. Iba a ser divertido.Kayleena les había hecho esperar. La Dama Gris observaba con disimulo cómo la vena de la frente de Dulyn se hinchaba cada vez más, hasta que Kayleena entró en la Sala. La Dama Gris no necesitó más que una ojeada para ver que ella también llevaba una escolta de siete. Yarla, Norwyn, tres chicas de la Guardia y dos jeddart del Valle.
Y Dulyn estaba a punto de hacer el idiota como siempre.
-Buenas noches, sobrino. ¿No podías dormir?
-Vamos al grano, Dama Kayleena. Quiero el Juramento. Ahora mismo.
Kayleena miró a la Dama Gris.
-Bienvenida, Artdia Comelt. ¿Has venido a visitar a tus compañeras?
-Déjate de evasivas, Kayleena. Mi tío ha enloquecido, Layda ha desaparecido y Jelwyn ha huido de Ardieor, así que yo soy el Señor de Ardieor -Kayleena ladeó la cabeza, con una semisonrisa incrédula-. Estoy esperando.
-Por mí puedes esperar a que te crezca barba y te llegue al suelo, sobrino. Si alguien tiene derecho a ser la Señora de Ardieor soy yo.
-Mi padre...
-Tu padre está muerto, Dulyn. Yo soy la pariente viva más cercana del Señor de Ardieor, así que el Sello me corresponde a mí. Recuerdas nuestras leyes y costumbres, ¿verdad?
Cuando Kayleena pronunciaba con tanta suavidad y delicadeza cada palabra, era el momento de correr para ponerse a salvo. Pero Dulyn debía estar en uno de sus días temerarios.
-Ya es hora de que algunas costumbres cambien.
-Los Aletnor de Dagmar hemos gobernado Ardieor desde el principio, y lo seguiremos gobernando mientras los ardieses quieran. No vamos a renunciar por el capricho del descendiente de una princesa deshonrada y del segundón de un hidalgüelo del Sur de Galenday.
Dulyn respingó como si le hubieran golpeado el codo contra algo puntiagudo. La Dama Gris, que, como todo Ardieor, sabía lo orgulloso que estaba Dulyn de su lejano parentesco con la Casa Real de Galenday, apenas pudo contener una sonrisa maliciosa. Y estuvo al borde de la risa histérica cuando vio que Kayleena miraba de soslayo a «Vidrena conquistando el Castillo Negro», tal vez temerosa de que la antigua Señora de Ardieor saltase del tapiz para vengar el insulto a su hermana.
-Di los Aletnor del Castillo Negro. ¿Por qué no reclamas de paso el trono de Ternoy? O mejor aún, ¿por qué no les entregas Lo que Queda de Ardieor? Después de todo, tus gloriosos antepasados ya entregaron el resto.
-Y tu anterior Dama Gris era una traidora.
La Dama Gris hizo un intento de llamada a la sensatez. La Orden estaba de parte de los Aletnor de Dagmar hasta la muerte y más allá, recordó. Pero las Damas Grises siempre habían guardado un poco de su lealtad para los Gobernadores de las ciudades donde vivían.
-¿Por qué no convocamos un Consejo y lo..?
Por una vez, Dulyn y Kayleena se mostraron de acuerdo.
-¡NO!
-Solo era una idea.
-Si no has venido a jurar lealtad hasta la muerte y más allá al verdadero Señor de Ardieor, es mejor que te vayas, sobrino. Y no regreses hasta que estés dispuesto a portarte como un jeddart.
La Dama Gris miró a su alrededor. Veía, lo mismo que debía estar viendo Dulyn, que a la escolta de siete se habían unido al menos otros siete jeddart, todos con la misma expresión ceñuda que Norwyn y las manos en las empuñaduras de sus espadas. Una persona sensata, pensó, ya estaría doblando la rodilla. Pero estaban tratando con Dulyn de Comelt.
-Nos vamos. Pero si nosotros no podemos entrar en esta casa, Señora, tú no podrás salir. Artdia Comelt, nos vamos.
Ella sintió que se le secaba la garganta. Notó las miradas fijas en ella, los alientos contenidos en espera de una respuesta. Incluso creyó oír los latidos de los corazones.
-No.
Dulyn inclinó la cabeza. La Dama Gris supuso que ya se lo esperaba.
-Como quieras.
Y él y su escolta salieron con las barbillas apuntando al cielo y las espaldas rectas como lanzas.
Hasta la semana que viene.

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