Monday, May 01, 2006

Resumen del capítulo 7, y Capítulo 8

En el capítulo anterior: Jelwyn, Briana y Níkelon se encontraron por fin con la gente a la que se supone que tienen que "liberar", y más o menos al mismo tiempo, Anhor llegó a Ardieor y conoció a Dayra de una forma no muy digna.

CAPÍTULO 8
Tranquilas, señoras, vuestro honor está a salvo (Jalen y Hindy).

Era una noche tranquila en "La espada partida". De hecho era una noche tan tranquila que el tabernero, sus dos hijos, su hija y las dos camareras estaban sentados alrededor de una de las mesas jugando a los dados. Como el tabernero era muy escrupuloso con ciertas cosas, las apuestas se realizaban con garbanzos secos. Su hija iba ganando.
El perro, que dormitaba junto a la chimenea, levantó la cabeza, enderezó las orejas y ladró. Poco después, la puerta se abrió y una ráfaga de viento acompañó al interior de la taberna a siete jeddart y a un completo desconocido. Uno de los jeddart apartó la capucha que cubría su cara. Al reconocer a la Gobernadora Dayra, el tabernero sonrió como un profesional e hizo una reverencia.
-¡Señora! ¡Cuánto honor volver a verte! ¿Cuándo has llegado?
-Acabo de llegar.
Dayra hizo un gesto a sus acompañantes y se sentaron alrededor de la mesa más cercana a la chimenea. El perro se les acercó moviendo la cola. Dayra le rascó entre las orejas.
-Hola, "Bicho".
-¿Qué va a ser? -El tabernero, con las prisas, se había atado mal el delantal pero confiaba en que sus clientes no lo notasen- ¿Sidra, vino, cerveza, Reserva Especial? ¿Algo de comer?
-Buena idea. Trae algo de comer, lo que tengas preparado. Y vino para todos.
-Como ordenes, señora. ¿Mandas algo más?
-Sí, me gustaría saber dónde está todo el mundo.
-Ay señora mía, estos son tiempos terribles. Que las Tres me libren de criticarle, pero ya sabes que mis mejores clientes son los jeddart, y entre los que están sitiados en la Casa Aletnor, los sitiadores y los que están siempre de guardia en el Castillo...
-¿De qué estás hablando? No entiendo nada.
-Oh, lo siento, olvidaba que no estabais aquí cuando empezó. Y va cada vez a peor. Anteayer intentaron una salida, dicen que ha habido heridos, aunque no puedo asegurarlo, no les he visto. Y la gente está empezando a pensar cosas, señora. Es intolerable lo que está ocurriendo, y cuando la gente piensa... -En aquellos momentos, Dayra habría golpeado al tabernero en su gorda narizota. Él pareció darse cuenta de que la integridad de su nariz estaba en peligro, se detuvo en plena perorata y comenzó otra vez.- El Gob... El Señor Dulyn ha sitiado la Casa Aletnor hasta que la Señora... Dama Kayleena... le jure lealtad como Señor de Ardieor. Las Damas Grises están encerradas en la Casa, con Kayleena, y se dice que algo horrible ha ocurrido en el Valle. El Señor de Ardieor, el Capitán Heryn, quiero decir, ha renunciado, Jelwyn se ha ido y no se sabe nada de Garalay ni de la pequeña Layda.
-¿Se han vuelto todos locos?
El tabernero hizo una mueca poco comprometedora. En su opinión, loco era una palabra demasiado corta para lo que le estaba ocurriendo a aquella familia, empezando por el propio Dulyn.
Dayra suspiró.
-Sírvenos la cena.
Lo primero es lo primero. Cuando tuviera el estómago más lleno y la garganta menos seca, ya pensaría en algún modo de arreglar las cosas.
O al menos de desempeorarlas un poco.
*****
-Le voy a sacar los ojos.
Como amigos del Liberador de los Pantanos, Jelwyn y Briana habían sido alojados en una choza cuyos propietarios se habían mudado a la de unos familiares, según les hicieron entender. Níkelon se había ido a dormir a la del que parecía el jefe de la aldea.
Después de la cena, las brasas de la hoguera habían sido repartidas entre todos las chozas y depositadas en un hondo hueco en el centro de cada una. A su débil luz, Jelwyn advirtió que lo único parecido a muebles que había allí eran pieles de distintos tamaños, cestos y cántaros. De las paredes colgaban lanzas, arcos y flechas, y algo de sospechoso parecido con cañas de pescar.
-¡No! -ordenó Jelwyn al ver que Briana iba a acostarse en el lado izquierdo del jergón que iban a compartir aquella noche- Yo dormiré del lado de la puerta.
-Como gustéis.
Briana rodó hasta el otro lado.
Jelwyn se apartó de la entrada de la choza y dejó caer la cortina de juncos que servía de puerta. Luego, con toda la naturalidad del mundo, se sentó en su lado del jergón, desenvainó la espada, se quitó las botas, se tendió al lado de Briana con la mano izquierda apoyada en la empuñadura de su espada y cubrió a ambos con la piel que en aquel lugar debía hacer el papel de manta.
-¿No confiáis en esta gente? Parecen buenas personas.
-Es posible que estas buenas personas tengan visitantes que no lo sean tanto.
Briana se estremeció al recordar a los trhogol.
-¿De verdad Níkelon va a quedarse con ellos?
-Para eso está aquí.
-A mí no me parece muy convencido.
Jelwyn pensó que a él tampoco se lo parecía. Níkelon le había parecido más asustado que decidido a liberar a nadie de nada. Tenía ganas de volver a ver a Garalay aunque solo fuera para decirle que él ya le había advertido que cometía un error.
-Buenas noches, Bri -murmuró, y se volvió de cara a la puerta.
Poco tiempo después, estaba dormido.
Briana despertó sobresaltada cuando él le dio una patada en la espinilla. Estuvo a punto de protestar, pero se dio cuenta de que él estaba dormido y al parecer sufriendo una pesadilla. Se agitaba, suplicaba en voz baja, y parecía sufrir tanto que a Briana se le hizo un nudo en la garganta. De repente, el Signo comenzó a cosquillear en su muñeca, y a la débil luz de las brasas, Briana vio cómo su mano, como si tuviera voluntad propia, se acercaba poco a poco a la sudorosa frente de Jelwyn. Sintió un golpe en el estómago cuando sus dedos rozaron la piel del ardiés.
Había oído hablar de cosas como aquella. Le habían advertido que no debía jugar con ellas, que entrar en otra mente podía costarle la locura o algo peor. Pero estaba dispuesta a arriesgarse.
Sintió en la cara un viento frío, que olía a carne y madera quemadas. Su caballo galopaba, pero los cascos se habían pegado al suelo y no iba a llegar nunca a su destino. Briana estuvo a punto de apartar la mano para no seguir sintiendo aquello, pero la mano se negó a moverse de donde estaba, y la obligó a mirar a los ojos muertos de aquella joven clavada de un lanzazo en el vientre en un viejo roble moribundo y cargado de muérdago.
Jelwyn gritó y se incorporó de un salto.
-¡Jaysa!
Briana apartó la mano esperando que él no hubiera notado su intromisión, pero Jelwyn se limitó a mirarla como si la viera borrosa y se dejó caer de nuevo sobre el jergón.
-Lo siento, Bri, ¿te he despertado?
-No, ya estaba despierta. ¿Qué os ocurría?
-Pesadillas.
Briana sabía que no debía preguntarlo, que lo más sensato era darse media vuelta y cerrar los ojos, pero...
-¿Quién es Jaysa?
Jelwyn cerró los ojos, y por un momento Briana temió que se hubiera dormido.
-Era mi esposa.
-¿La madre de Layda?
-Murió en combate. La mató tu amable caballero negro de Dagmar.
Briana prefirió creer que en realidad él no tenía intención de ofenderla, ni estaba enfadado con ella.
-Y no pudisteis hacer nada para evitarlo.
-¿Cómo lo sabes?
Briana pensó un momento antes de contestar.
-Si no hubiera sido así no tendríais pesadillas. Liatan también tenía pesadillas a veces.
-¿Liatan?
La voz de Jelwyn había sonado interesada. Briana supuso que en aquel momento, él deseaba hablar de cualquier cosa que no le hiciera pensar en sus propias pesadillas.
-Mi compañera de celda en el Templo de la Dama de Plata.
-¿Vivías en un templo? ¿Qué eres, una especie de sacerdotisa?
Por suerte, pensó Briana, podía controlar la expresión de su cara.
-No. El Templo tiene la costumbre de acoger a las... huérfanas.
-¿No tienes familia?
¿Quién me mandaba hablarle de esto? se preguntó Briana.
-Mi madre murió poco después de que yo naciera. Nunca dijo quién había sido mi padre. Tal vez alguien que pasaba por allí. Su familia me entregó al Templo para tratar de olvidar la deshonra.
-Y por pura casualidad fuiste elegida por sorteo para convertirte en una ofrenda al mar -Briana no hubiera sabido decir si aquella voz le parecía sarcástica o tan solo amarga.
-Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo.
-Aquella mañana durante el desayuno dijiste que debía ser elegida una chica de buena familia.
Briana había estado temiendo aquello desde que él había comenzado a interrogarla. Maldita sea su memoria, pensó. Jelwyn debía de ser una de esas personas que con un mínimo esfuerzo pueden recordar hasta su propio nacimiento.
-Mi madre era una de las hijas del anterior rey. La heredera al trono. Supongo que mis tíos temían que yo quisiera reclamar alguna clase de... derechos.
-¿Por eso quieres volver a Lossián? ¿Para reclamar tus derechos?
Briana ni siquiera había pensado en ello.
-No. Quiero... Quiero volver para hacerles pagar todo lo que me han hecho. Quiero arrancarle el corazón a mi tío y a mi prima Brela con mis propias manos y reducir a cenizas el Templo, arrasar las Islas Occidentales, aniquilar a los kashis, regresar a... Dagmar y pulverizar hasta su última piedra. Quiero...
-Bueno, ahora sé lo que yo no quiero. No quiero ofenderte por nada del mundo.
Briana no pudo evitar reírse.
-¿Os importaría que no siguiera hablando? No me siento cómoda con esta conversación.
-Como quieras.
Jelwyn volvió a darse la vuelta, cara a la entrada de la choza. Briana permaneció tendida mirando al techo.
Idiota, dijo la voz de la Suma Sacerdotisa, puede que él ya no esté casado, pero vos seguís estando prometida. Y además, aún la quiere.
Vaya, cuanto tiempo que no os oía, Señora.
Dejad la ironía aparte, Briana.
Señora, mi prometido cree que estoy muerta, y a estas alturas ya debe estar cortejando a Brela.
No hubo una ruptura oficial.
Pero la habrá, aseguró Briana, en cuanto regrese a Lossián habrá una ruptura tan oficial que hasta los Piratas se enterarán, ya lo creo que sí.
¿Y luego qué?
Ya pensaré en eso cuando llegue “luego”. Callaos de una vez.
-¿Bri?
Debía haberlo dicho en voz alta.
-No ocurre nada, Jelvin, solo pesadillas.
Briana oyó como Jelwyn se daba la vuelta, y luego sintió cómo la rodeaba con un brazo. Todos sus músculos se tensaron, pero si Jelwyn se dio cuenta, no hizo ningún comentario. La voz de la Sacerdotisa comenzó a protestar, pero Briana la acalló con lo más parecido a un bofetón mental que conocía. Poco después, estaba dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Jelwyn.
*****
Anhor tenía la cabeza a punto de estallar. Dayra había conseguido lo que Dulyn llamaba un “salvoconducto” en su peculiar estilo pomposo y le había llevado a la Casa Aletnor, donde esperaba encontrar a quien le diera información sobre lo que había ocurrido con Níkelon. Anhor había pasado la mañana en una amplia Sala, bajo la mirada iracunda de una dama que trataba de aplastar un castillito, escuchando lo que de Níkelon tenían que contarle cuatro Damas Grises, una Lym y no menos de dos docenas de jeddart. Durante su viaje por Galenday, Anhor había descubierto que, a su manera despistada e inocente, Níkelon había hecho estragos en los tiernos corazoncitos de jóvenes damas y doncellas. Como conocía a las jóvenes damas y doncellas de Galenday, la noticia no le había sorprendido mucho. Pero descubrir que había guerreros hechos y derechos que le admiraban, toda una Orden de hechiceras que le habían elegido nada menos que para salvar el mundo y una princesa que se había comprometido a casarse con él (aunque sobre este particular las Damas Grises no habían entrado en detalles y le habían suplicado el más riguroso secreto) era más de lo que el mejor caballero de Galenday podía asimilar en una mañana. Y eso sin entrar en el asunto de quién demonios en Tredac estaba vendiendo vino a Ternoy, qué más le estaría vendiendo y quién más aparte de él y de los anteriores Señores de Gueldou estaría vendiéndole algo.
Norwyn dejó la copa de vino sobre la mesa.
-Está bueno.
Anhor lo habría dicho con más palabras, entre las cuales se habrían encontrado al menos "afrutado" y "retronasal", aunque no supiera el significado de "retronasal".
-Nikwyn habla mucho de ti, ¿sabes?
-¿De veras?
Norwyn bebió otro sorbo.
-Oh, sí, eres su héroe. Le dice a cualquiera que pueda oírle lo maravilloso que eres. Casi no se le nota cuánto te envidia.
Anhor no contestó. Siempre había sabido que todos en Crinale le envidiaban, incluyendo a sus hermanos, y eso hacía aún más mortificante lo ocurrido con Dayra en el Puente. Si en Crinale llegaban a enterarse de que había sido vencido por una mujer con una espada, Anhor iba a tener que tomar medidas. Dudaba entre el exilio, el suicidio o amenazar con el desafío a cualquier imbécil que osase recordarle el incidente. Terminó la conversación lo más deprisa que pudo sin ser grosero y se reunió con Dayra.
No dijo nada hasta que estuvieron a medio camino del castillo.
-Háblame de ese lugar. De... ¿Cómo dijiste que se llamaba?
-Ternoy. ¿Qué quieres saber?
-Cómo llegar.
-Es fácil. Solo tienes que viajar hacia el norte hasta que te encuentres con el Therdeblut, pasarlo y ya estás allí -Dayra entornó los ojos-. No estarás pensando en ir, ¿verdad?
-He venido a buscar a Níkelon y no volveré a Galenday sin él. Y si tengo que ir a buscarle a Ternoy, pues iré a Ternoy.
-No sabrías ni por dónde empezar a buscar.
-¿Y qué he de hacer, quedarme aquí hasta que aparezca?
-Volver a casa, contarles lo que has averiguado y esperar noticias.
-¿Y si no hay noticias? ¿Y si Níkelon nunca regresa?
-Entonces, tampoco arreglarás nada perdiéndote en Ternoy. Mira, solo te pido que seas mi invitado durante una semana o dos, las que quieras. Si después decides irte a Ternoy, te prestaré toda la ayuda que pueda. ¿De acuerdo?
Tal vez para gustarle, pensó Anhor, Dayra se había puesto un vestido blanco con bordados dorados en la orilla de la falda, las mangas y el escote, una larga capa azul oscuro, y se había recogido el cabello con una diadema de plata. En aquellos momentos, además, lucía un brillo en los ojos y una sonrisa casi suplicante, que la convirtieron en irresistible.
-Una semana. Pero luego me iré.
*****
Habían conseguido un pescado para desayunar. Sin sal sabía asqueroso, pero tenían hambre. Garalay pensó que mientras no encontrasen la forma de hacerse con armas, mantas y algún animal de transporte, no tendrían ni la más mínima oportunidad de llegar ni a medio camino. Se estaba preguntando cómo iban a conseguir todo lo que necesitaban cuando aparecieron los cinco trhogol.
Por las insignias, debían ser una patrulla de la Fortaleza que aún no sabía que se había derrumbado. Mostraron sus dientes en lo que ellos debían creer que era una sonrisa al verla allí sola. Vidrena y Alwaid habían desaparecido unos instantes antes, para dedicarse a lo que fuera que se dedicase cada una cuando estaba sola. Garalay le había asegurado a Alwaid cuando se había marchado que sabría cuidarse sola. Pero no había contado con aquello.
Empuñó con actitud desafiante aquel montón de óxido que Vidrena se empeñaba en llamar espada. Los trhogol enseñaron los dientes en la mueca que en ellos pasaba por sonrisa y le dijeron algo que debían encontrar muy gracioso.
A Garalay comenzaron a temblarle las manos. El sudor frío le confirmó lo que ya había notado: estaba asustada.
Los trhogol estaban dando vueltas a su alrededor, riéndose y diciéndole cosas. Garalay tenía la garganta seca y sentía su lengua como un sapo que hubiera pasado demasiado tiempo al sol, pero, sorprendiéndose a si misma, se oyó bromear.
-No necesito vuestra compañía, chicos. Marchaos, volved bien peinados, limpios y depilados, y si tenéis mucha suerte me dignaré consideraros escoria.
Hasta aquel momento no se había dado cuenta de que el miedo también podía ser divertido. Pero debía obrar con sentido común. Habló con su entonación más persuasiva, poniendo todo su poder en lo que decía, con la esperanza de que un presentimiento o algo por el estilo hicieran regresar a tiempo a Vidrena.
-Chicos, no tenéis ni idea de con quién estáis hablando. Esta espada es el arma más mortífera jamás forjada, así que por vuestro propio bien os recomiendo que no me provoquéis -Trató de no temblar al oír la carcajada de respuests-. ¿No me creéis? Pues bien, sabed que un solo rasguño con esta espada puede hacer que vuestras mandíbulas se cierren tan fuerte que se os partirán esos horrorosos dientes que tenéis, la nuca se os volverá tan rígida como el corazón de vuestra señora, los músculos de vuestra cara comenzarán a tener espasmos, aunque tal vez eso os haga parecer más guapos, quién sabe -Garalay advirtió un movimiento entre los juncos y su mente cruzó los dedos para que fuera Vidrena. Continuó hablando para distraer a los trhogol-. Pero entonces comenzarán las persistentes contracciones de los músculos de vuestro tronco y vuestras extremidades, comenzaréis a sudar hasta quedaros sin líquido, y entonces, cuando creáis que todo ha terminado, vuestra respiración se volverá silbante, se os acelerará el pulso y subirá vuestra temperatura corporal -Los trhogol estaban tan atentos a su voz que habían dejado de moverse. Garalay nunca había conseguido controlar a nadie de aquel modo. Casi lamentaba que su Maestra no estuviera allí para verla-. Y cuando creáis que ya no podéis sufrir más, moriréis entre horribles dolores. Solo habrán pasado cuatro días, pero os parecerán cuarenta. Y todo eso ocurrirá con un solo roce de la hoja de mi espada.
Y aquel fue el momento que Vidrena eligió para hacer su aparición triunfal.
-¡Hola! ¿Interrumpo algo?
Eran cinco contra una, pero Garalay sabía que no tenían la menor oportunidad. Se apartó un poco del círculo, mientras Wirda hacía lo que más le gustaba. Tengo que recordar esto, se dijo, y en aquel momento un dardo de ballesta pasó rozando su mejilla derecha y se clavó en uno de los trhogol.
Alwaid se había unido a la fiesta.
-¿Dónde te habías metido?
Alwaid remató al último trhogol antes de contestar.
-Así me gusta, Dren, que seas agradecida.
-Hablo en serio, Alwaid. ¿Dónde estabas?
Alwaid mostró lo que parecía un conejo muerto, que había dejado caer al entrar en la pelea junto a Vidrena.
-Odio el pescado.
Garalay se inclinó a recogerlo. El conejo tenía una herida en la garganta. Garalay miró a Alwaid y vio una diminuta gota de sangre en la comisura de sus labios. Será de los trhogol, pensó, pero ni ella misma se lo creía.
-Está desangrado -murmuró.
-Oye, Lym, yo no me meto con tus aficiones.
-Alwaid, la próxima vez que quieras irte de caza, me avisas para que yo me quede con ella, ¿de acuerdo?
-¿Estás insinuando que lo he hecho a propósito para que la capturasen?
Vidrena miró a Garalay.
-¿Cómo te encuentras?
-Mareada.
-Suele ocurrir la primera vez -Pero había inquietud en su mirada cuando acarició la mejilla de Garalay. Respingó y se volvió hacia Alwaid-. ¡Está ardiendo!
-¡Oh, vaya, no habíamos contado con eso!
-¿Tengo la Fiebre?
-No te preocupes, la mayoría sobreviven.
-¿Y qué pasa con los otros?
Ni Alwaid ni Vidrena se molestaron en contestar.

Hasta la semana que viene.

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