Monday, July 03, 2006

Resumen del Capítulo 16 y Capítulo 17

Qué ha pasado: Jelwyn y Briana, que cayeron prisioneros en el capítulo anterior, consiguieron escapar de Redlam con la ayuda de Estrella Negra, y durante la fuga, Briana descubrió que, después de todo, sí que podía transformarse en dragón.

CAPÍTULO 17
...pues era el mas audaz de los caballeros, o eso pensaba él. (Arnthorn el intrépido)

Llevando su caballo de la rienda, Níkelon se acercó a Garalay y al grupito de muchachas que estaban sentadas con ella. Dieciséis pares de ojos se volvieron hacia él cuando la llamó. Carraspeó, algo incómodo.
-Vidrena me ha pedido que vaya a ver qué hay ahí delante. ¿Me acompañas?
Garalay le miró, sorprendida. No era la primera vez que Vidrena mandaba adelantarse a Níkelon para que comprobara si el camino estaba despejado, pero sí era la primera que él quería que ella le acompañara.
-¿Por qué no?
Níkelon sonrió como si no hubiera esperado aquella respuesta.
-¿Te ayudo a montar?
-Puedo sola.
Níkelon vio de reojo cómo Vidrena alzaba las cejas cuando le vio montar detrás de Garalay y tomar las riendas.
-Espero que esto no sea solo una excusa para abrazarme -dijo Garalay un poco más tarde, cuando ya habían dejado atrás a los otros.
Níkelon sabía que no había sido una buena idea. El cabello de Garalay le hacía cosquillas en la cara, y la visión de su cuello y sus orejas hacía que le rechinasen los dientes de ganas de mordisquearlos.
-Por supuesto que no. Es una excusa para hablar contigo sin que nos molesten.
-¿Ahora tienes secretos?
-En realidad, princesa, me debes unos cuantos paseos. Y a falta de bosque... ¿De qué hablabas ayer tanto rato con Morj?
Garalay se rió.
-¿Celos, Nikwyn?
-Más bien envidia. Parecías tomártelo más en serio que a mí.
-No era nada importante, sólo estábamos planeando destruir la más sagrada tradición de las Damas Grises.
-Suena interesante. ¿Qué te dijo, que quiere ser una de ellas?
Garalay se volvió a mirarle, con los ojos muy abiertos.
-¿Cómo lo sabes?
-¡Era una broma! ¿De verdad Morj quiere ser...? ¿Cómo podríamos llamarlos, Hombres Grises, Caballeros grises?
-¡Suena feísimo! En realidad, lo que quieren es aprender lo mismo que las chicas. Y lo único que se me ocurrió contestarle fue: "Es verdad, ¿por qué no?"
-¡Les va a dar algo cuando se enteren!
-Si ellas pueden saltarse las normas cuando quieran, yo también. ¡Hay tanta gente ahí fuera, Nikwyn! Gente con ganas de aprender y cosas que enseñar. Debería existir algo, un lugar donde pudieran encontrarse.
-Princesa, cada vez que comienzo a preguntarme por qué me gustas tanto, haces algo que me lo recuerda.
-Lo tendré en cuenta. -Había sonado casi como una amenaza. Níkelon renunció a replicar.- ¿Qué es eso?
-¿Qué es el qué?
-Ahí delante, ¿no lo ves? ¡Haz correr a este bicho!
-Si hay algo raro, deberíamos volver para informar.
Garalay golpeó con sus talones los flancos del caballo. El animal, sorprendido, relinchó en señal de protesta y se lanzó al galope. Níkelon no tuvo más remedio que agarrarse con todas sus fuerzas a las riendas y al mismo tiempo sujetar a Garalay para evitar que se cayera, mientras pensaba en todo lo que iba a decirle cuando recuperase el aliento.
-¡Para! -gritó ella en un tono de voz que hizo imposible desobedecer, y apenas había Níkelon detenido al caballo cuando ya se había tirado de la silla.
Níkelon desmontó con algo más de calma. En el suelo pudo ver los restos de un campamento: la hoguera apagada hacía días, las mantas, el corazón de una manzana, incluso la cazuelita en la que Jelwyn solía calentarse el agua para la menta. Como si algo o alguien hubiera obligado a sus propietarios a marcharse de allí tan deprisa que no habían tenido tiempo de borrar el rastro.
Garalay estaba de rodillas, muy pálida, observando algo. Níkelon se agachó a su lado. Ya había visto lo suficiente para reconocer lo que eran aquellas gotitas. Cuando ella levantó la mirada, no supo qué decirle. "Lo lamento" le pareció estúpido. Ni siquiera sabía lo que debía lamentar.
-No creo que esté muerto -dijo al fin-. Lo habrías visto.
Garalay miró de nuevo las manchas de sangre.
-No vi a Farfel.
-Deja de atormentarte, seguro que está bien.
Ella reaccionó como si la hubieran pinchado.
-¿Bien? ¡Está herido, Nikwyn, y prisionero! ¿Sabes lo que les hacen a los prisioneros ardieses?
-Si está prisionero, no puede estar en otro sitio que en Redlam.
-Pueden haberlo llevado al Castillo Negro sin pasar por allí.
Había algo espantoso en aquella fría tristeza. Níkelon tenía una ligera idea de cómo tratar con un ataque de ira, o de llanto. Pero Garalay se limitaba a estar allí, sentada sobre sus talones, mirando las manchas de sangre y hablando con una voz opaca, en la que no podía haber ni llanto contenido.
-Dagmar, estás siendo pesimista.
-¿Y no tengo motivos?
-No. Tienes a Vidrena, y también a mí. ¿Es que crees que no soy capaz de desmontar todos los castillos de este maldito país piedra por piedra para encontrarle, aunque solo sea por lo mucho que a ti te importa?
Ella se volvió a mirarle, con un brillo en los ojos que en cualquier otra persona habría podido preceder a las lágrimas.
-Nunca me atreví a decírselo. ¿Crees que lo sabe?
-¡Pues claro que lo sabe! ¡Si hasta yo me di cuenta enseguida! -Se le estaban durmiendo las piernas, así que se dejó caer de rodillas y la cogió de las manos-. Tranquilízate y piensa. Es el mejor jeddart de Ardieor, puede cuidarse solo y además no está solo. Estoy seguro de que Bri es más de lo que parece.
En un impulso que tal vez ni ella pudo explicarse, Garalay le abrazó.
-Te quiero mucho, Nikwyn, aunque no debería decírtelo.
-Sobra una palabra.
Garalay se apartó.
-¿Qué?
-Ese "mucho". Es como si me hubieras dicho que me quieres como a tu perro o a tu hermanito pequeño. O como si fueras a añadir que soy el mejor amigo que has tenido nunca.
-¡Es que lo eres! Solo quería que lo supieras por si no tenía otra ocasión de decírtelo, pero ya veo que ha sido una mala idea. ¿Gris?
Por un momento, Níkelon pensó que Garalay se había vuelto loca. Luego, volvió la cabeza hacia donde ella estaba mirando y vio a la perra. Estaba flaca, pero no parecía herida ni enferma. Indecisa entre sentarse o permanecer en pie, había elegido una postura intermedia que le permitía mover la cola con todas sus fuerzas y golpear el suelo con las patas delanteras. Solo al oír la voz de Garalay se decidió a acercarse.
-Pobrecita, te han dejado sola aquí, esos malvados. -Garalay había liberado sus manos sin demasiados aspavientos y dejó que Gris la olfateara y lamiera su cara. Luego, volvió a ser la Garalay que Níkelon reconocía-. Nikwyn, ayúdame a recoger estas cosas y vamos a contárselo a Vidrena. Tenemos personas a las que rescatar.
*****
Hacía frío. No era ninguna novedad, pero seguía siendo una molestia. En algún lugar detrás de las nubes, se recordó Anhor, hacía sol. Seguro que era la clase de sol que hacía suspirar a la gente por un poco de sombra. Lo añoraba con toda su alma.
-¡Atención, ardieses! -dijo Dulyn. Estaba montado en su caballo, con el casco recién ajustado bajo la barbilla. Anhor pensaba que era un casco demasiado vulgar. Debía haber tenido un águila, un león o alguna otra fiera en la cimera, pero el desinterés de los ardieses por aquel aspecto de la guerra era decepcionante.- Este es el momento más importante de nuestras vidas. Ardieor no ha visto nada semejante desde la caída de Dagmar. Luchad hasta la última gota de vuestra sangre, porque si vencemos, entraremos en la leyenda. Pero si perdemos, seremos historia.
Un jeddart detrás de Anhor preguntó en voz baja.
-¿Eso ha sido lo que llaman una metáfora?
-Me temo que sí -le respondió un compañero.
-Pues estamos apañados.
-¡Eh, Capitán! -gritó otro- ¿Esto va a ser muy largo?
Anhor vio cómo centelleaba la mirada de Dulyn. A la derecha del ardiés, Norwyn sonrió como en señal de aprobación.
-Palurdos -murmuró Dulyn. Y luego hizo dar la vuelta a su caballo y ordenó con voz firme- ¡Abrid la puerta!
Un jeddart algo asustado levantó la tranca. El chirrido de la cadena al alzarse el rastrillo espeluznó a más de uno.
Aunque menos que la voz que sonó a sus espaldas.
-¡Dulyn! ¿Qué significa esto?
Dulyn se volvió a mirar a Norwyn.
-¿Se lo has dicho tú?
-¿Crees que estoy loco?
Yarla carraspeó.
-¿De verdad quieres que alguien conteste esa pregunta?
Dayra se plantó al lado del caballo de Dulyn, con el ceño fruncido y las manos en las caderas.
-He preguntado que qué significa esto.
-Vamos a hacer una salida.
-¿Una salida? ¿Es que se os ha secado a todos el cerebro?
-¿Y qué vamos a hacer? ¿Pudrirnos aquí dentro? Prefiero morir con una espada en la mano -Se inclinó hacia ella y la besó en la frente-. Tranquila, sé cuidarme.
Dayra se mordió el labio inferior.
-Elegí un mal día para dejar de morderme las uñas.
Dulyn hizo que su caballo levantara las patas delanteras, en lo que a Dayra le pareció una exhibición algo inútil, y salió al galope por la Puerta Este de Comelt.
Dayra no se movió mientras el resto de sus acompañantes salían tras él, de una forma algo menos espectacular pero igual de ruidosa. Luego, mientras la puerta se cerraba, subió corriendo las escaleras hasta lo alto de la muralla.
Por la tierra de nadie, entre el campamento enemigo y las murallas de Comelt, cargaron los quinientos jeddart y el galendo. Cabalgaba en cabeza el Gobernador Dulyn, a su derecha, un poco atrasado, Norwyn de la Segunda del Valle, y a su izquierda, tratando de mantenerse a la altura, Anhor de Erdengoth. Cayeron sobre el campamento enemigo como una tormenta de granizo, matando y destruyendo, y un grito de entusiasmo se elevó desde las murallas. Solo Dayra permaneció callada, luchando con todas sus fuerzas contra el impulso de morderse las uñas. De reojo, le pareció ver, no muy lejos de ella en las almenas, la figura traslúcida de una Dama Gris. Prefirió no seguir mirando.
Aquello era lo que había estado esperando, pensaba Anhor. Nada de ocultarse tras las murallas, o de huir ante el enemigo. El viento en la cara, el sonido de la espada contra el acero o la carne enemiga, el olor de la sangre fresca. Casi podía oír el primer verso de la balada celebrando sus hazañas.
Pero no iba a ser tan fácil. Una vez recuperados de la sorpresa, y a las enérgicas órdenes de Lajja, los trhogol reaccionaron. Los ardieses pronto se vieron rodeados.
-¡Retirada! -gritó Yarla.
-¡No!
-¡Son más que nosotros! ¡No pienso dejar que nos maten porque seas demasiado orgulloso para reconocer que has perdido!
-¡En mi ciudad y en mi Compañía soy yo quien da las órdenes! ¡Aún soy el Capitán aquí, a ver si os enteráis!
No valía la pena discutir con él, pensó Yarla. Espoleó a su caballo, saltó por encima de un trhogol, atropelló a otro e hizo un cruce de dedos mental para que los demás tuvieran el sentido común de seguirla cuando gritó la orden de retirada.
En un gesto que encontró algo despectivo, nadie se molestó en perseguirlos mientras huían hacia las murallas. La joven no comenzó a temblar hasta que la puerta estuvo bien cerrada a sus espaldas. Al quitarse el casco, se dio cuenta de que el sudor chorreaba por su frente y empapaba todo su cabello.
Paseó la mirada a su alrededor. Hizo un recuento mental de todos los que habían salido y los que habían muerto o sido heridos en la escaramuza. Y entonces, oyó la pregunta de Dayra, y supo por qué no se habían molestado en perseguirles.
-¿Dónde está Dulyn?
*****
El Amo de Redlam comenzaba a estar harto de la niña. Estaba sentada en las rodillas de Zetra, como un perrito faldero, y jugueteaba lanzándose una pelotita dorada de una mano a otra. No le miraba, pero él sabía que aquella sonrisita de superioridad no estaba dirigida a la pelotita. Layda había empezado a sonreír en cuanto él había comenzado a contar cómo el Capitán de la Guardia había reclamado a la prisionera, y había seguido sonriendo mientras él contaba cómo Estrella Negra había dado la alarma al encontrar lo que quedaba del Capitán.
Y entonces, la niña dejó caer la pelotita y levantó la mirada. El Amo de Redlam trató de no ver la sonrisa y continuó contando la persecución, y cómo la chica se había transformado en dragón y había salido volando con el ardiés.
-Señor, ha llegado la segunda patrulla.
Por primera vez desde que le conocía, el Amo de Redlam se alegró de ver a Estrella Negra, aunque hubiera entrado sin llamar.
-Así que enviaste gente a perseguirles -dijo Layda, con su vocecita rezumando miel envenenada.
El no-muerto prefirió no hacerle caso y se volvió hacia Estrella Negra.
-¿Les han encontrado?
Estrella Negra negó con la cabeza.
-Dicen que es como si se los hubiera tragado la tierra.
Layda soltó una risita.
-¿A un ardiés y a un dragón? Demasiado bocado para tragárselo entero.
-Y demasiado duro para masticarlo -añadió Zetra.
Estrella Negra pareció sobresaltarse al verlas. O tal vez fuera solo a la niña, pensó el Amo de Redlam. Para ser un humano, se controlaba bien. Hizo una reverencia en dirección al espejo, y a un gesto de Zetra, se acercó.
-Quién lo hubiera dicho de la muchachita. Parecía tan indefensa... Tuviste suerte de que no te tocara a ti.
-Sí, Señora.
Zetra acarició los cabellos de Layda. La niña sonrió.
-Raro que yo no la conociera.
Estrella Negra devolvió la sonrisa.
-¿Conoces a todos los jeddart de Ardieor?
-A una tan buena la habría conocido.
-¿Sabías que la chica no es ardiesa? -preguntó Zetra.
-No me molesté en averiguarlo.
-¿Ni siquiera cuando hablaste con ella en Dagmar?
Así que Lajja había acabado confesando que la chica había llegado a Dagmar cuando Alwaid aún estaba al mando. Interesante.
-No sé lo que te habrán contado de lo ocurrido en Dagmar, pero te aseguro que no perdí mucho tiempo hablando con la dama en cuestión. Y, ya puesta a malpensar, podrías preguntarte por qué Lajja no te la entregó antes. O por qué no habló de ella cuando mandaste a buscarme. Seguro que nos habríamos ahorrado muchos problemas.
-Lajja ya tendrá su merecido cuando yo lo considere conveniente -Zetra miró al Amo de Redlam-. Buscad hasta debajo de la tierra si es preciso. Quiero sus cabezas en bandeja de plata. Si no tenéis bandeja me conformo con una cesta.
-Las tendrás, mi Señora.
Zetra y la niña se desvanecieron del espejo. El Amo de Redlam lo cubrió con el paño y se dirigió hacia su mesa.
-Ella tiene razón. Eres un hombre muy afortunado.
-Sí, supongo que se podría llamar suerte.
-O asesinato -El vampiro miró sin parpadear al humano. Parecía muy tranquilo. Se limitaba a pasar el peso de su cuerpo de una pierna a otra, esperando la orden de retirarse-. Y, dime, ¿qué era eso tan importante de lo que tenías que hablar con el prisionero?
-¿Es que no tengo derecho a divertirme un poco? La mejor parte de azotar a los ardieses es el burlarse de ellos antes.
-No sin mi permiso -Estrella Negra no hizo ni un movimiento al oír esto, pero el Amo de Redlam advirtió un brillo peligroso en sus ojos-. He estado pensando, estos días, mientras buscábamos a esa linda parejita. Y creo que la historia que nos contaste tiene algunas... incoherencias. Por no decir que es un embuste de principio a fin. Muchacho, ¿de verdad crees que somos tan estúpidos? ¿Una chica medio muerta de miedo consiguió matar al Capitán de mi guardia, encontrar ella sola el camino a las mazmorras y rescatar al ardiés? ¿Sin la ayuda de alguien que conociera el castillo, de alguien interesado en deshacerse de un rival, o que no quería que el prisionero continuara siéndolo? ¿De veras creías que alguien con algo más que aire dentro de la cabeza iba a creerse semejante historia?
-No comprendo a dónde quieres ir a parar, mi señor.
-Y yo no comprendo ese empeño tuyo en seguir llevando tu máscara. Las máscaras no son tan seguras como parecen, chico. Hay dos cosas que no pueden disimular: la voz y los ojos. Una de las pocas ventajas de una larga existencia es que llegas a ver muchas cosas. Algunas se olvidan, y otras no. Como los ojos de Vidrena de Ardieor. Eran del mismo color que los tuyos -Los colmillos del Amo de Redlam centellearon en una sonrisa-. En realidad, creo que sé por qué lo hiciste. Aunque suene como una broma que lo diga yo, la sangre es más espesa que el agua, ¿verdad, Capitán Aletnor? ¿O prefieres que te llame Farfel?
El Amo de Redlam chasqueó los dedos y la máscara se rompió de parte a parte. Los dos pedazos cayeron al suelo con un siniestro repiqueteo. Como si hubiera sido una señal, dos guardias aparecieron en la puerta.
-Llevadle a las mazmorras.
En el rostro del humano se reflejó un inmenso alivio.
-Bueno, alguna vez tenía que ocurrir.
*****
De una forma o de otra, pensó Garalay, las cosas comenzaban a encajar. Vidrena había recuperado su Sello, su Dama Gris, su espada, su enemiga y un sucedáneo aceptable de Tairwyn. Solo le faltaban su perra y su castillo. Garalay no se sorprendió cuando Gris y Vidrena se reconocieron. Ni siquiera cuando Gris reconoció a Alwaid y hubo que sujetarla para evitar que le mordiera la garganta.
Poco después, mientras cabalgaban lo más deprisa posible hacia Redlam, con Gris trotando al lado de su caballo con ademán orgulloso y mirando de reojo a Alwaid, Vidrena habló de sus planes inmediatos.
-Según el viejo Gaynor, existen tres maneras de apoderarse del típico castillo roquero inexpugnable. La primera es sitiarlo hasta que los defensores se mueran de hambre, pero no tenemos tiempo para eso. La segunda, sobornar a alguien de dentro para que abra las puertas.
Garalay asintió.
-Pero no tenemos nada con qué sobornar a nadie.
-Eso no es del todo cierto. Me tenéis a mí. Alwaid va a capturarme, y acompañada de su fiera escolta de la Fortaleza, se detendrá unos días en Redlam para descansar antes de cruzar las Montañas y entregarme a Zetra. Esa era la tercera manera. Astucia.
-¿Y crees que se lo tragarán?
-Alwaid, querida, nunca subestimes la estupidez de un no-muerto. Soy Dren de Dagmar, y llevo la espada que desea su Señora. Estarán encantados de tragárselo. Y cuando media guarnición esté pudriéndose en el suelo, la otra media estará corriendo para no ser ellos quienes estén allí para dar explicaciones.
-Y entonces rescataremos a Jelwyn.
Vidrena no contestó. Tenía la mirada fija en las montañas, y Garalay supuso que estaría puliendo el plan hasta que quedase perfecto.
-Morj, ve a la retaguardia y diles que se den más prisa. No quiero tardar más de tres días en llegar a ese maldito castillo.
-¿Crees que tenemos alguna probabilidad de conseguirlo? -preguntó Níkelon a Garalay poco después-. ¿Podremos entrar en Redlam?
-Oh, seguro que entraremos. Pero yo de ti no apostaría nada a que saldremos.
Pues estamos apañados, pensó Níkelon. Y de repente las montañas le parecieron mucho más altas. Pero Garalay sonrió como si estuviera leyendo su pensamiento.
-Nikwyn, estás siendo pesimista.
-¿Yo? Tú eres quien no apostaría a que saldremos.
-Bueno, a estas alturas ya deberías saber que yo nunca apuesto -Su sonrisa se volvió casi maligna.- Sería hacer trampa, ¿no crees?
-¿Vas a contármelo alguna vez?
-¿Contarte? ¿El qué?
-Lo de la Cacería -Níkelon sintió cómo ella se envaraba.- Yo te lo cuento todo.
-Pero tú puedes explicarlo. Se te dan mejor las palabras -Níkelon apoyó el dorso de su mano en la frente de Garalay- ¿Qué haces?
-Comprobar que no has tenido una recaída de la Fiebre. Es la primera vez que te oigo reconocer que hago algo mejor que tú.
-No tengo la Fiebre, tontaina, solo... No creo que pueda explicarte lo que sentí, lo que me ocurrió, pero creo que puedo intentar contarte lo que creo que he descubierto. Es Ternoy. Se está muriendo. El Castillo Negro le está matando poco a poco. Se alimenta de su vida como una garrapata. Y Zetra se mantiene viva con el poder del Castillo. ¿Entiendes lo que quiero decir?
-No, pero no importa. Sigue hablando.
-¿Por qué crees que no ha conseguido pasar de Ardieor?
-¿Porque teme el inmenso poder de Galenday?
-Casi aciertas. Imagínatela, la gran bruja, la Emperatriz, la poderosa hechicera inmortal, muerta de miedo en su castillo...
-Eso ha sido una contradicción.
-Oh, déjalo. Lo que quiero decirte es que si no hemos encontrado más habitantes que la gente de los Pantanos, es porque, al menos en esta parte, no hay más. Los ha convertido a todos en monstruos, en trhogol y vampiros, y a saber en qué más. Y Ternoy está muy enfadado.
-Y te lo dijo a ti.
-No me lo dijo. Lo supe -Garalay suspiró-. Me gustaría poder explicártelo, de verdad.
*****
Lajja no había perdido la oportunidad de restregar la captura de Dulyn por las narices de los ardieses. Les había dado hasta el amanecer para decidir si se rendían, y si a esa hora no habían abierto las Puertas, Dulyn sería decapitado ante las mismas murallas, a la vista de todos. Dayra no se había molestado en contestar.
Y Dulyn estaba pasando la noche solo en una tienda rodeada de guardias trhogol, atado a la estaca central, tratando de decidir a quién odiaba más, si a su gemela o a aquella no-humana que le había capturado.
Entonces oyó su voz en la entrada, diciéndoles algo a los trhogol. Y luego, la puerta de la tienda se abrió dejando paso a Lajja de los Pantanos.
-Buenas noches, ¿estás cómodo?
-He estado mejor -Dulyn no pudo resistirse a hacer una demostración de orgullo ardiés-. ¿Cómo está tu pierna?
-Ha estado peor -Lajja sonrió. Una sonrisa de profesional a profesional, pensó Dulyn-. Tuve suerte, podrías haberme hecho mucho daño.
-Y ahora vas a vengarte.
-Será una lástima, un chico tan guapo... Pero si tus amigos no te aprecian lo suficiente como para rendirse, mañana voy a tener que degollarte.
Dulyn no pudo evitar estremecerse. Solo de pensar en el filo de una daga ya comenzaba a dolerle la garganta.
-Pero preferirías no tener que hacerlo.
-Ya puestos a degollar a alguien, hubiera preferido a Jelwyn. A propósito, ¿dónde está?
Dulyn se rió. Aquella mujer debía estar loca. ¿Tenía en sus garras a alguien que podía decirle cuál era el punto débil en las murallas de Comelt (no es que fuera a decírselo, claro, pero aún así, ella podía pensar que podía conseguir que él se lo dijera) y todo lo que le interesaba preguntar era dónde estaba Jelwyn?
-Por mí puede haberse ido al Otro Mundo.
Lajja se agachó ante él. Sus ojos quedaron a la misma altura que los de Dulyn. El ardiés no pudo evitar reparar en que era algo cejijunta.
-Muy oportuno, el Joven Señor. Él se marcha y poco después yo me entero de dónde está el Valle de Katerlain. ¿No te parece un poco extraño?
Dulyn no contestó. Algo muy frío y viscoso acababa de instalarse en la boca de su estómago.
-¿Y no te pareció raro que, a pesar de las muchas veces que Estrella Negra y él se encontraron frente a frente, nunca se mataran el uno al otro? -Lajja sonrió-. Después de todo, conseguimos una Dama Gris...
-Cállate.
-Los hombres son débiles, muchacho. Y más vale servir en el Castillo Negro que reinar en una ciudad y un valle. Por más bonitos que sean. -Lajja se incorporó y le dio una palmadita en la mejilla-. Hasta mañana, Gobernador de Comelt. Espero no tener que degollarte.
Dulyn apretó los labios para no contestar.
No, pensó a solas, perdido ya el sueño para toda la noche. Jelwyn podía ser muchas cosas pero no un traidor. Pero, como había dicho Lajja, habían conseguido a una Dama Gris. Y Dulyn comenzó a recordar. Una mañana en un camino del Círculo de Comelt, cuando Estrella Negra había arrojado a las patas de su caballo lo que luego había resultado ser la espada de Níkelon y se había alejado riéndose, solo para volverse y decirle, desde lo bastante lejos como para que el puñal que él le arrojó no le acertase, que la espada era para Jelwyn. Sus propias palabras en la Sala de la Casa Aletnor, él sí que sabía que tú te habías ido. Lo que me gustaría saber no es a qué estás jugando con ese bastardo enmascarado, sino cuándo terminará, porque algunos empezamos a estar hartos.
Y Jelwyn no había contestado. Jelwyn nunca contestaba cuando le hablaban de Estrella Negra, malditas fueran las almas de los dos. Seguro que en aquel momento se estaban riendo juntos. ¿Qué se podía esperar de alguien que antes de partir sólo se había preocupado de poner a salvo a su Compañía y de darle permiso a su segundo para matarle?
Después de todo, conseguimos una Dama Gris.
Algo frío que rozó su muñeca le hizo respingar.
-Cállate, idiota.
Norwyn. Entre todos los que podían haber ido a rescatarle, tenía que ser aquel paleto de las Tierras Peligrosas con licencia para matarle. Fantástico.
-Esto es por Dayra, ¿entiendes? -murmuró Norwyn mientras terminaba de cortar las ligaduras del otro. Se había pintado la cara y las manos de negro para no ser visto en la oscuridad de la noche y se cubría la cabeza con la capucha. Le tendió una capa a Dulyn.
-¿Te amenazó con cortarte algo que necesitas mucho?
-Sí, la lengua.
Norwyn sonrió y por un breve instante Dulyn sintió que casi podrían haber sido amigos.
-Vámonos de aquí antes de que nos descubran. Esto es un rescate, por si no te has enterado.
Lástima, pensó Dulyn mientras se arrastraba tras el segundo de Jelwyn, escondiéndose en las sombras, quedándose quietos cada vez que se oía algo aunque fuera en el otro extremo del campamento. Habría dado cualquier cosa por ver la cara de Lajja cuando fuera a buscarle a la mañana siguiente.
Horas después, seguía en una ventana de la Torre del Homenaje, mirando hacia el norte.
-¿No vas a dormir?
Dayra. Le había abrazado al verle cruzar la puerta sano y salvo, y luego le había dado tal bofetada que su mejilla aún estaba latiendo. Pero no era eso lo que le había quitado el sueño a Dulyn.
Dayra le apoyó una mano en el hombro. Incluso a través de la ropa, Dulyn sintió lo fría que estaba.
-¿Confías en Jelwyn?
La mano se enfrió más aún.
-¿A qué viene eso ahora?
-¿No te parece raro que se marchara a Ternoy justo antes de que comenzara todo esto? ¿Y que pensara en sacar del Valle a toda su gente?
-No puedes estar hablando en serio.
-¿Y que sea el único de nosotros que ha visto de cerca a Estrella Negra?
-¿Te refieres a cuando intentó matarle?
-Exacto. Intentó. ¿Alguna vez aparte de esa le has visto no conseguir algo?
-Mira, ya sé que no os lleváis bien, pero esto es demasiado. ¿En serio estás pensando que él, un Aletnor de Dagmar... el... ¡el hermano de Farfel, por las faldas de Rhaynon!, es un traidor? ¿Qué tendría que ganar con eso?
-¿Todo Ardieor, por ejemplo?
-Será mejor que te acuestes, estás muy alterado.
-Sí, será mejor -Le dio un beso rápido en la mejilla y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de salir, se volvió-. Consiguieron una Dama Gris, ¿recuerdas?
Dayra no contestó. Siguió mirando por la ventana que daba al norte.
-Jelwyn, maldita sea, si no regresas pronto acabaremos todos locos -murmuró.
*****
Habían caminado todo el día. Sin comida, sin agua, sin caballos ni mantas, contra el viento del norte, por unos estrechos senderos llenos de piedrecillas resbaladizas al borde de precipicios cuyo fondo ni un águila hubiera sido capaz de ver si hubiera volado por allí solo para eso.
Encontraron la cueva por pura suerte. Si hubieran pasado un poco más tarde, habría estado más oscuro y no hubieran podido verla. Era apenas una rendija en la pared rocosa, por la que apenas pudieron pasar el cuerpo. En el interior se ensanchaba en una bóveda en la que cabían con comodidad diez o doce personas. En realidad, la cueva era un refugio para las patrullas que recorrían las montañas, pero en la oscuridad ninguno de los dos llegó a ver la leña amontonada en un rincón.
Fuera, arreció el viento. El frío se colaba por la entrada y rezumaba por las paredes. Jelwyn estaba temblando. Briana oía castañetear sus dientes, y se arriesgó a alargar la mano y tocarle la frente. Estaba ardiendo, y al mismo tiempo empapada en sudor. Las heridas se había infectado, y el hambre, la sed y el frío habían hecho el resto. Lo sorprendente era que Jelwyn hubiera aguantado todo el día sin quejarse, y caminando a paso rápido.
-Lo siento, Bri. No debería haberte metido en esto.
Ya se lo había dicho demasiadas veces, y ella ya había tenido bastante con una.
-¿Y qué alternativa teníais? ¿Ahogarme?
Jelwyn intentó reírse, pero le salió una tos.
-Al menos habría sido una muerte rápida.
-¿Cómo es posible que aún no sepáis que prefiero mil muertes horribles a vuestro lado que una vida tranquila con cualquier otro?
Jelwyn se rió en voz baja.
-Yo también te quiero, Bri.
Briana levantó la cabeza, sorprendida. Sabía que era imposible, pero le pareció ver los ojos de Jelwyn brillando en la oscuridad. Y entonces él la besó. No fue un gran beso, desde el punto de vista técnico Estrella Negra lo había hecho mejor. Pero solo el de Jelwyn logró que se olvidase del frío.
Y entonces, él se quedó muy quieto contra ella, y Briana comprendió que aquello había sido una muestra de lo que los ardieses llamaban “sinceridad antes de morir”. Acompañó el cuerpo aún cálido hasta tenderlo en el suelo y comenzó a llorar, sin molestarse en pensar en su dignidad o en la posibilidad de ser descubierta, hasta que se desmayó.
Como si hubiera estado esperando aquel momento, una puerta de luz se abrió en la cueva, justo ante los dos cuerpos. Una niña que solo lo era de aspecto y una mujer de ojos de oro y cabellos de plata aparecieron en el umbral.
-Esto va contra todas las normas, Señora.
-¿Desde cuándo te importan tanto las normas?
-Señora, hasta una dea ex machina tiene que respetar alguna norma. Imagínate que alguien cuenta esta historia dentro de algunos años. ¿Piensas que sus oyentes le creerán?
-Se creen cosas más raras -La niña se arrodilló al lado de Jelwyn. -Hemos llegado a tiempo, aún esta vivo.
-La verosimilitud narrativa...
-Dinel, haz el favor de callarte.
Dinel suspiró y puso los ojos en blanco. La niña apoyó sus manos en las frentes de los dos humanos, y poco después, los cuatro desaparecieron de la cueva.

Y aquí llega un pequeño problemilla, porque aquí es donde llegué a un "atasco". Mis lectores (los siete) tendrán que tener paciencia, pues solo tengo unas pocas páginas más escritas y no sé si podré actualizar todas las semanas, aunque lo intentaré.
En principio, hasta la semana que viene.

1 Comments:

Anonymous Vanion said...

Nada de eso! a currar que estoy muy picado!

jejeje

7:25 PM  

Post a Comment

<< Home