Resumen del Capítulo 13 y Capítulo 14
En el Capítulo anterior: Comenzó el asedio de Comelt, la Gente de los Pantanos comenzó su viaje hacia el Castillo Negro, y Jelwyn y Briana abandonaron los Bosques y entraron en los Páramos Secos.
CAPÍTULO 14
A veces oigo aullar a los lobos, como si me estuvieran llamando (Jalen y Hindy)
Anhor estaba de guardia en las murallas. El enemigo parecía dormir en su campamento, situado a un tiro de flecha de la ciudad, o al menos no se oía ningún ruido. No había luna ni estrellas, pero al lado de cada centinela había una antorcha para que pudieran verse o hacerse señales unos a otros.
Unos pasos firmes sonaron en los estrechos peldaños de madera fijos a la muralla que Anhor no quiso honrar con el nombre de escalera. Anhor se puso firme. Como representante de Galenday en las murallas de Comelt, se proponía dejar en buen lugar a su país.
-¿Todo bien, centinela?
Anhor se relajó. Solo era Norwyn, el Capitán interino de la Segunda del Valle. ¿Sólo?, se burló de si mismo. Después de haberle visto en acción aquella tarde en aquellas mismas murallas, nunca volvería a dejarse engañar por unos ojos grandes y unas mejillas rollizas.
-Sin novedad.
Norwyn sonrió. A Anhor aún le costaba acostumbrarse a aquellas sonrisas ardiesas con la boca cerrada, como si en aquel país todos estuvieran avergonzados de sus dientes.
-Has peleado bien esta tarde.
Anhor abrió la boca para una respuesta cortés, una muestra de modesto orgullo, si es que tal cosa podía existir, pero en su lugar acabó diciendo un gracias más sincero de lo que él mismo esperaba. Norwyn le devolvió el habitual de nada y luego añadió por sorpresa:
-Si no estás muy cansado, algunos de nosotros vamos a reunirnos en "La espada partida", ¿te gustaría acompañarnos cuando termines tu turno de guardia?
-Será un placer.
No se lo habría perdido aunque no hubiera podido tenerse en pie.
Norwyn comenzó a caminar por la muralla, en dirección al Castillo. A Anhor le pareció que la noche se hacía menos fría mientras el ardiés saludaba a cada centinela con una frase amable o una broma privada.
La guardia se le hizo muy larga a Anhor. Se despidió de su relevo de una forma algo precipitada y corrió hacia "La espada partida", temeroso de que los demás ya se hubieran ido.
Pero seguían allí. Cantaban "Tragando barro en los Pantanos" con un entusiasmo digno de mejor causa, bebían lo que él esperó que no fuera la famosa Reserva Especial y comían las escasas raciones que les correspondían haciéndolas durar todo lo posible mientras el perro de la taberna les miraba con ojos lastimeros y gemía de vez en cuando. Anhor le acarició la cabeza antes de sentarse entre Norwyn y Yarla, que se separaron a propósito para ello. La chica le guiñó un ojo.
-No le tomes demasiado cariño a "Bicho". Puede que tengas que comértelo.
Anhor esperaba que aquello fuera una broma.
-Necesitaremos los caballos, y los perros son más fáciles de atrapar que los gatos y las ratas, así que serán las primeras víctimas cuando se termine la comida -añadió Norwyn, con su sonrisa más amable.
Anhor siempre había estado más interesado en las armas que en la política, como su hermano mayor, o en las viejas leyendas, como Níkelon, pero no era tan tonto como suponían algunos de sus preceptores. Aquello apestaba a indirecta. Se sirvió una copa de lo que resultó ser sidra y bebió un poco antes de responder.
-Os podéis quedar con mi parte de perro. Yo esperaré a las ratas. A no ser que tengáis una idea para que ninguno de nosotros tenga que hacer algo tan desagradable.
-En realidad, queríamos hablarte de eso. ¿Hay muchos hombres esperándote al otro lado del Gardford?
Directo al corazón, pensó Anhor.
-¿Cómo sabéis que me esperan al otro lado del Gardford?
-No me imagino a un príncipe de Galenday viajando sin escolta.
Anhor iba a contestar que Níkelon lo había hecho, pero prefirió no recordárselo. Tanta admiración hacia su hermanito ya comenzaba a molestarle.
-Era una escolta pequeña.
-¿Podrías conseguir más?
-¿Estáis pidiendo ayuda a la Corona de Galenday?
-Siempre que Galenday pidió ayuda, Ardieor se la dio.
-¿Esto es oficial?
Yarla contestó en lugar de Norwyn.
-Cuando lo sea, no hablaremos en una taberna. Solo estamos... tanteando el terreno. Para no tragar más barro del necesario.
-Si me di... Si de mí dependiera, ni siquiera pisaríais el barro. Pero aunque consiguiera salir de aquí no es seguro que me dieran hombres para venir a rescataros.
Ya se imaginaba la cara de su hermano cuando lo intentara: Pero, Anhor, ¿a nosotros qué se nos ha perdido en Ardieor?
Norwyn suspiró.
-¿Y de qué serviría, de todas formas? Si al menos el Capitán estuviera aquí... Él sabría qué hacer.
Una voz burlona respondió a sus espaldas.
-Seguro. Jelwyn Aletnor volverá volando sobre un dragón rojo y terminará él solo con todos nuestros problemas. Y todos seremos felices para siempre.
La luz de las lámparas y del fuego perdió brillo por un instante mientras Dulyn tomaba asiento y les miraba con mucha atención, uno por uno.
-Simpática reunión: el segundo de Jelwyn, la Capitana de la Guardia y el hermano del príncipe de Garalay. ¿Conspirando, tal vez?
-Por supuesto. Estábamos planeando vender el Castillo a la Corona de Galenday, si esos de ahí fuera no hacen una oferta mejor.
Yarla palideció.
-¡Cielos, Nor, no lo digas ni en broma!
-No te preocupes, preciosidad. Norwyn no le quitaría a su precioso Capitán el último pedazo del Viejo Ardieor. ¿Es verdad que antes de huir te dio permiso para matarme?
-Puedes dormir tranquilo, Kay se lo ha quitado. Al menos hasta que termine todo esto.
Norwyn tenía los puños tan apretados que Anhor creyó que los nudillos iban a rasgarle la piel.
-Jelwyn no ha huido, se ha ido a...
-A rescatar a su pequeña traidora.
Norwyn se levantó tan deprisa que casi derribó la mesa. Abrió la boca un par de veces, como para decir algo, pero al final se fue tras dos jeddart que acababan de levantarse, tal vez para irse a dormir, o para ocupar su puesto en las murallas. Yarla miró a Dulyn, indignada.
-Estarás contento.
-No del todo, pero sí más que hace un rato.
Anhor se levantó, dio las buenas noches a la pareja de una forma que a él mismo le pareció precipitada y corrió tras Norwyn.
-¡Espera! -El ardiés se detuvo, pero no se volvió. Al llegar a su altura, Anhor se dio cuenta de que estaba llorando-. Oye, no ha sido para tanto, seguro que has oído cosas peores.
-Tú no puedes entenderlo.
-¡Claro que no! ¡Nadie me explica nada!
Norwyn se limpió la cara de un manotazo.
-Si no llego a salir de allí, le habría aplastado las narices de un puñetazo, y si hubiera empezado no sé si habría podido detenerme. ¿Cómo se atreve a hablar así? ¡Mi Capitán es el mejor de los hombres! ¡Mejor que él, mejor que todos los malditos habitantes de esta maldita ciudad, y desde luego, muchísimo mejor que su condenado Farfel! -Le miró como desafiándole a contradecirle, pero Anhor no conocía tanto a los implicados como para estar en condiciones de hacerlo-. Desde que me escapé de casa para unirme a los jeddart ha sido mi padre, mi hermano, mi mejor amigo. ¿Y a quién elige para llevarse a Ternoy? ¡A un maldito galendo al que casi acaba de conocer! -Anhor prefirió no recordarle quién era el "maldito galendo"- "Llévales a Comelt, Nor, ahora tú eres el Capitán", y me tiró su estrella como un hueso a un perro. ¡Maldita sea su alma! ¿Acaso yo se la había pedido? ¡Y encima tengo que soportar a Dulyn y su ingenio de tres al cuarto! ¡Y un asedio! ¡Por las lágrimas de Dagmar, sólo soy un paleto de las Tierras Peligrosas! ¿Qué sé yo de defender una ciudad? ¡Lo único que sé es obedecer órdenes! ¡Van a matarnos a todos como a conejos y será por mi culpa!
Anhor temió que toda la ciudad se despertara con aquella última frase. Pero si lo hizo, no dio muestras de ello.
-Entonces, ¿por qué no rendirnos ahora mismo?
Norwyn sonrió.
-También nos matarán si nos rendimos. Que se lo trabajen. Oye, que esta conversación quede entre nosotros, ¿vale? Aún tengo una reputación que conservar.
Llevaban casi diez noches durmiendo en los Páramos cuando oyeron los aullidos. Briana se despertó sobresaltada.
-¿Estás oyendo eso?
-Sssí.
-Creía que me estaba volviendo loco, pero si tú también los oyes es que están ahí de verdad.
-¿Qué son?
-Lobos. No me imaginaba que los hubiera en Ternoy.
-¿Nos harán daño?
-No.
Lo había dicho muy seguro, pero Briana le oyó incorporarse y doblar las mantas como si ya no fuera a utilizarlas, en toda la noche. Poco después, comenzó a oírle afilar la espada.
-¿Qué son lobos?
La piedra se detuvo un momento, como si la pregunta hubiera sorprendido a Jelwyn.
-Ah, claro, si nunca habías visto un perro... Los lobos son animales como Gris, pero algo más grandes y más feroces.
Como si hubiera sentido la llamada, o entendido su nombre, la perra gimoteó. Briana le acarició la cabeza.
-¿Y de verdad no...?
-Si no nos metemos con ellos, ellos no se meterán con nosotros. Al menos eso ocurre en Ardieor.
-Entonces, ¿por qué no os dormís?
-¿Por qué no te duermes tú?
-Porque yo sí que reconozco que me dan miedo.
-Muy bien. Ya que insistes en comportarte como una niña, te contaré un cuento. -Briana soltó una risita, y Jelwyn se lo pensó un momento antes de comenzar-. Hace mucho tiempo, en un país lejano, vivía un caballero pobre que estaba enamorado de la hija del rey. Pero ella ni siquiera se daba cuenta de que él existía, y el caballero estaba cada vez más desesperado, hasta que un día apareció un terrible dragón y se dedicó a asolar el reino. Los mejores caballeros intentaron matarlo y terminaron cocidos dentro de sus armaduras. Sobornarlo con oro y doncellas tampoco dio resultado. Entonces, el caballero pobre se presentó al rey y le dijo: "Mataré al dragón si me concedéis la mano de vuestra hija". Y el rey le contestó: "De acuerdo, la cabeza del dragón por la mano de mi hija". Así que el caballero fue en busca del dragón, localizó su cueva y el camino por donde iba a beber al río todas las mañanas, excavó un agujero en medio del camino, se escondió dentro y lo cubrió con hojas. Cuando el dragón bajó a beber, le atravesó el vientre con su espada y lo mató, le cortó la cabeza y regresó al palacio a reclamar su recompensa.
-¿Y se la dieron?
-Por supuesto. En una preciosa cajita de madera de cedro.
-¡No!
-Había pedido la mano, no a la princesa entera.
-¡Pero eso es hacer trampa! Él...
-Tampoco le fue tan mal. Gracias a la sangre del dragón se había vuelto invulnerable, así que se convirtió en un héroe famoso, acabó siendo muy rico y encontró una buena chica con las dos manos y mucho mejor que la princesa.
-Es un cuento horroroso. Además, ¿por qué tiene que matar un dragón? ¿No hay otras cosas que matar, en los cuentos?
-Bri, solo es un cuento, no te lo tomes como algo personal.
-¡Es que lo es! Yo... bueno, los lossianeses descendemos de dragones-Ya estaba dicho y no podía retirarlo, pero podía tratar de arreglarlo-. Al menos eso dice la leyenda. Las hembras de dragón vieron a los hombres que llegaron de Ardieor y les gustaron más que sus compañeros, así que tomaron forma de mujer y se fueron con ellos, y como los ardieses no se habían llevado mujeres, o habían muerto por el camino, las aceptaron con mucho gusto, y de sus hijos descendemos los actuales habitantes de Lossián.
Jelwyn permaneció un momento en silencio. Briana deseó que el fuego estuviera encendido para ver su cara y poder imaginarse qué estaba pensando. Al final, cuando habló, lo hizo muy despacio.
-¿Y cómo supieron las hembras de dragón cómo es una mujer? Si nunca habían visto ninguna...
-Los recuerdos. Ellas podían, bueno, se dice que podían... leer las mentes de los hombres, así que las sacaron de allí.
-¿Y sus... descendientes... también pueden leer las mentes?
Briana se mordió el labio inferior. No por primera vez, se arrepintió de haber hablado. Estaba preparada para enfrentarse a la incredulidad de Jelwyn, pero que él la creyera y encima quisiera saber más era demasiado para ella.
-No lo sé. Nunca lo he intentado.
Por suerte, pensó, en la oscuridad él no podía verle la cara para averiguar si le estaba mintiendo.
-Espero que no -se rió en voz baja-. No creo que mi mente sea la lectura más apropiada para una jovencita.
Aquello se parecía a cualquier cosa menos a la marcha implacable de un ejército conquistador. Vidrena dedicaba gran parte de los momentos de descanso a adiestrar a su gente, se repartían turnos de guardia y se mantenía una estricta disciplina, pero al mismo tiempo, Garalay y sus nuevas amigas solían abandonar la formación cuando divisaban alguna planta curiosa, y pasaban largo rato hablando en un extraño batiburrillo de idiomas sobre hierbas y sus diferentes usos en sopas y pociones. Distintas versiones de La doncella cisne y Tragando barro en los Pantanos acompañaban la marcha, con tanto entusiasmo que Níkelon estaba convencido de que Zetra les podía oír desde el Castillo Negro.
Sin embargo, avanzaban más deprisa de lo que creía Níkelon, en parte gracias a la senda que Jelwyn había abierto. Una mañana se encontraron al borde de los Páramos. Permanecieron un momento en la linde del bosque, indecisos, con los ojos entornados para defenderse de lo que en comparación con las tinieblas del bosque era una luz deslumbrante, a pesar del cielo siempre gris. Vidrena apoyó la mano en su frente y miró hacia las Montañas de Hierro, que incluso a tanta distancia parecían enormes, y luego se volvió y les ordenó a todos que se movieran de una vez.
Jelwyn y Briana habían tenido buen cuidado de no dejar rastros aquella vez, de modo que la gente de los Pantanos no tuvo otra guía que la palabra de Alwaid y el instinto de Vidrena. Pero aún así avanzaron muy deprisa. Una noche, Níkelon despertó sobresaltado por el mismo sonido que acababa de despertar a Briana.
Garalay respingó.
-¡Lobos! ¿Cómo es posible que haya lobos en Ternoy? ¿Qué comen?
-Niñas preguntonas -contestó Alwaid.
-No creo que se atrevieran con una lym -Vidrena se incorporó, caminó hasta donde estaba Garalay y se sentó a su lado-. Dime, Lym, ¿las Damas Grises todavía hacen... aquello? Ya sabes, la Cacería.
Garalay asintió. Luego, recordando que estaban a oscuras, dijo que sí. Por un momento, volvió a ver a la Dama Gris de Vaidnel tal como la habían encontrado la mañana siguiente a la primera noche de luna llena de verano: desnuda, con los pies ensangrentados, los brazos y las piernas llenas de arañazos, la cara manchada de sangre de algún animal y la mirada alucinada de quien no recordaba muy bien qué había ocurrido la noche anterior. No había hablado hasta después de bañarse, sólo para decir: "El año que viene que lo haga Comelt, yo ya no estoy para estos trotes".
-¿Qué es la Cacería?
-Una vez al año, una Dama Gris va al encuentro de los lobos y caza con ellos. Y como ellos.
Níkelon sintió un escalofrío.
-¿Por qué?
-Cosas de las Damas Grises.
-Puede que algunas personas no necesiten dormir, pero a mí me gustaría al menos intentarlo -respondió Garalay en tono terminante.
Y no se habló más aquella noche.
Unos pasos firmes sonaron en los estrechos peldaños de madera fijos a la muralla que Anhor no quiso honrar con el nombre de escalera. Anhor se puso firme. Como representante de Galenday en las murallas de Comelt, se proponía dejar en buen lugar a su país.
-¿Todo bien, centinela?
Anhor se relajó. Solo era Norwyn, el Capitán interino de la Segunda del Valle. ¿Sólo?, se burló de si mismo. Después de haberle visto en acción aquella tarde en aquellas mismas murallas, nunca volvería a dejarse engañar por unos ojos grandes y unas mejillas rollizas.
-Sin novedad.
Norwyn sonrió. A Anhor aún le costaba acostumbrarse a aquellas sonrisas ardiesas con la boca cerrada, como si en aquel país todos estuvieran avergonzados de sus dientes.
-Has peleado bien esta tarde.
Anhor abrió la boca para una respuesta cortés, una muestra de modesto orgullo, si es que tal cosa podía existir, pero en su lugar acabó diciendo un gracias más sincero de lo que él mismo esperaba. Norwyn le devolvió el habitual de nada y luego añadió por sorpresa:
-Si no estás muy cansado, algunos de nosotros vamos a reunirnos en "La espada partida", ¿te gustaría acompañarnos cuando termines tu turno de guardia?
-Será un placer.
No se lo habría perdido aunque no hubiera podido tenerse en pie.
Norwyn comenzó a caminar por la muralla, en dirección al Castillo. A Anhor le pareció que la noche se hacía menos fría mientras el ardiés saludaba a cada centinela con una frase amable o una broma privada.
La guardia se le hizo muy larga a Anhor. Se despidió de su relevo de una forma algo precipitada y corrió hacia "La espada partida", temeroso de que los demás ya se hubieran ido.
Pero seguían allí. Cantaban "Tragando barro en los Pantanos" con un entusiasmo digno de mejor causa, bebían lo que él esperó que no fuera la famosa Reserva Especial y comían las escasas raciones que les correspondían haciéndolas durar todo lo posible mientras el perro de la taberna les miraba con ojos lastimeros y gemía de vez en cuando. Anhor le acarició la cabeza antes de sentarse entre Norwyn y Yarla, que se separaron a propósito para ello. La chica le guiñó un ojo.
-No le tomes demasiado cariño a "Bicho". Puede que tengas que comértelo.
Anhor esperaba que aquello fuera una broma.
-Necesitaremos los caballos, y los perros son más fáciles de atrapar que los gatos y las ratas, así que serán las primeras víctimas cuando se termine la comida -añadió Norwyn, con su sonrisa más amable.
Anhor siempre había estado más interesado en las armas que en la política, como su hermano mayor, o en las viejas leyendas, como Níkelon, pero no era tan tonto como suponían algunos de sus preceptores. Aquello apestaba a indirecta. Se sirvió una copa de lo que resultó ser sidra y bebió un poco antes de responder.
-Os podéis quedar con mi parte de perro. Yo esperaré a las ratas. A no ser que tengáis una idea para que ninguno de nosotros tenga que hacer algo tan desagradable.
-En realidad, queríamos hablarte de eso. ¿Hay muchos hombres esperándote al otro lado del Gardford?
Directo al corazón, pensó Anhor.
-¿Cómo sabéis que me esperan al otro lado del Gardford?
-No me imagino a un príncipe de Galenday viajando sin escolta.
Anhor iba a contestar que Níkelon lo había hecho, pero prefirió no recordárselo. Tanta admiración hacia su hermanito ya comenzaba a molestarle.
-Era una escolta pequeña.
-¿Podrías conseguir más?
-¿Estáis pidiendo ayuda a la Corona de Galenday?
-Siempre que Galenday pidió ayuda, Ardieor se la dio.
-¿Esto es oficial?
Yarla contestó en lugar de Norwyn.
-Cuando lo sea, no hablaremos en una taberna. Solo estamos... tanteando el terreno. Para no tragar más barro del necesario.
-Si me di... Si de mí dependiera, ni siquiera pisaríais el barro. Pero aunque consiguiera salir de aquí no es seguro que me dieran hombres para venir a rescataros.
Ya se imaginaba la cara de su hermano cuando lo intentara: Pero, Anhor, ¿a nosotros qué se nos ha perdido en Ardieor?
Norwyn suspiró.
-¿Y de qué serviría, de todas formas? Si al menos el Capitán estuviera aquí... Él sabría qué hacer.
Una voz burlona respondió a sus espaldas.
-Seguro. Jelwyn Aletnor volverá volando sobre un dragón rojo y terminará él solo con todos nuestros problemas. Y todos seremos felices para siempre.
La luz de las lámparas y del fuego perdió brillo por un instante mientras Dulyn tomaba asiento y les miraba con mucha atención, uno por uno.
-Simpática reunión: el segundo de Jelwyn, la Capitana de la Guardia y el hermano del príncipe de Garalay. ¿Conspirando, tal vez?
-Por supuesto. Estábamos planeando vender el Castillo a la Corona de Galenday, si esos de ahí fuera no hacen una oferta mejor.
Yarla palideció.
-¡Cielos, Nor, no lo digas ni en broma!
-No te preocupes, preciosidad. Norwyn no le quitaría a su precioso Capitán el último pedazo del Viejo Ardieor. ¿Es verdad que antes de huir te dio permiso para matarme?
-Puedes dormir tranquilo, Kay se lo ha quitado. Al menos hasta que termine todo esto.
Norwyn tenía los puños tan apretados que Anhor creyó que los nudillos iban a rasgarle la piel.
-Jelwyn no ha huido, se ha ido a...
-A rescatar a su pequeña traidora.
Norwyn se levantó tan deprisa que casi derribó la mesa. Abrió la boca un par de veces, como para decir algo, pero al final se fue tras dos jeddart que acababan de levantarse, tal vez para irse a dormir, o para ocupar su puesto en las murallas. Yarla miró a Dulyn, indignada.
-Estarás contento.
-No del todo, pero sí más que hace un rato.
Anhor se levantó, dio las buenas noches a la pareja de una forma que a él mismo le pareció precipitada y corrió tras Norwyn.
-¡Espera! -El ardiés se detuvo, pero no se volvió. Al llegar a su altura, Anhor se dio cuenta de que estaba llorando-. Oye, no ha sido para tanto, seguro que has oído cosas peores.
-Tú no puedes entenderlo.
-¡Claro que no! ¡Nadie me explica nada!
Norwyn se limpió la cara de un manotazo.
-Si no llego a salir de allí, le habría aplastado las narices de un puñetazo, y si hubiera empezado no sé si habría podido detenerme. ¿Cómo se atreve a hablar así? ¡Mi Capitán es el mejor de los hombres! ¡Mejor que él, mejor que todos los malditos habitantes de esta maldita ciudad, y desde luego, muchísimo mejor que su condenado Farfel! -Le miró como desafiándole a contradecirle, pero Anhor no conocía tanto a los implicados como para estar en condiciones de hacerlo-. Desde que me escapé de casa para unirme a los jeddart ha sido mi padre, mi hermano, mi mejor amigo. ¿Y a quién elige para llevarse a Ternoy? ¡A un maldito galendo al que casi acaba de conocer! -Anhor prefirió no recordarle quién era el "maldito galendo"- "Llévales a Comelt, Nor, ahora tú eres el Capitán", y me tiró su estrella como un hueso a un perro. ¡Maldita sea su alma! ¿Acaso yo se la había pedido? ¡Y encima tengo que soportar a Dulyn y su ingenio de tres al cuarto! ¡Y un asedio! ¡Por las lágrimas de Dagmar, sólo soy un paleto de las Tierras Peligrosas! ¿Qué sé yo de defender una ciudad? ¡Lo único que sé es obedecer órdenes! ¡Van a matarnos a todos como a conejos y será por mi culpa!
Anhor temió que toda la ciudad se despertara con aquella última frase. Pero si lo hizo, no dio muestras de ello.
-Entonces, ¿por qué no rendirnos ahora mismo?
Norwyn sonrió.
-También nos matarán si nos rendimos. Que se lo trabajen. Oye, que esta conversación quede entre nosotros, ¿vale? Aún tengo una reputación que conservar.
*****
Al acostarse cada noche, Briana pensaba que ya no podría volver a levantarse. No era solo el cansancio, ni tener el estómago casi pegado a la columna vertebral, ni la lengua seca la mayor parte del tiempo. También estaba lo otro, aquella carga en el pecho, más pesada cuanto más se acercaba al norte. Briana no se atrevía a llamarla miedo, y menos aún a decírselo a Jelwyn, pero era muy parecido. Se preguntaba si él sentiría lo mismo, pero no se atrevía a preguntárselo, y no había forma de adivinarlo por su actitud.Llevaban casi diez noches durmiendo en los Páramos cuando oyeron los aullidos. Briana se despertó sobresaltada.
-¿Estás oyendo eso?
-Sssí.
-Creía que me estaba volviendo loco, pero si tú también los oyes es que están ahí de verdad.
-¿Qué son?
-Lobos. No me imaginaba que los hubiera en Ternoy.
-¿Nos harán daño?
-No.
Lo había dicho muy seguro, pero Briana le oyó incorporarse y doblar las mantas como si ya no fuera a utilizarlas, en toda la noche. Poco después, comenzó a oírle afilar la espada.
-¿Qué son lobos?
La piedra se detuvo un momento, como si la pregunta hubiera sorprendido a Jelwyn.
-Ah, claro, si nunca habías visto un perro... Los lobos son animales como Gris, pero algo más grandes y más feroces.
Como si hubiera sentido la llamada, o entendido su nombre, la perra gimoteó. Briana le acarició la cabeza.
-¿Y de verdad no...?
-Si no nos metemos con ellos, ellos no se meterán con nosotros. Al menos eso ocurre en Ardieor.
-Entonces, ¿por qué no os dormís?
-¿Por qué no te duermes tú?
-Porque yo sí que reconozco que me dan miedo.
-Muy bien. Ya que insistes en comportarte como una niña, te contaré un cuento. -Briana soltó una risita, y Jelwyn se lo pensó un momento antes de comenzar-. Hace mucho tiempo, en un país lejano, vivía un caballero pobre que estaba enamorado de la hija del rey. Pero ella ni siquiera se daba cuenta de que él existía, y el caballero estaba cada vez más desesperado, hasta que un día apareció un terrible dragón y se dedicó a asolar el reino. Los mejores caballeros intentaron matarlo y terminaron cocidos dentro de sus armaduras. Sobornarlo con oro y doncellas tampoco dio resultado. Entonces, el caballero pobre se presentó al rey y le dijo: "Mataré al dragón si me concedéis la mano de vuestra hija". Y el rey le contestó: "De acuerdo, la cabeza del dragón por la mano de mi hija". Así que el caballero fue en busca del dragón, localizó su cueva y el camino por donde iba a beber al río todas las mañanas, excavó un agujero en medio del camino, se escondió dentro y lo cubrió con hojas. Cuando el dragón bajó a beber, le atravesó el vientre con su espada y lo mató, le cortó la cabeza y regresó al palacio a reclamar su recompensa.
-¿Y se la dieron?
-Por supuesto. En una preciosa cajita de madera de cedro.
-¡No!
-Había pedido la mano, no a la princesa entera.
-¡Pero eso es hacer trampa! Él...
-Tampoco le fue tan mal. Gracias a la sangre del dragón se había vuelto invulnerable, así que se convirtió en un héroe famoso, acabó siendo muy rico y encontró una buena chica con las dos manos y mucho mejor que la princesa.
-Es un cuento horroroso. Además, ¿por qué tiene que matar un dragón? ¿No hay otras cosas que matar, en los cuentos?
-Bri, solo es un cuento, no te lo tomes como algo personal.
-¡Es que lo es! Yo... bueno, los lossianeses descendemos de dragones-Ya estaba dicho y no podía retirarlo, pero podía tratar de arreglarlo-. Al menos eso dice la leyenda. Las hembras de dragón vieron a los hombres que llegaron de Ardieor y les gustaron más que sus compañeros, así que tomaron forma de mujer y se fueron con ellos, y como los ardieses no se habían llevado mujeres, o habían muerto por el camino, las aceptaron con mucho gusto, y de sus hijos descendemos los actuales habitantes de Lossián.
Jelwyn permaneció un momento en silencio. Briana deseó que el fuego estuviera encendido para ver su cara y poder imaginarse qué estaba pensando. Al final, cuando habló, lo hizo muy despacio.
-¿Y cómo supieron las hembras de dragón cómo es una mujer? Si nunca habían visto ninguna...
-Los recuerdos. Ellas podían, bueno, se dice que podían... leer las mentes de los hombres, así que las sacaron de allí.
-¿Y sus... descendientes... también pueden leer las mentes?
Briana se mordió el labio inferior. No por primera vez, se arrepintió de haber hablado. Estaba preparada para enfrentarse a la incredulidad de Jelwyn, pero que él la creyera y encima quisiera saber más era demasiado para ella.
-No lo sé. Nunca lo he intentado.
Por suerte, pensó, en la oscuridad él no podía verle la cara para averiguar si le estaba mintiendo.
-Espero que no -se rió en voz baja-. No creo que mi mente sea la lectura más apropiada para una jovencita.
*****
Cada noche, antes de poder acostarse a descansar, tenían que desbrozar el terreno. Níkelon pensaba que tal vez por unos días, la fauna del bosque (si es que existía) les agradecería el esfuerzo, pero aquellos árboles parecían invencibles. Lo extraño era que con tan poca luz y tanta competencia por ella, pudiera crecer tanta maleza en aquel maldito bosque. Debía ser una tierra muy fértil, a pesar de todo.Aquello se parecía a cualquier cosa menos a la marcha implacable de un ejército conquistador. Vidrena dedicaba gran parte de los momentos de descanso a adiestrar a su gente, se repartían turnos de guardia y se mantenía una estricta disciplina, pero al mismo tiempo, Garalay y sus nuevas amigas solían abandonar la formación cuando divisaban alguna planta curiosa, y pasaban largo rato hablando en un extraño batiburrillo de idiomas sobre hierbas y sus diferentes usos en sopas y pociones. Distintas versiones de La doncella cisne y Tragando barro en los Pantanos acompañaban la marcha, con tanto entusiasmo que Níkelon estaba convencido de que Zetra les podía oír desde el Castillo Negro.
Sin embargo, avanzaban más deprisa de lo que creía Níkelon, en parte gracias a la senda que Jelwyn había abierto. Una mañana se encontraron al borde de los Páramos. Permanecieron un momento en la linde del bosque, indecisos, con los ojos entornados para defenderse de lo que en comparación con las tinieblas del bosque era una luz deslumbrante, a pesar del cielo siempre gris. Vidrena apoyó la mano en su frente y miró hacia las Montañas de Hierro, que incluso a tanta distancia parecían enormes, y luego se volvió y les ordenó a todos que se movieran de una vez.
Jelwyn y Briana habían tenido buen cuidado de no dejar rastros aquella vez, de modo que la gente de los Pantanos no tuvo otra guía que la palabra de Alwaid y el instinto de Vidrena. Pero aún así avanzaron muy deprisa. Una noche, Níkelon despertó sobresaltado por el mismo sonido que acababa de despertar a Briana.
Garalay respingó.
-¡Lobos! ¿Cómo es posible que haya lobos en Ternoy? ¿Qué comen?
-Niñas preguntonas -contestó Alwaid.
-No creo que se atrevieran con una lym -Vidrena se incorporó, caminó hasta donde estaba Garalay y se sentó a su lado-. Dime, Lym, ¿las Damas Grises todavía hacen... aquello? Ya sabes, la Cacería.
Garalay asintió. Luego, recordando que estaban a oscuras, dijo que sí. Por un momento, volvió a ver a la Dama Gris de Vaidnel tal como la habían encontrado la mañana siguiente a la primera noche de luna llena de verano: desnuda, con los pies ensangrentados, los brazos y las piernas llenas de arañazos, la cara manchada de sangre de algún animal y la mirada alucinada de quien no recordaba muy bien qué había ocurrido la noche anterior. No había hablado hasta después de bañarse, sólo para decir: "El año que viene que lo haga Comelt, yo ya no estoy para estos trotes".
-¿Qué es la Cacería?
-Una vez al año, una Dama Gris va al encuentro de los lobos y caza con ellos. Y como ellos.
Níkelon sintió un escalofrío.
-¿Por qué?
-Cosas de las Damas Grises.
-Puede que algunas personas no necesiten dormir, pero a mí me gustaría al menos intentarlo -respondió Garalay en tono terminante.
Y no se habló más aquella noche.

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